Según los expertos, los árboles que tienen más de 100 años han sido testigos de enormes cambios en el nivel de CO₂ de la atmósfera.
La cifra ha cambiado drásticamente: de 280 partes por millón hace 175 años a 415 ppm en la actualidad, y sigue aumentando rápidamente.
Medir cómo afecta esto a esos árboles, incluido su crecimiento, peso y composición química, puede ayudarnos a entender su papel en la mitigación del cambio climático.
Gracias a la energía de la luz solar, los bosques transforman enormes cantidades de carbono del aire en alimento: azúcares para sí mismos y hojas, corteza y raíces que alimentan a animales y microbios. La respiración, que tiene lugar en las células de todos los seres vivos del bosque, libera energía de ese alimento y devuelve dióxido de carbono (CO₂) al aire.
A medida que aumenta la cantidad de carbono en la atmósfera, este ciclo de comer y ser comido se intensifica para mantener el ritmo. Desde el punto de vista metabólico, los árboles están corriendo para quedarse en el mismo sitio. A lo largo de todo este ciclo, los bosques retienen la mayor parte del 33 % de las emisiones causadas por el ser humano que se extraen de la atmósfera y pasan a la tierra cada año.
Yo (Rob) trabajo en un bosque lleno de hermosos robles de 175 años. Cuando estos árboles eran plantones, los niveles globales de CO₂ rondaban las 280 partes por millón (ppm). Ahora, las concentraciones atmosféricas globales superan las 415 ppm y siguen aumentando rápidamente. Si estos robles llegan a los 200 años (no es una edad avanzada para un roble), estarán rodeados de aire con alrededor de 550 ppm de CO₂. ¿Podrán los bosques maduros del mundo soportar estas condiciones cambiantes y seguir compensando parte de nuestras emisiones derivadas de la quema de combustibles fósiles?
Cuentas corrientes de carbono
Para averiguarlo, mis colegas y yo, del Instituto de Investigación Forestal de la Universidad de Birmingham, utilizamos una instalación de enriquecimiento de CO₂ al aire libre. Imagina un parque jurásico sin dinosaurios, con 102 torres de 25 metros de altura que tratan parcelas del bosque con aire enriquecido con CO₂ para reproducir la atmósfera de mediados de siglo: 565 ppm, 150 ppm por encima de los niveles actuales. Después medimos todo lo que podemos: el grosor de los troncos, el tamaño, el peso y la composición química de las hojas, la estructura ramificada de las raíces y mucho, mucho más. Así registramos los cambios en la producción de materia del bosque y en su salud.
Ya tenemos los primeros resultados. En el dosel, las tasas de fotosíntesis son hasta un tercio más altas en los días soleados de verano en las parcelas ricas en CO₂. A lo largo de una temporada de crecimiento, el aumento es de aproximadamente una quinta parte. Son cifras importantes: imagina que tus ingresos anuales aumentaran una quinta parte. La fotosíntesis es el ingreso de carbono del bosque.
Desde que comenzamos este experimento en 2017, las parcelas del bosque expuestas a más CO₂ parecen saludables y productivas. Quizá no sorprenda. Al fin y al cabo, a las plantas les gusta tanto el CO₂ que los agricultores lo añaden a los invernaderos para potenciar el crecimiento de frutas y verduras.
Pero los bosques no reciben cuidados. Tienen que valerse por sí mismos y obtener, junto con sus socios fúngicos, todos los nutrientes que necesitan para equilibrar cualquier exceso de CO₂ procedente de la tierra donde crecen. Un exceso de CO₂ convertido en azúcar mediante la fotosíntesis puede ser demasiado de algo bueno, como un desequilibrio en nuestra dieta.
Pensemos en los bosques como cuentas corrientes de carbono: reciben carbono mediante la fotosíntesis y lo gastan en la respiración que aporta la energía necesaria para mantener vivos a todos los organismos del bosque. En un bosque sano y productivo, al final de cada año entra en la cuenta corriente un poco más de lo que sale.
