Mientras los líderes mundiales se reúnen esta semana en Davos para debatir cómo configurar mejor nuestro futuro mediante una cooperación más sólida, también es imperativo centrarse en cómo evitar que se deteriore la salud del planeta. Esto no es «catastrofismo»: el riesgo es real.
Uno de los temas principales de la reunión de este año del Foro Económico Mundial es el papel de la tecnología en la resolución de los mayores problemas del mundo. Ya estamos entrando en una nueva fase de revolución tecnológica que cambiará fundamentalmente nuestra forma de vivir, trabajar, relacionarnos e interactuar con el mundo exterior. La velocidad, la amplitud y la profundidad de los avances actuales no tienen precedentes históricos y están transformando casi todos los sectores de todos los países.
El desafío y la oportunidad que tenemos hoy ante nosotros consisten en empezar a pensar en el desarrollo desde la perspectiva de la salud ambiental. El medio ambiente debe ser una preocupación primordial, no algo secundario. La ciencia nunca había sido tan clara. Conocemos el impacto, las consecuencias y la insostenibilidad de nuestro modelo de desarrollo. A medida que seguimos conectándonos de nuevas maneras, también debemos reconectar con la Tierra. La verdad innegable es que seguimos causando un gran daño al planeta y que aún no hemos aprendido a hacer crecer nuestra economía sin perjudicar a la naturaleza. Para lograrlo, más que tecnología, hará falta un cambio fundamental de mentalidad que redefina nuestra relación con el planeta y sus sistemas naturales.

Ninguna tecnología humana puede sustituir por completo la «tecnología de la naturaleza», perfeccionada durante cientos de millones de años para proporcionar servicios esenciales que sustentan la vida en la Tierra. Un mundo natural productivo y diverso y un clima estable han sido los recursos básicos sobre los que se ha cimentado el éxito de nuestra civilización, y seguirán siéndolo en el futuro. Un problema fundamental de las revoluciones tecnológicas anteriores ha sido la ligereza con que hemos dado por sentado el medio ambiente natural, en lugar de valorarlo como una condición necesaria para el desarrollo.
Si seguimos produciendo, consumiendo y obteniendo la energía para nuestras vidas como lo hacemos ahora, los bosques, los océanos y los sistemas meteorológicos se verán desbordados y colapsarán. La agricultura, la pesca, los proyectos de infraestructura, la minería y la energía insostenibles están provocando una pérdida de biodiversidad y una degradación de los hábitats sin precedentes, así como sobreexplotación, contaminación y cambio climático. Sus consecuencias para las personas y las empresas son reales, aunque sus efectos sean cada vez más evidentes en el mundo natural.
Desde la escasez de alimentos y agua hasta el deterioro de la calidad del aire que respiramos, las pruebas nunca habían sido tan claras. Sin embargo, en muchos casos no estamos estableciendo la conexión. Actuamos como Homo technologicus, con la mentalidad de nuestros antepasados cazadores-recolectores. Junto con la revolución tecnológica, necesitamos una revolución cultural igualmente sin precedentes en nuestra forma de conectarnos con el planeta.

