La mayoría de la gente imagina la Antártida como un continente helado e intacto, pero las personas llevan décadas viviendo y construyendo allí. Ahora, por primera vez, podemos revelar la huella humana en todo el continente.
Nuestra investigación, publicada hoy en la revista Nature Sustainability, revela que, aunque los edificios y las perturbaciones ocupan una pequeña parte de todo el continente, tienen un impacto desproporcionado en el ecosistema de la Antártida.
Nuestros datos muestran que el 76 % de los edificios de la Antártida se encuentran en apenas el 0,06 % del continente: las zonas libres de hielo a menos de 5 km de la costa. Esta franja costera es especialmente importante, ya que proporciona acceso al océano Austral a pingüinos y focas, además de un clima generalmente más húmedo apto para la vida vegetal.
Una pregunta difícil de responder
Durante décadas se ha planteado cuánta superficie terrestre afectamos colectivamente con infraestructuras en la Antártida, pero hasta ahora era difícil de responder. La buena noticia es que se trata de una superficie relativamente pequeña. El problema mayor es dónde se encuentra. Junto con nuestros colegas Dana Bergstrom y John van den Hoff, hemos realizado la primera medición de la «huella» de los edificios y del terreno libre de hielo alterado en toda la Antártida.
Esto equivale a más de 390 000 metros cuadrados de edificios en el continente helado, con otros 5 200 000 m² de terreno alterado únicamente en zonas libres de hielo. Dicho de otro modo, hay más de 1 100 m² de terreno alterado por persona en la Antártida en su momento de mayor población, en verano. Esto se debe principalmente a las 30 naciones con infraestructuras en la Antártida, junto con cierta presencia de la industria turística.

Hasta ahora no se ha podido determinar el alcance de nuestro impacto debido a la dificultad para reunir los datos. Como muchos países realizan actividades en la Antártida, obtener de ellos datos sobre sus infraestructuras ha sido muy lento. Dado que dos tercios de las estaciones de investigación se construyeron antes de la adopción del Protocolo al Tratado Antártico sobre Protección del Medio Ambiente, por lo que no exigían evaluaciones de impacto ambiental ni seguimiento; es muy probable, por tanto, que muchos operadores no dispongan de datos accesibles sobre su huella. Además, debido a la dificultad inherente de acceso a la Antártida y a las enormes distancias entre estaciones, no es posible llevar a cabo mediciones de campo a escala continental.
Para abordar estos problemas, nuestro equipo utilizó un enfoque consolidado para medir la huella de una sola estación, y lo aplicó a 158 ubicaciones de todo el continente mediante imágenes de satélite. La mayoría de las imágenes utilizadas procedían de Google Earth de libre acceso, gracias a las mejoras continuas en resolución y cobertura.
Este proceso requirió horas de laboriosa «digitalización», en la que las imágenes de edificios y terrenos alterados, espacialmente precisas, se trazaron manualmente en un programa informático para crear los datos.

Curiosamente, uno de los emplazamientos más difíciles fue la estación Amundsen-Scott de Estados Unidos. Como esta estación se encuentra en el Polo Sur geográfico, muy pocos satélites pasan sobre ella. Este problema se resolvió finalmente examinando miles de imágenes aéreas tomadas por la NASA en el marco de la Operación IceBridge, donde comprobamos que su avión había sobrevolado la estación en 2010. Tras obtener estos datos, comparamos nuestras mediciones con las dimensiones conocidas de los edificios y comprobamos que nuestra precisión estaba dentro del 2 %.
A diferencia de los edificios, no disponíamos de mediciones con las que comparar el terreno alterado, como carreteras, pistas de aterrizaje, canteras y similares. Creemos que hemos obtenido una estimación considerablemente baja, debido a factores como la cubierta de nieve y una resolución de imagen insuficiente que oculta elementos más pequeños, como senderos.
Ubicación, ubicación, ubicación
Tras cartografiar la huella de los edificios y de las alteraciones del terreno, nuestros datos han arrojado algunos resultados interesantes. Por razones prácticas, la mayoría de las estaciones de la Antártida se ubican dentro de las pequeñas zonas libres de hielo repartidas por el continente, especialmente en torno a la costa. Además de resultarnos atractivas, estas zonas son esenciales para gran parte de la biodiversidad de la Antártida al ofrecer lugares de anidación para aves marinas y pingüinos, sustrato para musgos, líquenes y dos plantas vasculares, y hábitat para las especies de invertebrados del continente.

Otro hallazgo interesante de estos datos es lo que nos revelan sobre la naturaleza salvaje del continente. Aunque la huella actual abarca una fracción muy pequeña de los más de 12 millones de kilómetros cuadrados de la Antártida, hemos comprobado que hay alteraciones en más de la mitad de todas las grandes zonas libres de hielo a lo largo de la costa. Además, al utilizar los datos de edificios que hemos obtenido, junto con el trabajo previo de Rupert Summerson, también hemos podido estimar la huella visual, que equivale a una superficie similar al total del terreno libre de hielo de todo el continente.
La publicación de esta investigación llega en un momento oportuno, dado el importante aumento de infraestructuras previsto para la Antártida. Actualmente hay nuevas estaciones propuestas por varias naciones, grandes proyectos de reconstrucción de estaciones existentes en curso (entre ellas McMurdo, de Estados Unidos, y la Base Scott, de Nueva Zelanda), e Italia está construyendo una nueva pista de aterrizaje en zonas libres de hielo.
Australia ha propuesto la primera pista de hormigón de la Antártida, que, de construirse, sería la mayor del continente.
Hasta ahora, las decisiones sobre la ampliación de infraestructuras se han tomado sin contexto sobre la cantidad ya existente. Esperamos que la comunidad internacional pueda ahora tomar decisiones informadas sobre cuánta construcción es adecuada en la Antártida, dónde debe producirse y cómo gestionar el futuro de la última gran región salvaje.





