Las cifras de pérdida de cobertura arbórea de 2017se han publicado y no son alentadoras. A pesar de una década de esfuerzos cada vez más intensos para frenar la deforestación tropical, el año pasado registró la segunda mayor pérdida de cobertura arbórea, apenas por debajo de 2016. En solo los últimos dos años, los trópicos perdieron una superficie forestal del tamaño de Vietnam.
Además de perjudicar la biodiversidad e infringir los derechos y menoscabar los medios de vida de las comunidades locales, la destrucción de bosques a esta escala es una catástrofe para el clima mundial. Nuevas investigaciones científicas muestran que los bosques son aún más importantes de lo que pensábamos para frenar el cambio climático. Además de capturar y almacenar carbono, los bosques influyen en la velocidad del viento, los patrones de lluvia y la química atmosférica. En resumen, la deforestación está haciendo del mundo un lugar más cálido y seco.
Ante lo mucho que está en juego, quienes formamos parte del «mundo forestal» y dedicamos nuestra vida profesional y nuestras pasiones personales a salvar la selva tropical tenemos que hacer una pausa y reflexionar: si los indicadores van en la dirección equivocada, ¿estamos haciendo algo mal?
Acelerador a fondo, freno apenas rozado
No hay ningún misterio sobre la principal razón por la que están desapareciendo los bosques tropicales. Pese a los compromisos de cientos de empresas de eliminar la deforestación de sus cadenas de suministro para 2020, siguen talándose enormes extensiones para cultivar soja y producir carne de vacuno, aceite de palma y otras materias primas. En el caso de la soja y el aceite de palma, las políticas que incentivan el uso de alimentos como materia prima para los biocombustibles inflan artificialmente la demanda mundial. Además, la tala irresponsable sigue encaminando los bosques hacia su conversión a otros usos del suelo, al abrir caminos y aumentar su vulnerabilidad a los incendios.
Gran parte de esa tala y conversión de bosques es ilegal según las leyes y normativas de los países productores; sin embargo, la ilegalidad y la corrupción siguen siendo endémicas en muchos países con abundantes bosques. Además, los Pueblos Indígenas —cuya presencia está asociada con el mantenimiento de la cobertura forestal, pero cuyos derechos sobre la tierra suelen no reconocerse— siguen siendo asesinados cuando intentan proteger sus bosques.
La situación me recuerda a tantas películas sobre trenes fuera de control: se ha accionado el acelerador de la demanda mundial de materias primas y se han desactivado los frenos de la aplicación de la ley y la custodia indígena. La única manera de evitar un choque ferroviario desastroso es que el héroe (o la heroína) se siente en el puesto del conductor, quite el ladrillo del acelerador y accione los frenos de emergencia.
En realidad, sabemos cómo hacerlo. Contamos con un amplio conjunto de pruebas que muestra qué da resultado. Brasil, por ejemplo, redujo en un 80 % la deforestación a gran escala en la Amazonía entre 2004 y 2012 al reforzar la aplicación de la ley, ampliar las áreas protegidas, reconocer los territorios indígenas y aplicar una combinación de incentivos y sanciones para contener la conversión descontrolada de tierras a la agricultura, al tiempo que aumentaba la producción de ganado y soja. El problema es que nuestros esfuerzos actuales por aplicar estas herramientas apenas rozan el freno, frente al ladrillo que oprime el acelerador.
Los bosques son daños colaterales de grandes acontecimientos económicos y políticos
En cierta medida, las malas noticias de las cifras de pérdida de cobertura arbórea de 2017 reflejan daños colaterales de acontecimientos políticos y económicos ajenos al tema en países boscosos. El aumento del 46 % de la pérdida de cobertura arbórea en Colombia probablemente está relacionado con la reciente resolución del conflicto, que abrió al desarrollo grandes zonas de bosque antes controladas por grupos rebeldes armados. Aunque la duplicación de la pérdida de cobertura arbórea de Brasil entre 2015 y 2017 se debió en parte a incendios forestales sin precedentes en la Amazonía, el repunte probablemente también sea atribuible al relajamiento de las medidas para hacer cumplir la ley en medio de la persistente agitación política y la crisis fiscal del país. De hecho, resulta llamativo que tantos países tropicales con bosques hayan experimentado recientemente un cambio de gobierno (Liberia, Perú), atraviesen actualmente crisis políticas (Brasil, República Democrática del Congo), estén en periodo electoral (Colombia) o vayan a celebrar elecciones en un futuro próximo (Indonesia).
Conocemos las soluciones para detener la deforestación
Este contexto reafirma lo que ya sabíamos: ninguna preocupación internacional por los bosques tropicales marcará la diferencia si no conecta de forma significativa con los grupos de interés nacionales en los países boscosos y modifica los incentivos que impulsan la deforestación.
