Hace veinticinco años, Los Ángeles sufrió un apagón masivo provocado por un terremoto. Toda la ciudad quedó sumida en la oscuridad. El servicio de llamadas de emergencia, el 911, se vio desbordado por residentes angustiados que informaban de “una gigantesca nube plateada” que cubría el cielo. Lo que no sabían quienes llamaban era que estaban viendo por primera vez la Vía Láctea, la galaxia que contiene nuestro Sistema Solar, en el cielo nocturno. Algunos de estos habitantes urbanos nunca antes habían visto un cielo libre de contaminación lumínica.
La contaminación lumínica es la luz excesiva e intrusiva producida por el ser humano durante la noche. Esta luz procede de fuentes artificiales, principalmente de la electricidad de viviendas, oficinas, farolas, vallas publicitarias o faros de automóviles. Existen dos tipos principales de contaminación lumínica: la de fuente puntual, que es la luz procedente directamente de una fuente, y el resplandor del cielo (skyglow), el efecto combinado y acumulado de la iluminación de fuentes puntuales que se propaga por la atmósfera. Se trata del leve resplandor que se observa en el horizonte cuando se mira hacia una ciudad desde una zona rural.
Casi una cuarta parte de la superficie terrestre del planeta se encuentra ya bajo cielos afectados por la contaminación lumínica. Y el 80 % de la población mundial vive actualmente bajo dichos cielos, lo que significa que un tercio de la humanidad ya no puede ver la Vía Láctea.
La introducción de la luz artificial por la noche se ha producido en un universo que, en realidad, es extremadamente oscuro. Al margen del tenue resplandor de la luz celeste, sería un descuido olvidar que la mitad de la Tierra solía estar, en todo momento, sumida en la oscuridad total. Solo experimentamos la luz solar a diario gracias a la casualidad de encontrarnos cerca de una estrella. Esto significa que, a lo largo de escalas temporales evolutivas, la vida en la Tierra, y también los seres humanos, se han adaptado a ciclos constantes y regulares de día y noche.
Muchas especies utilizan estos ciclos de luz solar y lunar para regular su comportamiento, su actividad y sus patrones de sueño, así como para determinar cuándo aparearse y cuándo alimentarse. Pero hoy en día, la cobertura espacial de la contaminación lumínica es amplia y su intensidad va en aumento.
Pero existe un problema aún mayor: cada vez hay más pruebas de que el aumento de la iluminación tiene una serie de efectos negativos.
El lado negativo de la iluminación
La iluminación afecta negativamente al medio ambiente, ya que altera los ciclos naturales de luz a los que responden las especies. Entre estos efectos se incluyen cambios en la distribución temporal de actividades como el canto, la actividad y la búsqueda de alimento en los animales, o alteraciones en la salud individual.
Y cada vez hay más pruebas de que la iluminación tiene efectos negativos en la salud humana. La melatonina es la hormona que regula los patrones de sueño humanos y su producción se ve afectada por la luz. Los cambios en los regímenes de luz que se alejan de los ciclos de día y noche provocados por la contaminación lumínica pueden alterar la expresión natural de esta hormona vital. Se ha relacionado con la obesidad, una peor calidad del sueño y un deterioro de la memoria.
Dado que la melatonina es un antioxidante capaz de eliminar los radicales libres, la alteración de su producción por la luz artificial podría aumentar el riesgo de cáncer. La alteración de los ciclos naturales de luz es especialmente acusada con las nuevas luces LED (diodos emisores de luz), que están adoptándose cada vez más en todo el mundo por sus beneficios en eficiencia energética. Sin embargo, apenas se tienen en cuenta sus consecuencias negativas para la salud.
Cómo abordar el problema
Una revisión reciente publicada en Science ha expuesto cinco estrategias clave para reducir la iluminación a nivel mundial, sin que ello comprometa necesariamente sus beneficios. Son las siguientes:
Debe evitarse la introducción de luz en zonas anteriormente oscuras.
La iluminación debe mantenerse en la intensidad mínima utilizable.
La iluminación solo debe utilizarse donde sea directamente necesaria y, cuando sea posible, apantallada.
La iluminación solo debe utilizarse cuando sea necesaria.
La iluminación debe ser “más cálida”, es decir, deben emplearse más tonos naranjas en lugar del espectro blanco y duro.
Se necesitan investigaciones en África
Dada la magnitud y la gravedad de las consecuencias, la escasez de investigaciones sobre la contaminación lumínica en África es un descuido sorprendente. África sigue siendo uno de los continentes menos afectados por la contaminación lumínica, pero esta situación está cambiando rápidamente con la expansión de la infraestructura de iluminación, estrechamente ligada al desarrollo económico. Esto es especialmente cierto en las zonas rurales, que podrían tener cada vez más acceso a las redes eléctricas y a las luces LED.
El reciente atlas mundial del resplandor artificial del cielo no realizó mediciones sobre el terreno en África (ni en Sudamérica ni en la mayor parte de Asia), lo que demuestra con claridad lo urgente que es contar con un conocimiento más sólido y amplio de sus repercusiones.
La contaminación lumínica es un factor de cambio global perjudicial y cada vez mejor comprendido. Aunque muchos africanos aún puedan ver la Vía Láctea, la expansión de la infraestructura de iluminación es inminente. Al igual que ocurre con otros factores de cambio global, el continente se encuentra en un momento clave para garantizar que su trayectoria económica no comprometa la salud humana y ambiental. Aún queda por decidir cuál es la mejor manera de hacerlo en el caso de la contaminación lumínica.






