El confinamiento por la COVID-19 ha mejorado la calidad del aire, pero contribuirá poco a resolver el problema de la contaminación atmosférica a largo plazo.
Las personas que viven en lugares con mala calidad del aire podrían ser más susceptibles a esta enfermedad, y las partículas en suspensión podrían contribuir a la propagación del virus.
Pero los líderes mundiales tienen ahora la oportunidad de trazar un futuro distinto y más limpio.
Mientras la pandemia de coronavirus afecta a millones de personas en todo el mundo y paraliza las economías, se habla mucho de la drástica caída de las emisiones derivadas de la combustión de combustibles fósiles en muchos países. Sin embargo, esto no es una solución a la contaminación del aire ni al cambio climático. Aunque ciudades inquietantemente vacías estén bañadas por cielos azules, millones de personas se han quedado de repente sin trabajo y se preguntan cómo cuidarán de sus familias.
Las personas pobres y más vulnerables serán quienes más sufrirán tanto los efectos sobre la salud como la crisis económica. La mejora de la calidad del aire durante unos meses puede ser un pequeño rayo de esperanza entre las sombras de la COVID-19, pero a largo plazo contribuirá poco a resolver el problema de la contaminación del aire exterior, que mata a más de cuatro millones de personas cada año. Para lograrlo, tenemos que abandonar nuestra dependencia de la quema de carbón, petróleo y gas.
Además, es más probable que las personas que viven en ciudades muy contaminadas tengan afectados los sistemas respiratorio, cardíaco y otros, por lo que son más vulnerables a los efectos de la COVID-19.
Uno de los consejos que todos oímos a medida que se propaga el coronavirus es dejar de fumar. Pero ¿qué pasa con el 90% de las personas de todo el mundo expuestas a altos niveles de contaminación del aire? No pueden elegir dejar de respirar el aire del lugar donde viven. En todos los continentes, la gente sufre los efectos negativos de la contaminación del aire en la salud. Vivir en Delhi equivale a fumar seis cigarrillos al día. La contaminación del aire provocada por los incendios forestales agravados por el cambio climático ha afectado los sistemas respiratorios de la población de California y Australia. La población de Wuhan ha sufrido durante años una mala calidad del aire, y el verano pasado participó en protestas contra la contaminación del aire.
Durante el brote de SARS en China, un estudio realizado por investigadores de la Escuela de Salud Pública de UCLA demostró que los pacientes con SARS procedentes de zonas muy contaminadas tenían más del doble de probabilidades de morir a causa de la enfermedad. Lo mismo parece ocurrir con la COVID-19: cuanta más contaminación del aire respiras, más probable es que enfermes gravemente.
Aunque todavía es demasiado pronto para demostrar una correlación directa entre los niveles actuales de contaminación del aire y la incidencia de la COVID-19, los altos niveles de contaminación también podrían aumentar el riesgo de contraer la COVID-19, ya que las partículas pueden actuar como portadoras de agentes infecciosos y provocar una rápida propagación en zonas más extensas. Un artículo publicado por la Sociedad Italiana de Medicina Ambiental sugiere que «el rápido aumento de las tasas de contagio que ha afectado a algunas zonas del norte de Italia podría estar relacionado con la contaminación por partículas atmosféricas, que allí actúan como portadoras y potenciadoras». Un estudio de Harvard acaba de encontrar la primera correlación entre la contaminación del aire y las muertes por COVID-19 en Estados Unidos.
La respuesta a esta pandemia también amenaza con agravar a largo plazo los efectos de la contaminación del aire en la salud. Varios gobiernos están aprovechando la COVID-19 para dar un respiro a la industria y debilitar las normas de calidad del aire. En Estados Unidos, la Agencia de Protección Ambiental (EPA, por sus siglas en inglés) está acelerando su drástica relajación de la normativa a medida que se propaga la pandemia. En Sudáfrica, las normas sobre contaminación del aire se han debilitado considerablemente durante el confinamiento y esto, según la coalición sudafricana Life After Coal Coalition, causará unas 3,300 muertes prematuras. Los efectos sobre la salud serán especialmente graves para los niños, las personas mayores, las embarazadas y quienes ya padecen asma o enfermedades cardíacas y pulmonares.
Algunos cargos electos están adoptando un enfoque distinto. Por ejemplo, en Bogotá, la capital de Colombia, ante una «triple amenaza» de mala calidad del aire, enfermedades respiratorias estacionales y la pandemia, la alcaldesa Claudia López habilitó 76 kilómetros de nuevos carriles para bicicletas para reducir las aglomeraciones en el transporte público y ayudar a prevenir la propagación del coronavirus, al tiempo que mejora la calidad del aire y la salud de la población.
Al responder al coronavirus, los líderes mundiales tienen la oportunidad de tomar un rumbo distinto y realizar una intervención importante en favor de un planeta sano y una población saludable. Ante la perspectiva de inversiones de estímulo económico por valor de billones de dólares, tienen una oportunidad de oro para destinar una parte considerable de esos fondos a acelerar la transición hacia una economía basada en las energías renovables. La transición a energías y medios de transporte limpios y renovables reducirá considerablemente la contaminación del aire, las emisiones de gases de efecto invernadero y el impacto de futuras pandemias.
La pandemia de coronavirus ha dejado más claro que nunca que la salud humana y la del planeta están íntimamente interconectadas. Nos corresponde elegir actuar en consecuencia.





