Los riesgos para la salud de la contaminación atmosférica se han convertido en una preocupación importante en Gran Bretaña y en todo el mundo. Se sabe mucho menos sobre sus efectos en el pasado. Sin embargo, los historiadores económicos han encontrado nuevas formas de arrojar luz sobre este tema poco conocido.
En los albores de la era industrial, Gran Bretaña era famosa por sus oscuras fábricas satánicas. Y la Revolución Industrial, que contribuyó enormemente a aumentar los ingresos y la riqueza, dependía casi por completo de una fuente de combustible: el carbón. El carbón alimentaba los hogares, y las máquinas de vapor que funcionaban con carbón movían las ruedas de la industria y el transporte.
En Gran Bretaña, las emisiones de humo negro llegaron a ser de hasta 50 veces más altas en las décadas anteriores a las leyes de aire limpio que en la actualidad. La gran niebla tóxica de Londres de 1952, que llevó a los responsables políticos a actuar, causó 4.000 muertes en una semana. Pero ni siquiera aquello fue tan dramático como lo que había ocurrido antes.
La quema de carbón sin regulación oscurecía los cielos de las ciudades industriales británicas, y todo el mundo podía verlo. Sin embargo, la calidad del aire no se midió ni se vigiló hasta bien entrado el siglo XX. Y aunque el hollín ennegrecía los edificios y la ropa, los efectos del aire tóxico en la salud no se evaluaron hasta hace poco.
Ante la falta de datos sobre las emisiones, los historiadores económicos han ideado una nueva forma de medir sus efectos. Combinaron el consumo de carbón de cada industria con la composición industrial de la fuerza laboral para estimar el uso anual de carbón en cada distrito. Como era de esperar, la intensidad del uso del carbón era mayor en las Midlands, el norte de Inglaterra y Gales del Sur, por lo que cabe esperar que allí se observaran los peores efectos para la salud.
La intensidad del uso del carbón, vinculada a la muerte prematura
Ya en la década de 1850, una mayor intensidad del uso del carbón se asociaba con tasas de mortalidad más altas por enfermedades respiratorias, especialmente entre las personas mayores y los niños muy pequeños. Un aumento de apenas el 1 % en la intensidad del uso del carbón incrementaba en uno por cada 100 nacimientos las muertes infantiles. De hecho, el efecto de la contaminación en la India y China actuales es comparable al de las ciudades industriales británicas de finales del siglo XIX.
La geografía importaba. Quienes vivían a sotavento de un distrito con un uso intensivo del carbón sufrían la contaminación de sus vecinos. Y las comunidades en valles rodeados de colinas sufrían más muertes, porque las emisiones de humo de la propia comunidad quedaban atrapadas y se concentraban.
La combustión del carbón también afectó a la salud de quienes sobrevivieron. Provocaba enfermedades respiratorias recurrentes, un crecimiento más lento durante la infancia y una menor estatura en la edad adulta. Aunque gran parte de las diferencias de estatura entre las personas es genética, aun así podemos comparar la estatura adulta de quienes crecieron en distritos más o menos contaminados.
El efecto de la contaminación atmosférica puede medirse observando a los hombres nacidos en la década de 1890 cuya estatura se registró cuando se alistaron en el ejército británico durante la Primera Guerra Mundial. Su estatura media era de cinco pies y seis pulgadas (168 cm), pero el 10 % medía menos de cinco pies y tres pulgadas (160 cm).
Quienes crecieron en los distritos más contaminados medían casi una pulgada menos que quienes disfrutaron del aire más limpio, incluso teniendo en cuenta diversas características del hogar y del entorno local. Esta diferencia duplica la que había en la estatura adulta entre los hijos de trabajadores de oficina y los de trabajadores manuales.
La estatura media de los hombres aumentó unas tres pulgadas (7,6 cm) a lo largo del siglo XX. El aumento de la estatura se ha asociado con mejoras en la esperanza de vida, la educación, la capacidad y la productividad. Es posible que la mejora de la calidad del aire haya contribuido casi tanto como una mejor higiene o una alimentación mejor.
Recientes informes científicos han advertido que nos enfrentamos a una contaminación cada vez mayor procedente de diversas fuentes, especialmente de las emisiones de los vehículos. No mantener y mejorar aún más la calidad del aire pone en riesgo los avances en salud logrados gracias al progreso tecnológico y a las políticas públicas durante el último siglo.





