Indonesia atraviesa actualmente una emergencia medioambiental. Miles de hectáreas de bosque arden en todo el vasto país, lo que libera humo tóxico a la atmósfera. Esto ha dado lugar a escenas apocalípticas inquietantes de cielos de un rojo intenso, calles desiertas y personas con el rostro cubierto con mascarillas.
Estos incendios emiten enormes cantidades de carbono a la atmósfera. El último brote masivo, en 2015, hizo que los incendios emitieran más gases de efecto invernadero que todo EE. UU.. También son un desastre para los orangutanes y otra fauna de la selva.
¿Pero qué ocurre con el impacto en las personas afectadas? ¿Quién corre riesgo y de qué manera?
Los incendios forestales y la neblina no son infrecuentes en Indonesia. Tradicionalmente, los agricultores a pequeña escala han utilizado fuegos pequeños y bien controlados para despejar terrenos y plantar nuevos cultivos, pero ahora los incendios son cada vez más grandes y se descontrolan con mayor frecuencia.
En parte, esto se debe a que la superficie dedicada a la producción comercial no ha dejado de aumentar. Los bosques de turberas ricos en carbono de las islas de Sumatra y Kalimantan han sido talados en gran medida para crear nuevas plantaciones, a menudo para producir aceite de palma. La escasa seguridad en la tenencia de la tierra también ha dado lugar a conflictos entre las comunidades locales y las empresas de plantaciones, en los que quemar terrenos se ha convertido en un arma para ejercer presión. Todo ello se ha visto agravado por el fenómeno meteorológico de El Niño, que en algunos años ha provocado condiciones de sequedad extraordinarias.
¿Qué está en juego?
Hasta el momento, se han detectado más de 35.000 incendios en 2019 en el país y los niveles de contaminación atmosférica se clasifican como “peligrosos” según el Índice de Calidad del Aire (AQI). Los incendios de este año han sido, efectivamente, los peores desde 2015, cuando más de 2,5 millones de hectáreas de tierra quedaron calcinadas, lo que provocó una pérdidas por valor de US $16 000 millones – una cifra sustancialmente superior incluso a los costes de reconstrucción del tsunami del día de San Esteban de 2004. Pero la exposición a los incendios forestales y al humo tóxico que generan también causa daños a corto y largo plazo en la vida de las personas.

El humo generado por la quema de madera y vegetación contiene gran cantidad de partículas muy finas, demasiado pequeñas para que el ojo humano las vea. Estas partículas pueden alojarse fácilmente en lo profundo de los pulmones y pasar a otros órganos o al torrente sanguíneo.
Para ver lo que puede significar a largo plazo la exposición masiva a este tipo de contaminación, podemos fijarnos en los efectos de los masivos incendios forestales de finales de 1997, que quemaron más de 5 millones de hectáreas de tierra y enviaron una enorme nube contaminante por el sudeste asiático. Antes de 2015, estos fueron los mayores incendios registrados.
Diversos investigadores han analizado datos de encuestas poblacionales realizadas durante y después de los incendios, y han constatado que el humo generado por estos afectó a la salud de los adultos y a las tasas de supervivencia infantil en ese momento, y dio lugar a menores logros sanitarios y educativos a largo plazo.
Por ejemplo, un estudio halló que la exposición al humo tóxico provocó un deterioro de la capacidad funcional física. Estos efectos fueron especialmente prolongados entre las mujeres de 30-55 años y las personas mayores.
Otras investigaciones han constatado que el aire, el suelo y los alimentos contaminados por el humo son especialmente perjudiciales para la salud prenatal y postnatal. Los tóxicos inhalados por la madre afectan a su salud, lo que a su vez altera la nutrición fetal y el flujo de oxígeno. Un estudio halló que la exposición a los incendios indonesios de finales de 1997 provocó más de 15.600 muertes infantiles, de lactantes y fetales, o una reducción de 1,2 puntos porcentuales en la supervivencia de las cohortes expuestas. Las personas más pobres fueron las más afectadas.

Por último, la nutrición y la salud infantiles pueden verse afectadas directamente por la inhalación de tóxicos o por su ingestión en alimentos crudos contaminados, así como por la falta temporal de cuidados adecuados por parte de familiares adultos con mala salud.
Mi propia investigación, publicada a principios de 2019, es pertinente aquí. Analicé a niños pequeños de entre 12 y 36 meses que vivían en las islas afectadas de Sumatra y Kalimantan durante los incendios de 1997, y los comparé con un grupo comparable de niños que vivían en zonas no afectadas por los incendios.
Descubrí que la exposición a los incendios provocó una tasa de crecimiento significativamente más lenta, de unos 1 mm al mes, en el período de tres meses transcurrido entre la primera exposición a los incendios en septiembre de 1997 y la última medición en diciembre. ¿Suena a poco? Pues tengan en cuenta que los niños de esa edad crecen alrededor de 1 cm al mes, así que los que estudié perdían una décima parte de su tasa de crecimiento.
La neblina de 1997 duró solo unos pocos meses. Pero unos pocos meses son mucho tiempo cuando se es un niño pequeño, y en el caso de la cohorte que estudié, los incendios se produjeron durante un período crítico en el que el desarrollo cerebral es más sensible a los shocks nutricionales. Esto tuvo importantes repercusiones cuando estos niños llegaron a edad escolar: de media, retrasaron seis meses su matriculación en primaria y, finalmente, cursaron casi un año menos de educación en comparación con el grupo no afectado por los incendios.
Aún no está claro si los incendios de 2019 alcanzarán la magnitud de los desastres de 1997 o 2015. Pero todos estos estudios indican que la exposición a los incendios forestales supone un riesgo real para el bienestar humano. Las generaciones anteriores de niños indonesios pagaron el precio; si queremos garantizar que los niños de hoy no sufran problemas similares, hay que tomar medidas para proteger a los más vulnerables.





