Debemos cambiar radicalmente nuestra forma de ver la naturaleza y otras especies para afrontar eficazmente nuestra crisis de extinción, afirma un equipo de expertos.
Ver la naturaleza y otras especies como objetos y recursos al servicio de los fines humanos nunca garantizará una conservación eficaz.
La mejor forma de avanzar es ampliar el enfoque de la ciencia de la conservación para incluir explícitamente las obligaciones morales de las personas con la naturaleza.
La acelerada pérdida de otras especies en todo el mundo es tan extensa que muchos expertos ya la denominan la sexta extinción masiva. Se debe en gran medida a una pérdida sin precedentes de ecosistemas vitales, como bosques y humedales, resultado de sistemas sociales y económicos centrados en el crecimiento constante.
La última Conferencia de las Naciones Unidas sobre Biodiversidad, COP15, cuya segunda sesión está prevista para octubre de 2022, se propone aplicar medidas ambiciosas para frenar la pérdida de biodiversidad. El objetivo último es establecer la armonía entre los seres humanos y la naturaleza para 2050.
Sin embargo, en un artículo académico reciente, sostenemos que actores clave, como el grupo de científicos de la conservación que elabora informes sobre biodiversidad para la ONU, siguen priorizando el bienestar humano por encima de todo. Esta priorización podría derivarse de una cultura antropocéntrica que suele considerar que los seres humanos están separados de otras especies y tienen más valor que ellas.
Sostenemos que, para afrontar eficazmente nuestra crisis de extinción, necesitamos algo más que avances meramente técnicos o políticas ancladas en supuestos antropocéntricos. Necesitamos, en cambio, cambios fundamentales en la forma de ver y valorar la naturaleza y otras especies.
La supremacía humana
El antropocentrismo lleva a tratar la naturaleza y otras especies como objetos y recursos al servicio de los fines humanos. Este supuesto sigue estando en la base de la forma en que muchas personas abordan la conservación.
En las ciencias ambientales y la gestión de recursos, los conceptos de «recursos naturales» y «servicios ecosistémicos» reflejan el enfoque antropocéntrico dominante para evaluar el valor natural, especialmente mediante análisis económicos de costo-beneficio.
Estos enfoques preguntan cuánto vale una entidad natural determinada, como un bosque o una especie animal, y luego intentan asignarle un valor monetario. Las políticas basadas en el comercio de créditos de carbono o el pago a países para que no talen sus bosques son ejemplos de ello.
¿Qué está haciendo el Foro Económico Mundial por la naturaleza?
El Centro para la Naturaleza y el Clima ayuda a los líderes a comprender las interconexiones entre el clima, la naturaleza y el desarrollo económico. Ofrece una plataforma para explorar vías que respalden la resiliencia y la prosperidad dentro de los límites planetarios.
Al facilitar la cooperación entre sectores y regiones, el Centro ayuda a sus socios a convertir el entendimiento común en soluciones prácticas para el clima y la naturaleza.
Los científicos de la biodiversidad siguen centrados en el ser humano
La COP15 se basará en parte en el trabajo de la Plataforma Intergubernamental Científico-Normativa sobre Diversidad Biológica y Servicios de los Ecosistemas (IPBES), el equivalente para los científicos de la conservación del grupo de científicos del clima del IPCC. La más reciente Evaluación mundial de la biodiversidad y los servicios de los ecosistemas, publicada en 2019, promueve el término «contribuciones de la naturaleza a las personas» como marco más inclusivo para captar el valor natural más allá de los meros indicadores económicos.
El objetivo declarado es hacer hincapié en que la naturaleza y otras especies «no son meras mercancías» y destacar la variedad de contribuciones de la naturaleza, tanto materiales como inmateriales, a «la calidad de vida de las personas».
Es loable que el informe intente incluir una gama más amplia de perspectivas y valores ambientales como base para la conservación de la biodiversidad. Sin embargo, sostenemos que su enfoque sigue centrado en el ser humano. Las especies no humanas siguen valorándose solo de forma instrumental, según lo que puedan aportarnos.
La relación entre las personas y las entidades naturales sigue girando en torno a la utilidad percibida de otras especies para ayudar a los seres humanos a llevar una «buena vida». No se hace referencia explícita a la buena vida de nuestros parientes terrestres ni a lo que podrían necesitar para prosperar.
El informe tampoco defiende el valor inherente de todos los habitantes de la Tierra. Creemos que esta es una deficiencia profunda para cualquier plataforma que pretenda promover las transformaciones culturales fundamentales necesarias para alcanzar el objetivo de la ONU de lograr la «armonía con la naturaleza» para 2050.
Hacia una conservación ecocéntrica
Una alternativa sería ampliar el enfoque de la ciencia y las políticas de conservación, más allá de los «servicios ecosistémicos» y las «contribuciones de la naturaleza a las personas», para incluir explícitamente las obligaciones morales de las personas con la naturaleza. Sostenemos que esto exigiría un giro hacia el ecocentrismo, una perspectiva moral en la que se considera que cada especie y tipo de ecosistema tiene un valor intrínseco.
Este tipo de sentimiento moral, que se apoya en abundante trabajo religioso y filosófico, significa, en esencia, que los organismos no humanos y los sistemas ambientales tienen valor por sí mismos, y no solo como medios para alcanzar fines humanos.
Desde esta perspectiva, nos preguntaríamos no solo qué puede hacer la naturaleza por nosotros, sino también cómo podemos contribuir a la salud y la resiliencia de toda la biosfera y de todos los seres vivos que la animan. Con este enfoque también nos preguntaríamos cómo garantizar que otras especies tengan lo que necesitan para llevar una «buena vida».
De los recursos al parentesco
Las motivaciones importan. Si seguimos valorando la naturaleza y otras especies únicamente por lo que pueden aportarnos, no podremos transformar radicalmente nuestra relación con ellas. Sus vidas no tienen precio, y su pérdida no se puede cuantificar ni revertir. Al fin y al cabo, la extinción es para siempre. Su ausencia cada vez mayor no solo amenaza nuestra existencia: constituye una grave falta ética.
A medida que se acerca la sesión final de la COP15, es fundamental reconocer que las políticas innovadoras necesarias para evitar la aniquilación biológica no pueden basarse en premisas totalmente antropocéntricas. Una respuesta adecuada a la crisis de la biodiversidad exige un cambio fundamental de valores que nos lleve a ver a otras especies como parientes y a todos los diversos sistemas ambientales de la Tierra como intrínsecamente valiosos.





