Las olas de calor serán más frecuentes, intensas y prolongadas – pero ¿qué significa esto para las ciudades del mundo?
Para 2050, se prevé que haya 970 ciudades, en las que vivirán 1.600 millones de personas, con máximas de temperatura estival superiores a 35 °C.
Desde la adaptación y la concienciación, existen retos y soluciones para ayudar a mitigar el riesgo.
Las ciudades se ven amenazadas por temperaturas extremas, y se prevé que las olas de calor aumenten en frecuencia, intensidad y duración. ¿Qué significa esto para el futuro de nuestras ciudades y de sus habitantes?
Los habitantes del oeste de Sídney (Australia) habrán respirado aliviados cuando el verano terminó oficialmente el 28 de febrero de 2021. El verano anterior, el de 2019/20, fue el más caluroso registrado en el país y se temía otro verano abrasador.
En cambio, Australia vivió su verano más fresco en nueve años, con precipitaciones superiores a la media. Pero el descenso de las temperaturas se debió al efecto refrescante temporal de La Niña, la contraparte de El Niño, que enfría grandes zonas de la superficie del océano Pacífico. Las temperaturas más altas volverán.
El oeste de Sídney es entre 6 y 10 °C (11-18 °F) más caluroso que el lado este de la ciudad durante el verano. El número de días al año con más de 35 °C (95 °F) ha aumentado de una media de 9,5 en la década de 1970 a 15,4 días en la última década. Para 2090, los días con más de 35 °C (95 °F) podrían más que triplicarse hasta 52 días.
A estas temperaturas, la capacidad del organismo para regular su temperatura interna se ve comprometida. Esto puede provocar calambres por calor, agotamiento por calor, golpe de calor y otras enfermedades. Y, en última instancia, la muerte.
Según la Organización Mundial de la Salud, más de 166.000 personas murieron por olas de calor entre 1998 y 2017. Por ejemplo, tanto en Australia y en Estados Unidos, el calor extremo es responsable de más muertes que cualquier otro riesgo natural.
Incluso las regiones relativamente más frías corren riesgo, ya que su falta de experiencia con el calor extremo a menudo las hace más vulnerables. En el Reino Unido, por ejemplo, las olas de calor causaron 2.556 muertes en el verano de 2020, mientras que la ola de calor de 2010 en Moscú provocó 11.000 muertes.
Una de las olas de calor más significativas azotó Europa en el verano de 2003. Fue el desastre natural más mortífero que ha golpeado el continente en 50 años con un número de víctimas mortales superior a 30.000, de las cuales la mitad correspondió solo a Francia.
La Organización Meteorológica Mundial define una ola de calor como un período de cinco o más días consecutivos en los que la temperatura máxima diaria supera en 5 °C (9 °F) o más la máxima media. Algunos países tienen definiciones diferentes que tienen en cuenta la humedad, que dificulta la capacidad del organismo para refrescarse mediante el sudor.
Efecto isla de calor urbana
Una de las razones por las que el oeste de Sídney se ve desproporcionadamente afectado por el calor es que está situado lejos de la brisa refrescante del mar. Pero también sufre el efecto isla de calor urbana: un fenómeno en el que las ciudades son más cálidas que las zonas rurales circundantes debido al entorno construido y al calor generado por los vehículos y otras fuentes.
“El oeste de Sídney es un entorno muy urbanizado, cubierto de hormigón y asfalto procedentes de sus desarrollos industriales, carreteras, viviendas y aparcamientos. Esto absorbe y retiene una inmensa cantidad de calor, lo que agrava el efecto isla de calor urbana”, explica Raymond Hui, Ingeniero Principal de Riesgos para Riesgos Naturales y Resiliencia al Cambio Climático de Zurich en Australia/Asia-Pacífico. “El problema se agrava porque la cubierta arbórea refrescante ha sido talada para dar paso a nuevos desarrollos de alta densidad.”
El problema va mucho más allá de Sídney. Hay 354 ciudades en todo el mundo, con 200 millones de habitantes, que registran máximas de temperatura estival superiores a 35 °C (95 °F), según la investigación del proyecto Impact 2050. Debido al calentamiento global, se prevé que estas cifras aumenten hasta 970 ciudades con 1.600 millones de personas para 2050.
Las olas de calor ejercen presión sobre servicios esenciales como la salud, el saneamiento del agua y las infraestructuras de transporte. “Un ejemplo es el fallo eléctrico que provoca escasez o incluso apagones”, afirma Amar Rahman, Director Global de Servicios de Resiliencia ante el Cambio Climático en Zurich Insurance Group.
