El plástico es uno de los materiales más valiosos de la industria automotriz y ha desempeñado un papel clave en el diseño, mientras que la lacra de la contaminación por plásticos y los microplásticos es un problema global y de larga data.
Según propone un trío de científicos galardonados, los métodos basados en la naturaleza ofrecen una solución apasionante para ayudar a limpiar nuestros océanos.
La ciencia puede llevarnos a abandonar los métodos lineales de «extraer, fabricar y desechar» y adoptar un enfoque más circular.
Los microplásticos están en todas partes, desde las profundidades del Ártico hasta las cumbres nevadas del Everest. Los dispersan los vientos y las corrientes oceánicas, y se generan por la fragmentación de los residuos de los 360 millones de toneladas de plástico producidas anualmente. El impacto a largo plazo de los microplásticos en la vida humana y animal no se comprende del todo, pero sus efectos son evidentes. Los ingieren peces, aves y zooplancton, los pequeños animales que constituyen la base de la cadena alimentaria en la mayoría de los ecosistemas marinos.
Sin embargo, aunque el impacto de la contaminación por plásticos ya ocupa la atención mundial, el plástico sigue siendo un material enormemente valioso; de hecho, se prevé que la fabricación de plástico podría casi duplicarse para 2050. La sociedad se enfrenta, por tanto, a la pregunta de cómo limitar mejor el impacto dañino de los microplásticos.

Plásticos fantásticos y microplásticos
El plástico es práctico, ligero, económico, impermeable e increíblemente versátil, razón por la cual se utiliza en todo, desde envases de alimentos, cosméticos y equipos médicos hasta puentes, edificios y viviendas. Para quienes trabajamos en la industria automotriz, ha contribuido a innovaciones en seguridad, rendimiento y eficiencia de combustible. Por ejemplo, el paso de vender uvas a granel a bandejas de plástico selladas en los comercios minoristas ha reducido los residuos normalmente en más de un 20 %, mientras que la medicina moderna se ha beneficiado enormemente de la jeringuilla desechable de plástico inventada en 1955.

Pero la lacra de los residuos plásticos en el medio ambiente es evidente, desde grandes restos en nuestras costas, mares y vertederos, donde acaba más del 50 % de los residuos plásticos. Y después están los microplásticos: partículas diminutas de menos de 5 mm de tamaño, en su mayoría de menos de 1 mm, que acaban en nuestros mares, contaminan los sedimentos de las playas y son ingeridas por aves y animales marinos. Y el impacto de estos microplásticos se comprende cada vez mejor gracias a los galardonados de este año con el Premio Volvo al Medio Ambiente: el profesor Richard Thompson, la profesora Tamara Galloway y la profesora Penelope Lindeque. Su trabajo ha sido fundamental para aumentar la concienciación social sobre la contaminación por plásticos, en particular por microplásticos, y para impulsar la acción política.
El poder de los mejillones
En 1950, el mundo solo producía dos millones de toneladas de plástico. Desde entonces, la producción anual se ha disparado casi 230 veces y se prevé que alcance 590 millones de toneladas métricas para 2050. ¿Cómo se gestiona este crecimiento exponencial de los plásticos y su plaga para el medio ambiente? Volver a una era preplástica no es una opción; al fin y al cabo, el plástico tiene potencial para el bien. El veintidós por ciento de un avión de dos pisos, el Airbus A380, está construido con plásticos ligeros reforzados con fibra de carbono, lo que permite ahorrar combustible y reducir los costes operativos en un 15 %. Las energías renovables, por su parte, dependen de los plásticos para tuberías, paneles solares, aerogeneradores y rotores.
Pero debemos ir más allá de esta sociedad del «usar y tirar» y reducir nuestro uso de plásticos de un solo uso, con su corta vida útil y su larga persistencia en los residuos. Además, hay que considerar medidas para evitar consecuencias no deseadas, como un aumento del desperdicio de alimentos, si cambiamos de forma repentina los envases de plástico sin una alternativa viable. Nuestro reto es mitigar los peores efectos de su proliferación y encontrar formas de reducir la contaminación que provoca.

La comunidad científica ofrece nuestra mayor esperanza, con soluciones apasionantes basadas en la naturaleza que se están explorando para ayudar a eliminar los microplásticos de nuestros océanos. En el Laboratorio Marino de Plymouth, la profesora Penelope Lindeque y su equipo estudian la capacidad de los mejillones para filtrar microplásticos del agua. Los voraces organismos filtradores pueden eliminar bacterias y el exceso de algas del agua y, en experimentos de laboratorio, se ha demostrado que cinco kilogramos de mejillones liberan un cuarto de millón de fragmentos de plástico por hora.
No se considera que los plásticos, en las concentraciones que se encuentran en el medio marino, sean perjudiciales para el mejillón. Los grupos de mejillones podrían colocarse cerca de las desembocaduras de ríos y estuarios, en puertos deportivos, puertos comerciales y cerca de las plantas de tratamiento de aguas residuales, en grandes cestas sumergibles. Pueden utilizarse recipientes en forma de red para recoger sus desechos junto con los microplásticos, que después pueden izarse y retirarse del agua. Aprovechar esta filtración natural podría ofrecer una solución segura para el medio ambiente y rentable, que podría implantarse a gran escala.
Debemos diseñar productos que garanticen una vida útil prolongada y asegurar el máximo aprovechamiento en cada etapa.
Niklas Gustafsson, secretario de la Junta, Fundación del Premio Volvo al Medio Ambiente
Diseñar para la circularidad
Limpiar los residuos plásticos no puede ser la única solución que perseguimos; nuestra relación con el plástico también debe cambiar. Por ejemplo, en algunas aplicaciones es el material adecuado, por lo que debemos utilizarlo de forma más sostenible y buscar una mayor circularidad.
Actualmente, extraemos petróleo y gas de la tierra para fabricar plástico, gran parte del cual solo se usa una vez. Podemos reducir la cantidad de plástico que acaba en residuos, pero esto comienza en la fase de diseño, donde debemos abandonar nuestro modelo lineal tradicional de «extraer, fabricar y desechar». En su lugar, deberíamos adoptar un enfoque más holístico y circular que tenga en cuenta el origen de nuestros materiales primarios y el impacto a largo plazo de nuestros productos, tanto ahora como en su segunda y tercera vida. Un ejemplo claro son las microesferas presentes en cosméticos y productos de cuidado personal. Transcurrieron décadas desde su creación hasta que alguien comprendió su efecto ambiental nocivo, lo que llevó a su prohibición en muchos países del mundo.
Debemos diseñar productos que garanticen una vida útil prolongada y asegurar el máximo aprovechamiento en cada etapa. Y debemos garantizar que el plástico que utilizamos pueda reciclarse de forma eficaz al término de su vida útil. Esto significa asegurarnos de no mezclar componentes de plástico reciclables y no reciclables en los productos. Un enfoque más circular es mejor para el medio ambiente, sin duda, pero también ofrece beneficios económicos y sociales.
No cabe duda del valor del plástico, por lo que no nos sirve demonizarlo por completo. Al mismo tiempo, el efecto ambiental de la contaminación por plásticos debe abordarse con medidas rápidas y bien meditadas. Debemos permitir que la ciencia nos guíe para que nosotros, como líderes de la industria y responsables políticos, podamos tomar decisiones basadas en la evidencia. La salud de las personas y del planeta depende de un océano sano, y no podemos permitirnos defraudarlos.





