Por qué la biodiversidad es tan crucial para proteger nuestro planeta

Aerial view of a river in Peru's Amazon region of Loreto, September 29, 2014. REUTERS/Enrique Castro-Mendivil (PERU - Tags: ENVIRONMENT TPX IMAGES OF THE DAY)
There are an estimate 9 million species on Earth.Image: REUTERS/Enrique Castro-Mendivil
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Un niño pequeño tira con entusiasmo de su caña de pescar. El sedal sale disparado y un pez con espinas afiladas como agujas le golpea en el ojo. Desesperado por seguir al aire libre, ignora el dolor, pero su vista empeora durante los meses siguientes. Sigue cultivando su amor por la naturaleza, pero, ahora ciego de un ojo, se limita a estudiar criaturas fáciles de ver: los insectos. Con el tiempo se convierte en la máxima autoridad mundial en hormigas y, en sus últimos años, recibe el sobrenombre de «padre de la biodiversidad».

El hombre es E. O. Wilson, el eminente biólogo estadounidense. En su libro La diversidad de la vida (1992), describió la biodiversidad como un conjunto que «ha soportado las tormentas, las ha incorporado a sus genes y ha creado el mundo que nos creó. Mantiene el mundo en equilibrio». Solemos imaginar la biodiversidad como un paisaje de junglas rebosantes de vida y arrecifes de coral, cuya destrucción se manifiesta en la tala de bosques y la extinción de especies. Sin embargo, estas imágenes no reflejan toda la importancia del equilibrio que describió Wilson. La biodiversidad no es solo la abundancia de vida en la Tierra. Es, más bien, lo que mantiene la resiliencia y la flexibilidad del medio ambiente en su conjunto, para que la vida pueda capear las inevitables «tormentas».

El Convenio sobre la Diversidad Biológica, de alcance mundial, define su objeto como la variabilidad entre los organismos vivos en tres niveles distintos: dentro de las especies, entre especies y en los ecosistemas. La primera diversidad, «dentro de las especies», se refiere al nivel de los genes. Una especie está formada por individuos. Por ejemplo, se calcula que las aproximadamente 10.000 especies de hormigas comprenden la asombrosa cifra de 10 elevado a 15 individuos. (¡Es un 1 seguido de 15 ceros!) Salvo la rara excepción de los gemelos, cada individuo tiene una combinación única de genes. Si destruimos la mitad de las hormigas de cada especie, seguirán existiendo 10.000 tipos de hormigas, pero habremos perdido el 50 % de la diversidad genética de cada especie. En la historia reciente, muchas especies han quedado reducidas a poblaciones mucho menores. Antes de la llegada de Colón, 25 millones de bisontes recorrían las llanuras de América del Norte, pero a finales de la década de 1880 quedaban menos de 100 en estado silvestre. Aunque desde entonces las medidas de conservación han elevado la población de bisontes a cientos de miles, la diversidad genética perdida nunca podrá recuperarse.

Podemos entender el valor de la diversidad genética mediante ejemplos de nuestra propia especie. Los seres humanos tienen distintos alelos o variantes genéticas para el color de los ojos, el rizado del cabello, el tono muscular y otras características. Estos alelos pueden ser ventajosos en un entorno, pero no en otro. En los climas nublados del norte, la piel clara favorece una mayor absorción de vitamina D, pero en las regiones soleadas es una desventaja, pues hace que las personas sean más propensas a las quemaduras solares y al cáncer de piel. Almacenar grasa de manera eficiente aumenta las probabilidades de sobrevivir en una isla donde el suministro de alimentos es imprevisible, pero puede acelerar la aparición de diabetes tipo 2 si se sigue una dieta occidental rica en azúcar. Una amplia diversidad genética nos ofrece más opciones ante los rápidos cambios ambientales, ya se deban a las condiciones climáticas, a una nueva enfermedad o a una especie invasora.