“Toda la infraestructura eléctrica pierde eficiencia durante los periodos de calor extremo, especialmente si necesita agua de ríos para refrigerarse, que pueden estar secándose y calentándose. Las líneas de transmisión eléctrica tienen una capacidad reducida, y equipos como transformadores e inversores registran una tasa de fallos más alta. Pero al mismo tiempo, la demanda de electricidad se dispara cuando millones de aparatos de aire acondicionado funcionan a máxima potencia”, explica Rahman.
Las olas de calor también suponen un lastre económico, ya que reducen la productividad. Esto es especialmente cierto en sectores predominantemente al aire libre, como la construcción, y en industrias exigentes físicamente, como la manufacturera. Se estima que esto provoca una reducción de la producción del 8-22 %, lo que costará a la economía mundial 2,5 billones de USD al año para 2030.
Adaptación de las ciudades al calor
Entonces, ¿cuál es la respuesta? “Adaptación”, responde Rahman. “Las ciudades deben planificar las olas de calor y educar a sus habitantes sobre cómo mantenerse a salvo durante el calor extremo. Las empresas deben adaptar sus edificios, infraestructuras y horarios de trabajo a temperaturas más altas. Puede resultar costoso, pero reacondicionar edificios y modernizar equipos no solo reducirá la demanda sobre las infraestructuras, sino que también protegerá a la plantilla.”
Muchas ciudades se están adaptando ya al calor extremo. Algunas tienen normativas que garantizan que los edificios se construyan con materiales que reflejen el calor y con un mayor aislamiento para optimizar el aire acondicionado. Otras plantan más vegetación, sustituyen el asfalto de los parques infantiles por materiales que absorban menos calor o introducen cubiertas frescas, lo que a menudo consiste simplemente en pintar un tejado de blanco para reflejar el calor.
Berlín, por ejemplo, aspira a convertirse en una ‘ciudad esponja’. Está sustituyendo las superficies duras por zonas verdes y superficies permeables al agua para combatir el efecto isla de calor urbana, al tiempo que refuerza su resiliencia frente a las inundaciones. Prevé introducir más árboles, humedales urbanos, aceras sombreadas, superficies de carretera resistentes al calor, edificios de colores claros que reflejen el calor y azoteas vivas cubiertas de musgo y hierba.
La preparación también es importante. Muchas de las ciudades de la India, como Ahmedabad, cuentan con un “Plan de Acción contra el Calor” que incorpora medidas de adaptación, una respuesta sanitaria, campañas de concienciación y normativas sobre los horarios de trabajo al aire libre, por ejemplo.
Tras la ola de calor de 2003, Francia puso en marcha un plan nacional contra las olas de calor que incluye previsión, alertas y educación, como recordar a la población que beba agua y evite el ejercicio al aire libre. Puede movilizar rápidamente al país, desde las escuelas hasta las farmacias locales, para responder, por ejemplo, garantizando que las residencias de mayores dispongan de una “sala fresca” para los residentes.
Pero no todas las ciudades están tomando las medidas adecuadas. En una encuesta de 2021 realizada a 812 ciudades de todo el mundo por el Carbon Disclose Project, se constató que el 43 % de las ciudades no tiene un plan de adaptación para hacer frente al riesgo climático. Una de cada cuatro ciudades señala las restricciones presupuestarias como un obstáculo para la adaptación.
Uno de los retos es que, a diferencia de la acción sobre las emisiones, los beneficios de la adaptación y la resiliencia no generan un retorno inmediato, como sí ocurre con la inversión en energías renovables, por ejemplo los paneles solares. Aunque incluso los proyectos de eficiencia energética pueden generar ahorros rápidamente.
¿Qué hay en un nombre?
Pero uno de los mayores retos sigue siendo la concienciación. “Las olas de calor son riesgos naturales muy peligrosos, pero rara vez reciben la atención adecuada, ya que su número de víctimas mortales y su destrucción no siempre son inmediatamente evidentes”, afirma Belinda Bates, Directora Senior de Servicios de Resiliencia ante el Cambio Climático.
“Ponemos nombre a los huracanes y tifones para comunicar su peligrosidad y gravedad. En algunas partes del mundo, como California, la gente se prepara para el próximo gran terremoto. Pero no tenemos el mismo nivel de concienciación y preparación ante las olas de calor. Eso tiene que cambiar”, añade Bates.
Para el oeste de Sídney se avecinan decisiones importantes a medida que las temperaturas siguen subiendo. Desde invertir en adaptación y preparación hasta incluso poner nombre a las olas de calor o introducir una calificación del riesgo de calor y un sistema de alerta, como ha hecho Australia con los incendios forestales.
Pero hay que tomar medidas radicales y urgentes. De lo contrario, el oeste de Sídney, junto con cientos de otros lugares del mundo, podría volverse indeseable y potencialmente inhabitable.