El deterioro de la salud de nuestro planeta
Cada día surgen nuevas pruebas del impacto insostenible que tenemos en el medio ambiente. Un clima desestabilizado genera fenómenos meteorológicos extremos más frecuentes y mortíferos. Los últimos cinco años han sido el quinquenio más cálido del que se tiene registro, mientras que el Ártico se calentó mucho más rápido de lo previsto. La ONU estima que, en los últimos 10 años, los desastres relacionados con el clima han causado daños por valor de 1,4 billones de dólares en todo el mundo.
En poco más de 40 años, el mundo ha sido testigo de una disminución del 60 % de las poblaciones de fauna silvestre en la tierra, el mar y las aguas dulces, y se encamina hacia una caída alarmante de dos tercios para 2020. Esto ha ocurrido en menos de dos generaciones.
Los bosques sufren una presión sin precedentes debido a la deforestación constante. Para 2030 se perderán otros 170 millones de hectáreas de bosque —una superficie equivalente a Mongolia—, impulsadas por la ganadería a gran y pequeña escala y la producción de soja y aceite de palma.
Nuestros océanos están sometidos a una gran presión. Vertemos plástico y sustancias químicas tóxicas en el mar, y envenenamos nuestros propios alimentos. Pescamos de forma derrochadora e insostenible: el 90 % de las poblaciones de peces del mundo están sobreexplotadas. En los últimos 30 años hemos perdido el 50 % de los arrecifes de coral del mundo. En una generación, el mundo ha perdido casi la mitad de las poblaciones de especies marinas.
¿Por qué es importante?
El valor de la naturaleza que no se contabiliza
Es importante porque no podemos tener un futuro próspero en un planeta agotado, y todo indica que la actividad humana está llevando a la Tierra al límite.
La biodiversidad —la compleja red de vida formada por millones de especies, plantas, bacterias y hongos— sustenta los sistemas naturales que damos por sentados: los que nos proporcionan el aire que respiramos, los alimentos que comemos y el agua que bebemos. Mantiene los ecosistemas que la sociedad necesita para prosperar y garantiza el acceso a materias primas, productos básicos y servicios esenciales. La pérdida de biodiversidad sin precedentes que vemos hoy constituye una amenaza existencial para la vida humana y el desarrollo económico. Si el índice de biodiversidad se considerara comparable al mercado bursátil, nuestro planeta estaría encaminándose hacia un desplome espectacular.
La pérdida de biodiversidad también tiene un valor económico. WWF estima en 24 billones de dólares el valor de los principales activos oceánicos, y esa es una estimación conservadora. Si se comparara con las mayores economías nacionales, el océano ocuparía el séptimo lugar, con un valor anual de bienes y servicios de 2,5 billones de dólares. Podría decirse que es demasiado grande para dejarlo caer. El acceso regular a agua dulce de calidad también es vital para la mayoría de las empresas y las industrias, ya sea para fabricar, calentar, enfriar o limpiar, o como ingrediente. Disponer de muy poca o demasiada agua, o de agua demasiado sucia o cara, repercute en los resultados financieros.
Conservar los bosques, el océano y la fauna silvestre beneficia a todos, tanto para garantizar la sostenibilidad como para nuestra propia prosperidad. Por eso, ha llegado el momento de que empresas, gobiernos, instituciones y sociedad civil trabajen juntos para frenar el cambio climático y la devastación de la naturaleza.
Nuestra civilización se encuentra en una encrucijada. La ecuación es sencilla: no construiremos un futuro estable, próspero y equitativo para la humanidad en un planeta degradado.
Juntos debemos detener la pérdida de naturaleza
Sin duda, la tecnología cambiará nuestras vidas, y ya estamos viendo avances en conservación. La revolución de las energías renovables es probablemente el ejemplo más impresionante del impacto positivo de las nuevas tecnologías. Las tecnologías de teledetección permiten vigilar el estado del planeta como nunca antes. Se utiliza la cadena de bloques para establecer sistemas de certificación y trazabilidad de productos agrícolas y pescado, de modo que los consumidores puedan tener garantías sobre su origen, legalidad y sostenibilidad.

Las instituciones financieras tienen un papel enorme que desempeñar. En general, el sector bancario no está redirigiendo los flujos financieros para alejarlos de prácticas empresariales perjudiciales para el medio ambiente y la sociedad y, lo que es importante, todavía no está aprovechando las oportunidades de crecimiento necesarias para financiar la transición a una economía sostenible, ya sea mediante proyectos de energías renovables o de gestión sostenible del agua.
Las empresas también deben estar a la vanguardia de la lucha contra el cambio climático y la pérdida de biodiversidad. El último informe de Riesgos Globales del Foro Económico Mundial enumera la inestabilidad climática, los fenómenos meteorológicos extremos y la escasez de agua entre los principales desafíos que afrontan hoy las empresas. A medida que empeoren los efectos del cambio climático y aumente la presión sobre los recursos del planeta, las cuestiones de sostenibilidad repercutirán cada vez más tanto en los resultados financieros de las empresas como en su licencia social para operar. Proteger la tierra, los océanos, los ríos, los bosques y las comunidades no solo ayuda a mitigar los riesgos en la cadena de suministro, sino que también tiene pleno sentido empresarial.
Los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU y el Acuerdo de París sobre el Cambio Climático, si se aplican plenamente y con urgencia, ofrecen la oportunidad de cambiar fundamentalmente nuestra forma de producir, consumir y proteger nuestra riqueza natural. Aún podemos sacar al planeta del borde del colapso. Hemos asumido compromisos, firmado declaraciones y empezado a avanzar en su aplicación. Pero lo que estamos haciendo no basta. Seguir como hasta ahora ha llevado al planeta al límite. Debemos dar un salto cuántico en la velocidad y la profundidad del cambio. Las empresas pueden ser rentables y, a la vez, sostenibles desde el punto de vista social y ambiental si ofrecen resultados en tres ámbitos: planeta, personas y beneficios. El momento de lograrlo es ahora.