Una de las estrategias clave para armonizar las prioridades nacionales con las medidas contra la deforestación se puso en marcha hace una década. La reducción de las emisiones debidas a la deforestación y la degradación forestal, y el aumento de las reservas de carbono forestal, o REDD+, es un marco respaldado por el Acuerdo de París sobre el cambio climático que alienta a los países ricos a pagar a los países en desarrollo para que limiten la deforestación y la degradación forestal. Por desgracia, el volumen de financiación REDD+ ofrecido (unos mil millones de dólares al año) sigue siendo insignificante frente a los 777.000 millones de dólares aportados desde 2010 para financiar la agricultura y otras inversiones en el sector del uso de la tierra que ponen en riesgo los bosques. Sin duda, esta es una de las razones por las que las coaliciones nacionales a favor del cambio en los países participantes en REDD+ no han logrado imponerse a las coaliciones que defienden que todo siga igual y continúe la deforestación.
Aunque las perspectivas de un aumento inmediato de la financiación REDD+ siguen siendo sombrías, otras estrategias para fortalecer los grupos de interés nacionales favorables a las reformas ofrecen buenas perspectivas.
Brasil fue pionero en un sistema de seguimiento de la deforestación por satélite. La divulgación pública de esos datos fue clave para generar voluntad política y la información necesaria para combatir la tala ilegal. Actualmente, las herramientas de teledetección ayudan a comunidades y autoridades encargadas de hacer cumplir la ley de todo el mundo a detectar la deforestación ilegal y responder a ella casi en tiempo real. Por ejemplo, el Ministerio de Medio Ambiente de Perú distribuye semanalmente alertas de deforestación a más de 800 organismos gubernamentales, empresas y grupos de la sociedad civil, lo que dio lugar a varios procesos judiciales en 2017.
La cooperación internacional para hacer cumplir la ley también puede crear incentivos nacionales para reformar el sector forestal. A finales de 2016, Indonesia se convirtió en el primer país en recibir una licencia para exportar a la Unión Europea madera cuya tala se había verificado como legal. Al garantizar que su madera se talara legalmente, Indonesia obtuvo acceso para sus productos forestales a un lucrativo mercado internacional.
Indonesia también ha sido escenario de la aplicación de una nueva generación de herramientas de transparencia para combatir la deforestación. Por ejemplo, en 2017, grupos de la sociedad civil utilizaron bases de datos de acceso público sobre las finanzas y la gobernanza empresarial para descubrir prácticas monopolísticas e incumplimientos de la normativa sobre plantaciones en 15 empresas del sector del aceite de palma. Luego compartieron sus hallazgos con la Comisión para la Erradicación de la Corrupción de Indonesia y otras autoridades gubernamentales facultadas para responder con medidas normativas o legales.
Por último, se han intensificado las medidas a nivel subnacional. Decenas de gobernadores y responsables de distrito de jurisdicciones con abundantes bosques de todo el mundo se han comprometido con un desarrollo de bajas emisiones. Por ejemplo, el estado brasileño de Mato Grosso puso en marcha una estrategia de «Producir, conservar e incluir» para acabar con la deforestación ilegal y promover al mismo tiempo una agricultura sostenible. Algunas empresas que han asumido compromisos contra la deforestación están considerando abastecerse preferentemente de materias primas procedentes de esas jurisdicciones, como una forma de reducir riesgos y fomentar que se siga avanzando hacia una mejor gestión del uso de la tierra.
Quienes formamos parte del «mundo forestal» no podemos hacerlo solos
Existen soluciones claras, pero es necesario ampliarlas y extenderlas a los bosques de todo el mundo. Esta semana, más de 500 personas del mundo forestal se reúnen en el Foro de Bosques Tropicales de Oslo para reflexionar sobre los últimos 10 años de esfuerzos para proteger los bosques y trazar el camino a seguir. Pero no podemos hacerlo solos.
Los análisis preliminares sugieren que una parte considerable de la pérdida forestal de 2017 se debió a desastres «naturales» del tipo que se espera que sean más frecuentes y graves a causa del cambio climático. El huracán María arrasó bosques del Caribe, y los incendios quemaron grandes zonas de Brasil e Indonesia en los últimos años. Aunque la degradación forestal causada por la tala y la fragmentación provocada por las carreteras reducen la resiliencia de los bosques ante fenómenos meteorológicos extremos, las intervenciones específicamente forestales tienen un alcance limitado frente a un clima cambiante. Si bien estabilizar el clima mundial depende de salvar los bosques del planeta, salvar los bosques también depende de estabilizar el clima mundial.
Además de redoblar los esfuerzos en las estrategias probadas para reducir la deforestación (y asignar a esas iniciativas una parte justa de la financiación climática), todos los países deben intensificar sus medidas contra el cambio climático.
La naturaleza nos está diciendo que esto es urgente. Sabemos qué hacer. Ahora solo tenemos que hacerlo.