La segunda capa es la diversidad «entre especies». Esta es la definición de biodiversidad que más conocemos: la extraordinaria variedad de animales, plantas y microorganismos del mundo. Según un informe, de los 9 millones o más de especies que se calcula que existen en la Tierra, hemos descrito alrededor de 1,2 millones. Conocemos bien las plantas, las aves y los mamíferos. En cambio, una exploración de las profundidades marinas puede revelar que cerca del 90 % de las especies son desconocidas. Las especies no se distribuyen de manera uniforme por el mundo. Hay varias hipótesis sobre las causas de esta tendencia, pero el patrón está claro: la riqueza de especies aumenta desde los polos hacia el ecuador.

Por último, tenemos la «diversidad de los ecosistemas». Las especies interactúan entre sí y con la luz solar, el aire, el suelo y el agua para formar ecosistemas. Desde la tundra ártica hasta la selva tropical, y desde los estuarios hasta las zonas abisales de las profundidades marinas, la Tierra alberga una gran variedad de ecosistemas. Delimitar estas zonas no siempre es sencillo. Un ecosistema puede ser tan grande como la Gran Barrera de Coral o tan pequeño como la comunidad de esponjas, algas y gusanos que vive en el caparazón de un cangrejo araña. Aunque hay una división clara entre un bosque costero y el mar que se extiende a sus pies, no existe un punto definido en el que termine un bosque y empiece una sabana.

Image: REUTERS/David Gray/foto de archivo

Las especies de un ecosistema compiten entre sí por recursos como la luz y los alimentos, pero también dependen unas de otras. El 87 % de las plantas con flores del mundo son polinizadas por animales, y los arrecifes de coral ofrecen refugio al 25 % de la vida marina. Las bacterias reciclan la materia muerta y la convierten en nitratos, los únicos compuestos a partir de los cuales las plantas pueden producir proteínas. Los ecosistemas brindan «servicios» que sustentan la vida tanto dentro como fuera de ellos. Los seres humanos no podríamos vivir sin estos servicios, entre los que se cuentan el aire limpio, el agua potable, la descomposición de residuos y la polinización de las plantas que nos proporcionan alimentos.

Un fenómeno natural fascinante es que, en cualquier ecosistema, unas pocas especies son muy numerosas, mientras que la mayoría son bastante escasas. Es decir, las especies comunes son raras y las especies raras son comunes. Así como la diversidad genética confiere a las especies resiliencia ante los cambios ambientales, la diversidad de especies aumenta la resiliencia de los ecosistemas. Por ejemplo, en los ecosistemas de agua dulce del este de Pensilvania se encuentra una especie rara de levadura. En presencia de contaminación por mercurio, la levadura interrumpe la vía metabólica que lleva a la mayoría de las especies a sucumbir al envenenamiento. Almacena el mercurio en una vacuola y más tarde lo deposita en una superficie, como una roca. Durante ese tiempo, la levadura se vuelve muy abundante, pero el entorno tóxico reduce la abundancia de otras especies. Sin embargo, una vez que la levadura ha eliminado el mercurio, las condiciones ambientales dejan de favorecerla; su número disminuye y las poblaciones de otras especies se recuperan. En condiciones adecuadas, parece probable que cualquier especie rara pudiera aumentar su abundancia en un ecosistema. De este modo, la diversidad de un ecosistema podría reflejar lo ocurrido en su pasado ambiental e indicar su capacidad para adaptarse a cambios futuros.

La ironía es que la palabra «biodiversidad» se ha vuelto conocida sobre todo porque los seres humanos estamos destruyendo aquello a lo que se refiere. El término se utilizó por primera vez en el Consejo Nacional de Investigación de Estados Unidos en 1985, durante la convocatoria de un foro para abordar la preocupación por la pérdida de biodiversidad. Tras el evento, el filósofo Bryan Norton comparó la Tierra con un paciente cuya supervivencia depende de un aparato de soporte vital. El personal del hospital entra y anuncia que, para aumentar los ingresos del centro, venderá algunos componentes del aparato. «Tiene tantos cables y tornillos que no puede necesitarlos todos», le asegura despreocupadamente al paciente. ¿Te arriesgarías? La biodiversidad sustenta la vida tal como la conocemos. Es el mecanismo que nos mantiene en equilibrio.

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