Las cuentas corrientes de carbono de los bosques pueden retener carbono durante décadas y, en ocasiones, siglos, en la madera en pie, las raíces y el suelo, lo que nos ayuda a superar el pico de CO₂ atmosférico del siglo XXI: una crisis de flujo de efectivo de carbono causada por la quema de combustibles fósiles y la deforestación.
Los bosques bien gestionados pueden producir madera y combustible al tiempo que reducen el carbono en la atmósfera. Pero también hacen falta cuentas de ahorro de carbono que lo almacenen durante milenios, por ejemplo, bombeándolo a depósitos en las profundidades del subsuelo.
Las personas y los árboles
Los modelos científicos han estimado cuántos árboles habría que plantar o cuánta reforestación se necesita para compensar el aumento del CO₂ en la atmósfera. Como sucede con la mayoría de los intentos de llevar la teoría a la práctica, la experiencia real de hacerlo suele ser muy complicada.
La financiación de las campañas de reforestación y los incentivos para plantar árboles determinarán dónde se plantan y qué tipos de árboles se eligen. La forma en que se gobierne finalmente la tierra también decidirá cuánto tiempo sobreviven los árboles nuevos. Los esfuerzos internacionales por aumentar la cubierta arbórea del planeta muestran lo difícil que puede ser superar estos obstáculos.
Un estudio reciente realizado en el norte de la India concluyó que décadas de costosos programas de plantación de árboles no habían aumentado la cubierta total del dosel. Además, las zonas plantadas no ofrecían grandes beneficios a la población local, como nuevos alimentos o leña. Esto se debía a que no se podían plantar árboles nuevos en las tierras agrícolas cercanas, por lo que se añadieron a zonas que ya tenían cierta cubierta arbórea, reduciendo el ahorro potencial de carbono de toda la iniciativa. Los silvicultores locales también estaban más preocupados por cumplir los objetivos de plantación que por cuidar los tipos de bosques y árboles que valoraba la población local.
La tierra nunca es solo una cuestión de carbono. Los árboles y los bosques configuran los microclimas y los ciclos del agua, sustentan la biodiversidad y proporcionan alimentos, materiales de construcción y medicinas a la población local. También tienen distintos valores culturales y espirituales según el lugar del mundo. Los bosques suelen estar enclavados en paisajes destinados a todo tipo de usos, como granjas, pueblos y ciudades.
Cada persona tiene distintas preferencias sobre el aspecto que deberían tener los paisajes, y qué visión prevalece depende de las relaciones de poder. En 2014, unos investigadores que trabajaban en Uganda describieron lo que llamaron colonialismo del carbono: las plantaciones creadas para compensar las emisiones de gases de efecto invernadero destruyeron cultivos y lugares de enterramiento de la población local y condenaron a quienes fueron acusados de entrar sin permiso en terrenos que antes eran públicos. Este es solo uno de los muchos ejemplos de cómo la plantación de árboles, por bienintencionada que sea, puede arruinar vidas.
El uso de árboles como herramienta se vuelve injusto cuando exige a la población rural más pobre que comprometa sus medios de vida para que las personas o naciones más ricas puedan seguir consumiendo combustibles fósiles. En vez de preguntarnos si los árboles pueden ayudar a abordar la crisis climática, quizá deberíamos preguntarnos hasta qué punto debería realmente depender el mundo de los árboles como solución climática.
Hay mucho que aprender de las iniciativas que han logrado aumentar la cubierta arbórea y ofrecer beneficios a la población local, como nuevas fuentes de ingresos. A menudo, estas iniciativas tienen éxito porque toman en serio las necesidades y los valores locales. La población local e indígena lidera este proceso; no queda relegada a un segundo plano. En definitiva, la reforestación tendrá éxito si beneficia a las personas, además de al planeta.







