La pérdida de biodiversidad se produce a un ritmo mil veces superior al de la tasa histórica de referencia.
Esta pérdida incluye la pérdida de biodiversidad microbiana, incluidas las bacterias y los hongos, que son esenciales para mantener un ecosistema sano.
Los científicos también consideran que esta pérdida de biodiversidad microbiana está afectando a nuestro sistema inmunitario.
Para 2050, el 70 % de la población mundial vivirá previsiblemente en pueblos y ciudades. La vida urbana aporta muchas ventajas, pero los habitantes de las ciudades de todo el mundo registran un rápido aumento de los problemas de salud no transmisibles, como el asma y la enfermedad inflamatoria intestinal.
Algunos científicos consideran ahora que esto está relacionado con la pérdida de biodiversidad (la disminución continua de las distintas formas de vida de la Tierra). La tasa a la que las distintas especies se extinguen es actualmente mil veces superior a la tasa histórica de referencia.
La diversidad microbiana constituye una gran parte de la biodiversidad que se está perdiendo. Y estos microbios (bacterias, virus y hongos, entre otros) son esenciales para mantener ecosistemas sanos. Dado que los seres humanos formamos parte de estos ecosistemas, nuestra salud también se ve afectada cuando estos desaparecen o cuando las barreras reducen nuestra exposición a ellos.
El ecosistema interior
Nuestro intestino, nuestra piel y nuestras vías respiratorias albergan microbiomas diferenciados: amplias redes de microbios que existen en distintos entornos. Solo el intestino humano puede albergar hasta 100 billones de microbios, que superan en número a nuestras propias células humanas. Nuestros microbios prestan servicios esenciales para nuestra supervivencia, como procesar los alimentos y proporcionar sustancias químicas que favorecen el funcionamiento del cerebro.
El contacto con una amplia variedad de microbios de nuestro entorno también es esencial para reforzar nuestro sistema inmunitario. Los microbios que se encuentran en entornos más parecidos a aquellos en los que evolucionamos, como bosques y praderas, son denominados por algunos microbiólogos microbios de “viejos amigos”. Esto se debe a que desempeñan un papel fundamental en la “educación” de nuestro sistema inmunitario.viejo amigo” microbios de “educación” de nuestro sistema inmunitario.
Una parte de nuestro sistema inmunitario es de acción rápida e inespecífica, lo que significa que ataca todas las sustancias en ausencia de una regulación adecuada. Los microbios de nuestro entorno, los “viejos amigos”, ayudan a desempeñar esta función reguladora. También pueden estimular sustancias químicas que ayudan a controlar la inflamación y evitan que nuestro organismo ataque a nuestras propias células o a sustancias inocuas como el polen y el polvo.
La exposición a una amplia variedad de microbios permite que nuestro organismo ponga en marcha una respuesta defensiva eficaz frente a los patógenos. Otra parte de nuestro sistema inmunitario produce pequeños “ejércitos” de “células de memoria” que mantienen un registro de todos los patógenos con los que nuestro organismo entra en contacto. Esto permite una respuesta rápida y eficaz del sistema inmunitario ante patógenos similares en el futuro.
Para ayudar a combatir enfermedades infecciosas como la COVID-19, necesitamos sistemas inmunitarios sanos. Sin embargo, esto es imposible sin el apoyo de microbiomas diversos. Del mismo modo que los microbios desempeñan funciones importantes en los ecosistemas, al ayudar a crecer a las plantas y reciclar los nutrientes del suelo, también proporcionan a nuestro organismo nutrientes y sustancias químicas que favorecen la salud promueven una buena salud física y mental. Esto refuerza nuestra resiliencia frente a enfermedades y otros momentos de estrés en nuestra vida.
Pero nuestras ciudades suelen carecer de biodiversidad. La mayoría hemos sustituido los espacios verdes y azules por espacios grises, la jungla de hormigón. Como consecuencia, los habitantes urbanos están mucho menos expuestos a una diversidad de microbios que promueven la salud. La contaminación también puede afectar al microbioma urbano. Los contaminantes atmosféricos pueden alterar el polen de manera que es más probable que provoque una reacción alérgica.
La “germofobia”, la percepción de que todos los microbios son nocivos, agrava estos efectos al animar a muchos de nosotros a desinfectar todas las superficies de nuestros hogares, y a menudo impide que los niños salgan a jugar en la tierra. El suelo es uno de los hábitats más biodiversos de la Tierra, por lo que los estilos de vida urbanos pueden perjudicar seriamente a los jóvenes al cortar este vital vínculo.
Las personas que viven en zonas urbanas más desfavorecidas tienen peor salud, una esperanza de vida más corta y mayores tasas de infecciones. No es casualidad que estas comunidades carezcan con frecuencia de espacios verdes y azules accesibles y de alta calidad. También es menos probable que puedan permitirse, o que tengan tiempo y energía para disfrutar de frutas y verduras asequibles.
¿Qué podemos hacer?
Debemos tomarnos en serio el microbioma urbano.
La restauración de los hábitats naturales puede contribuir a aumentar la biodiversidad y la salud de los habitantes de las ciudades. Cultivar más plantas autóctonas diversas, crear espacios verdes seguros, inclusivos y accesibles, y renaturalizar los parques urbanos y suburbanos pueden restablecer la diversidad microbiana en la vida urbana.
Nuestra investigación está ayudando a los diseñadores urbanos a restaurar hábitats en las ciudades que pueden favorecer interacciones saludables entre los residentes y los microbios ambientales.
Sin embargo, es necesario mejorar el acceso a estos espacios verdes y azules, así como a una alimentación asequible. El apoyo a parcelas de cultivo y huertos comunitarios podría proporcionar, de una sola vez, alimentos gratuitos y nutritivos y exposición a microbios beneficiosos, mientras que las sesiones que enseñan a las personas a cultivar sus propios alimentos podrían recetarse por parte de los profesionales sanitarios.
Fomentar la conexión con la naturaleza, incluidos los microbios que muchos de nosotros rechazamos actualmente, debería ser un elemento clave de cualquier estrategia de recuperación posterior a la pandemia. Debemos proteger y promover la biodiversidad invisible, que es vital para nuestra salud personal y la del planeta.






