- El grave impacto social y económico de la COVID-19 podría agravar la destrucción medioambiental a largo plazo.
- Pero la pandemia también nos está enseñando a utilizar las decisiones individuales para afrontar una catástrofe global.
- El «aprendizaje social» es una herramienta poderosa para lograr cambios duraderos. Consiste en que las personas aprendan unas de otras y adapten su comportamiento como resultado.
El horror de la cifra mundial de muertes por COVID-19 me confronta a diario en las noticias y a través de mi preocupación por mis propios padres vulnerables. También me inquietan profundamente las dificultades económicas y de otro tipo que tantas personas afrontan debido a las medidas de distanciamiento físico. Además, como ecóloga del cambio global, cuya perspectiva abarca el mundo entero y todo lo que contiene —los millones de otras especies, el aire que compartimos y el agua de la que dependemos—, me resulta imposible ignorar las dimensiones medioambientales de la COVID-19.
Quiero dejarlo claro: la COVID-19 en sí no es buena para ninguno de los diecisiete Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU. El bienestar humano, la economía y el medio ambiente están interrelacionados, y la pandemia ciertamente no nos está ayudando a alcanzar nuestros objetivos de protección. Sin embargo, nos está enseñando lecciones sobre el comportamiento humano que podrían acercarnos a esos objetivos en el futuro.
Hace apenas un año y medio, en octubre de 2018, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) publicó un alarmante informe especial sobre el calentamiento global de 1,5 °C. Comenzaba con una cita de Ciudadela, de Antoine de Saint-Exupéry: «Tu tarea no es prever el futuro, sino hacerlo posible».
El informe pedía «cambios rápidos, de gran alcance y sin precedentes» en todos los aspectos de la sociedad para evitar las peores catástrofes del cambio climático. Preveía consecuencias nefastas para el bienestar humano, la economía y el medio ambiente si no se atendían esas advertencias. Pese al cambio de lenguaje de «cambio climático» a «emergencia climática» que muchas instituciones han adoptado durante el último año, no hemos visto que se pongan en práctica estas recomendaciones.
Y, sin embargo, la COVID-19 nos ha obligado a realizar cambios drásticos en todos los ámbitos de la vida en apenas unas semanas. Ciudades y países enteros quedaron paralizados de la noche a la mañana; los líderes declararon emergencias nacionales e internacionales, y las personas y las instituciones se adaptaron a un cambio social sin precedentes.

La COVID-19 también está transformando nuestra relación con el medio ambiente. El origen de las enfermedades infecciosas emergentes, incluida la COVID-19, pero también el VIH, el ébola, el virus Nipah, el SARS, la gripe pandémica y otras, está vinculado al menos en parte al creciente impacto humano en el medio ambiente. Reconocerlo es crucial al intentar abordar las causas profundas de las pandemias. En estos días, muchas ciudades informan de aire más limpio y menos contaminación. En algunos lugares, esto está cambiando literalmente nuestra percepción de la naturaleza. Algunas comunidades de la India pueden ver por primera vez en su vida los Himalayas nevados. Sin embargo, estos cambios también están revelando la magnitud de estos problemas crónicos, así como la importancia de afrontarlos. A medida que la pandemia limita el acceso a espacios verdes como parques y zonas de conservación, muchas personas están tomando dolorosa conciencia de lo fundamentales que son estos oasis naturales para su bienestar.
Parece que, en tiempos de crisis, nos conectamos aún más estrechamente con nuestro entorno natural. A corto plazo, esto bien podría tener un efecto beneficioso en algunos aspectos del medio ambiente. Sin embargo, a largo plazo, la situación es más compleja. La recesión económica podría agravar el deterioro medioambiental, ya que se desvían recursos de los esfuerzos para proteger y restaurar los hábitats. También podría empeorar las trampas de pobreza existentes. Comodijo: «La COVID-19 es la amenaza más urgente a la que se enfrenta hoy la humanidad, pero no podemos olvidar que el cambio climático es la mayor amenaza para la humanidad a largo plazo». La secretaria ejecutiva interina del Convenio de las Naciones Unidas sobre la Diversidad Biológica lo expresó sin rodeos: «El mensaje que estamos recibiendo es que, si no cuidamos de la naturaleza, ella cuidará de nosotros».
Consideremos, sin embargo, la cita de Antoine de Saint-Exupéry: no necesitamos prever el futuro; solo tenemos que hacerlo posible. Aquí entran en juego las lecciones sobre el comportamiento humano.
El poder del «aprendizaje social»: cuando las personas aprenden unas de otras y cambian su comportamiento en consecuencia.
Madhur Anand
Parte de mi propia investigación sobre elpoder del comportamiento humanopara moldear las trayectorias medioambientales, como la pérdida de biodiversidad y el cambio climático, indica que el aprendizaje social es un factor importante para cambiar los sistemas. Es decir, las personas aprenden unas de otras y cambian su comportamiento en consecuencia.
En este momento, estamos aprendiendo valiosas lecciones sobre resiliencia y capacidad de adaptación humana. Estamos aprendiendo lo rápido que pueden responder las personas cuando se enfrentan a un enemigo común, ya sea un virus nuevo o las bien establecidas leyes físicas del cambio climático. Examinemos estas lecciones, reflexionemos sobre el renovado respeto por el mundo natural y consideremos qué nos permitió adaptarnos a normas nuevas tan profundamente difíciles y desconocidas. Fijémonos en cómo algunas de las ideas que proponen ahora distintos países coinciden plenamente con los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU, como la erradicación de la pobreza, la buena salud y el bienestar, la reducción de las desigualdades y la producción y el consumo responsables. E imaginemos cómo podríamos aprovechar estas lecciones para reducir en el futuro el riesgo de catástrofes —enfermedades, cambio climático u otras amenazas—.





