Los bosques entran en ‘modo turbo’ de crecimiento para recuperarse de la sequía, según un estudio

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Some trees could rebound from difficult periods better than imagined.Image: Unsplash/Asher Ward
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  • Las sequías son cada vez más frecuentes y pueden tener un efecto negativo y grave en los bosques.

  • Los científicos estudiaron los efectos del cambio climático en el pino silvestre para comprender cómo se recuperan los árboles de la sequía.

  • Sorprendentemente, se comprobó que algunos árboles entraron en un crecimiento acelerado para compensar la sequía, que había frenado temporalmente su crecimiento.

  • Se necesitan más investigaciones sobre este mecanismo de crecimiento compensatorio para comprender las implicaciones del cambio climático y cómo podría adaptarse la naturaleza.

Una de cada 12 personas podría enfrentarse a sequías graves cada año para 2100, según un estudio reciente. Además, el agua almacenada en dos tercios de la superficie terrestre de la Tierra se reducirá a medida que el clima se caliente. Como ecólogos vegetales, nos preocupa lo que esto significa para los bosques, uno de los mayores sumideros de carbono y de los activos más importantes con que cuenta el mundo en la lucha contra el cambio climático.

Las sequías pueden frenar el crecimiento de los bosques, matar árboles e incluso alterar el funcionamiento de los bosques, o qué especies los componen. Estudiamos una especie en particular para comprender cómo han respondido los árboles a sequías anteriores y cuán resilientes es probable que sean.

Lo que hemos descubierto sugiere que algunos árboles podrían recuperarse de periodos difíciles con más vitalidad de la que habríamos imaginado, lo que podría ser una buena noticia para los bosques que se enfrentan a un futuro más seco.

Una de cada 12 personas podría enfrentarse a sequías graves cada año para 2100.Image: Nature

Registros de anillos de árboles

Pino silvestre es una de las especies de coníferas con distribución más amplia del mundo. En su área de distribución natural en Europa, sustenta una gran variedad de fauna, como las ardillas rojas, y se cultiva ampliamente por su madera.

En nuestro estudio, recogimos anillos de crecimiento de árboles de un bosque experimental de pinos que los científicos plantaron en Escocia en 1935. Los árboles forman estos anillos en sus troncos y, al hacerlo, registran cómo varió el crecimiento según las condiciones climáticas de cada estación. Los años con un clima favorable suelen producir anillos anchos, mientras que los años malos, con sequías u otros fenómenos meteorológicos adversos, producen anillos estrechos.

Estos anillos permiten a los científicos mirar efectivamente hacia atrás en el tiempo. Para comprender cómo se recuperan los árboles de la sequía, comparamos la anchura de los anillos formados en los años de sequía con el crecimiento modelizado en un año promedio y durante toda su recuperación.

Recuperando el terreno perdido

Descubrimos que incluso los árboles de la misma edad y especie que crecían en el mismo lugar tardaban tiempos muy diferentes en recuperarse de la sequía. En promedio, la tasa de crecimiento de los árboles tardó cuatro años en recuperar los niveles que cabría esperar si no se hubiera producido ninguna sequía, y la mayoría de los árboles tardaron entre uno y seis años, aunque algunos todavía no habían recuperado esa tasa de crecimiento nueve años después.

Tras profundizar un poco más, descubrimos que el tamaño de cada árbol antes de la sequía, o la velocidad a la que crecía en ese momento, marcaba una diferencia significativa en su resiliencia. Los árboles de crecimiento rápido se recuperaron antes, pero los árboles más grandes tardaron más en alcanzar las tasas de crecimiento que se habrían esperado si no hubiera habido sequía.

Lo que realmente nos sorprendió fue lo que ocurrió en algunos árboles después de que se recuperara su crecimiento. En lugar de seguir creciendo a los ritmos que podríamos haber esperado según los registros de temperatura y precipitaciones de esos años posteriores a la recuperación, el crecimiento de algunos árboles entró en un ritmo acelerado, y estos árboles llegaron a crecer más rápido que en nuestro escenario modelizado en el que no se había producido ninguna sequía.

Aunque este “modo turbo” de crecimiento fue solo temporal y no se produjo en todos los árboles estudiados, el efecto combinado de este crecimiento compensatorio fue notable. Estos árboles crecieron tan rápido que comenzaron a recuperar parte del grosor del tronco que el bosque había perdido a causa de la sequía. Esto significa que el impacto total de la sequía tras nueve años fue mucho menor que tras cuatro años, que es el periodo posterior a la sequía que suelen considerar estudios similares.

El crecimiento compensatorio también se da en otros ámbitos de la naturaleza: se ha registrado en especies de peces, gramíneas y polillas. Un estudio descubrió que las hembras de la polilla de la cera mayor, privadas de alimento durante 12 horas, experimentan un crecimiento rápido para recuperarse en cuanto vuelven a tener comida, aunque el coste de este comportamiento es una vida más corta.

Todavía no se ha explorado en gran medida si los árboles maduros utilizan el crecimiento compensatorio para hacer frente a la sequía ni de qué manera lo hacen, quizá porque, hasta ahora, los estudios solo han captado su respuesta a corto plazo. Pero nuestro estudio demuestra claramente que este mecanismo existe en el pino silvestre y que puede ayudar a los bosques a recuperar buena parte de la biomasa leñosa de la que la sequía los despoja.

Ahora debemos averiguar qué frecuente es este fenómeno en otras especies y en otras partes del mundo. Aunque este comportamiento esté muy extendido, la capacidad de los árboles para compensar el crecimiento perdido durante una sequía dependerá de que el clima siga siendo favorable para el crecimiento mucho después de que haya terminado la sequía. Asimismo, las sequías más frecuentes y graves podrían anular rápidamente cualquier beneficio.

No obstante, nuestros resultados sí sugieren que podríamos estar subestimando la resiliencia de algunos bosques y sobrestimando lo que las futuras sequías costarán a los árboles. Esto podría tener implicaciones para el cambio climático, por lo que los científicos deberán averiguar más sobre este mecanismo para reforzar sus modelos. Y, dado que hemos constatado que los árboles responden de manera diferente a la sequía, contar con una variedad de tamaños y tasas de crecimiento podría situar mejor a los bosques para afrontar los desafíos que nos depara el futuro.

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