Una quinta parte de los ecosistemas corre peligro de colapsar: así podría ser

A general view shows new nature reserve showing a body of water with plants either side.
The risk of collapse is increased by factors like industry, farming and fishing.Image: REUTERS/Piroschka van de Wouw
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  • Según investigaciones recientes, uno de cada cinco países corre el riesgo de que sus ecosistemas colapsen.

  • Cuando los ecosistemas colapsan, pierden rápidamente su estructura y función, y su tamaño o extensión experimenta cambios drásticos.

  • Un colapso de esta magnitud pondría en peligro más de la mitad del PIB mundial (42 billones de dólares estadounidenses o 32 billones de libras esterlinas).

  • John Dearing, profesor de Geografía Física, explica qué significa el colapso y qué podemos hacer al respecto.

Uno de cada cinco países corre el riesgo de que sus ecosistemas colapsen, lo que pondría en peligro más de la mitad del PIB mundial (42 billones de dólares estadounidenses o 32 billones de libras esterlinas), según investigaciones recientes. Esta estadística, que suena alarmante, plantea todo tipo de preguntas. ¿Qué significa realmente el «colapso de los ecosistemas»? ¿Qué provoca que un ecosistema colapse y cómo sabemos cuándo ha ocurrido? Quizá la pregunta más importante sea: ¿qué sucede después?

Los ecólogos utilizan el término «colapso» para describir un proceso parecido a un suflé que no sube o a un balón que revienta. Cuando los ecosistemas colapsan, pierden rápidamente su estructura y función, y experimentan cambios drásticos en su tamaño o extensión, o en las especies que los componen. Estas pérdidas tienden a homogeneizar y simplificar el ecosistema: menos especies, menos hábitats y menos conexiones entre unos y otros.

Cómo controlar el colapso

Cuando colapsan, los bosques maduros suelen transformarse en zonas arboladas más abiertas, con matorrales y pastos, según los animales que pasten allí y el clima. Un arrecife de coral vibrante se convierte en un osario de escombros que se va erosionando lentamente. En los bosques de algas donde se ha cazado hasta hacer desaparecer a las nutrias marinas, los erizos de mar, sin control, pueden invadir las algas y crear una llanura desolada con pocas especies, conocida como un páramo de erizos. La contaminación puede transformar rápidamente los lagos: de aguas transparentes, repletas de salmones, pasan a ser pozas verdes y turbias llenas de algas tóxicas.

En la práctica, estos cambios significan que el ecosistema original se ha extinguido localmente. Los servicios que antes podía proporcionar —alimentos, almacenamiento de carbono o filtración del agua— se pierden o disminuyen. Sin embargo, «colapso» sigue siendo un término impreciso, ya que las causas y los resultados finales varían de un ecosistema a otro.

Para los seres humanos, no todos los cambios en los ecosistemas son malos ni recientes. Desde hace milenios, las personas han dependido de la modificación de los ecosistemas —drenar humedales, construir represas en los ríos, talar bosques— para crear nuevas tierras de cultivo. Estos entornos se mantienen en un estado de colapso artificial para maximizar la producción de un tipo específico de alimentos y fibras.

Podrían colapsar aún más si, por ejemplo, el viento y la lluvia erosionaran suficiente suelo como para convertir las tierras agrícolas en terrenos baldíos con pocos servicios ecosistémicos o ninguno; basta pensar en el Dust Bowl en Norteamérica durante la década de 1930. En principio, debería ser relativamente sencillo vigilar y gestionar un mayor deterioro dentro de un ecosistema que ya se ha simplificado.

Los verdaderos peligros provienen de los colapsos imprevistos, las consecuencias no deseadas de someter a una presión excesiva un ecosistema que era casi natural y no estaba dominado por los seres humanos.

Puntos de inflexión

Los ecosistemas naturales pueden resistir durante mucho tiempo las presiones provocadas por las actividades humanas o el clima, pero solo hasta cierto punto. Con el tiempo, estas presiones generan ciclos de retroalimentación positiva que hacen que el sistema supere un punto de inflexión.

Gran parte de la deforestación en la cuenca del Amazonas se produce en parches. Pero, a medida que se despejan más parches locales, el bosque se abre y el clima regional se vuelve más seco, un proceso que el calentamiento global favorece. Como resultado, todo el bosque se vuelve más propenso a las sequías y los incendios forestales.

Los ciclos de retroalimentación positiva también intervienen en otros colapsos. El flujo gradual de nutrientes hacia un lago, arrastrados por los fertilizantes que se escurren de las tierras de cultivo, provoca el crecimiento de algas. Cuando estas proliferan y se descomponen, absorben el oxígeno del agua, lo que libera nutrientes del lecho del lago y acelera aún más su crecimiento y la pérdida de oxígeno.

Sabemos que hoy el riesgo de colapso de los ecosistemas aumenta debido a las intensas presiones de la industria, la agricultura y la pesca, que a menudo actúan de forma conjunta y en paralelo con el calentamiento global. Los científicos intentan simular con modelos informáticos los efectos de estas presiones sobre los ecosistemas para evaluar la probabilidad de que colapsen. Pero apenas estamos empezando: necesitamos vigilar con más atención los cambios sutiles en la estructura y función de los ecosistemas, que constituyen señales tempranas de alerta ante el aumento de los mecanismos de retroalimentación positiva.

Sí sabemos que la duración de un colapso es proporcional al tamaño del ecosistema. Cuanto más grande es el ecosistema, más lentamente colapsa, porque hay más especies y conexiones que pueden fallar. También es más probable que los colapsos de sistemas más grandes se desencadenen simultáneamente en varios lugares, como ocurrió con los incendios forestales de Australia de 2019-2020.

Pero no deberíamos pensar que los grandes ecosistemas no colapsarán mientras vivamos. Mi propia investigación ha revelado que los arrecifes de coral del Caribe podrían colapsar en apenas unos años y que toda la selva amazónica podría hacerlo en unas pocas décadas.

Las observaciones del mundo real (línea continua) predicen que los grandes ecosistemas colapsarán relativamente más rápido de lo que predice una relación lineal simple (línea discontinua).Image: Dearing et al. (2020)

Entonces, ¿hasta qué punto es definitivo el colapso de un ecosistema? Un experimento del siglo XIX en Rothamsted, Inglaterra demostró que un campo cultivado y cercado acabaría transformándose en un bosque diverso al cabo de unos 120 años. Bastó con eliminar la presión —en este caso, el arado y el pastoreo— para que se establecieran nuevos ciclos de retroalimentación positiva. Las especies pioneras de maleza colonizaron el suelo desnudo y proporcionaron la sombra y la humedad que las plántulas de arbustos necesitaban para arraigar. Estas, a su vez, dieron paso a los árboles y, finalmente, al bosque.

La recuperación es posible, pero, por regla general, cuanto más fuertes sean los mecanismos de retroalimentación que causaron el colapso, más difícil será la recuperación. Puede resultar difícil eliminar por completo la presión que provoca el colapso de un ecosistema. Para restaurar un lago colapsado o una pesquería costera quizá sea necesario detener casi por completo el flujo de nutrientes procedentes de fertilizantes y aguas residuales en grandes cuencas, lo que podría poner fin a la agricultura de la región.

Quizá sea imposible recuperar el estado original de un ecosistema porque las condiciones externas de las que dependía —el régimen climático o las propiedades del suelo— simplemente ya no existen.

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