Muchas gracias a todos por estar aquí.
Si tuviera que elegir una frase para describir la situación del mundo, diría que vivimos en un mundo en el que los desafíos globales están cada vez más integrados y las respuestas, cada vez más fragmentadas; si esto no se revierte, es una receta para el desastre.
Si observamos ahora la política mundial y las tensiones geopolíticas junto con la economía global y las megatendencias —el cambio climático, los desplazamientos de personas y la digitalización—, la verdad es que están cada vez más interrelacionadas e interfieren cada vez más unas con otras. Y, en efecto, los problemas son globales, pero las respuestas están fragmentadas.
En cuanto a la economía mundial, seguimos creciendo a un ritmo del PIB relativamente aceptable —el 3,1 % el año pasado—, pero la economía se está desacelerando; todo el mundo coincide en que se avecinan nubarrones y hay riesgos. Y, si analizamos esos riesgos, existe una verdadera interrelación entre ellos y todos los demás aspectos de las relaciones internacionales mundiales.
El primer riesgo probablemente sean las tensiones comerciales, que hoy son, en esencia, un problema político.
Un segundo riesgo, por supuesto, está relacionado con una deuda mucho mayor que durante la última crisis financiera, que limita la capacidad de responder a cualquier posible crisis emergente y también la capacidad de los Estados para ejecutar los proyectos necesarios para alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Pero, en cualquier caso, sigue siendo esencialmente una dimensión económica del problema.
Luego está la inestabilidad de los mercados financieros y, claramente, se trata de una cuestión de confianza, por lo que los acontecimientos políticos influyen en ella. Si observamos los cierres de la Administración y la saga del Brexit, se percibe que los sistemas políticos no saben exactamente qué hacer ante problemas con fuertes repercusiones económicas. Eso es un factor de falta de confianza, y la falta de confianza genera o aumenta la inestabilidad de los mercados.
Y luego está el riesgo climático, que, en mi opinión, es el riesgo sistémico más importante para el futuro próximo. Creo que estamos perdiendo la carrera. El cambio climático avanza más rápido que nosotros. Y nos enfrentamos a esta paradoja: la realidad está resultando peor de lo que habían previsto los científicos, como muestran todos los indicadores más recientes. Nos encaminamos de manera dramática hacia un cambio climático desbocado si no conseguimos detenerlo, y, al mismo tiempo, veo que la voluntad política se debilita. Esto ocurre cuando la tecnología está de nuestro lado y vemos que el sector empresarial está cada vez más dispuesto a responder positivamente y que la sociedad civil está cada vez más comprometida. Pero la voluntad política sigue siendo muy lenta; vemos muchos subsidios a los combustibles fósiles, una tarificación del carbono muy limitada y todavía hay muchos que ponen en duda que el cambio climático sea una amenaza. Sin embargo, a mi juicio, es la amenaza sistémica global más importante para la economía mundial.

Luego hay aspectos más complejos. Es cierto que la globalización, con todas sus fantásticas mejoras para el mundo, y el progreso tecnológico asociado a ella han aumentado la desigualdad entre países, especialmente dentro de ellos. Hay personas que se han quedado atrás —personas, sectores, regiones—, lo que ha generado frustración en los cinturones industriales en declive del mundo. Esto ha contribuido a reducir la confianza —la confianza en los gobiernos, en las élites políticas y en organizaciones internacionales como la nuestra— y también dificulta la adopción de estrategias eficaces para abordar los problemas económicos.
Y luego está el hecho de que el crecimiento ha sido desigual y de que tenemos varios países menos adelantados donde el crecimiento per cápita está estancado. Esto está generando brechas de desarrollo que contribuyen a la inestabilidad y a los conflictos, vinculados a otros riesgos —las violaciones de los derechos humanos y otros aspectos—. Así pues, este crecimiento desigual puede aumentar los conflictos, y los países que logran resolverlos siempre corren el riesgo de recaer en ellos.
Si observamos las megatendencias políticas, para mí está claro que asistimos a una multiplicación de los conflictos —cada vez más interrelacionados y cada vez más vinculados a la amenaza del terrorismo global—, pero, al mismo tiempo, la respuesta está cada vez más fragmentada.
Ya no vivimos en un mundo bipolar ni unipolar, pero todavía no estamos en un mundo multipolar. Nos encontramos en una especie de situación caótica de transición. Las relaciones entre polos se han vuelto confusas. La relación entre las tres potencias más importantes —Rusia, Estados Unidos y China— nunca había sido tan disfuncional como hoy. Esto es cierto en el ámbito económico, pero también se refleja en la parálisis del Consejo de Seguridad en muchos aspectos muy importantes.
Vemos surgir potencias medianas que empiezan a tener mucha influencia en distintos escenarios. Es imposible analizar lo ocurrido en Siria sin reconocer el papel de Turquía, Irán y Arabia Saudita. Lo mismo puede decirse de otros conflictos en todo el mundo.
Así que las relaciones de poder se están volviendo confusas. Las acciones se fragmentan. Prevalecen la impunidad y la imprevisibilidad. Y cuando se dice —y es cierto— que probablemente nos encaminamos hacia un mundo multipolar, la multipolaridad puede ser un factor de equilibrio, pero no necesariamente de paz y seguridad. Antes de la Primera Guerra Mundial, Europa era multipolar; pero, al no existir mecanismos multilaterales de cooperación y gobernanza, estalló la Primera Guerra Mundial. Por eso es tan importante reconocer la importancia de los mecanismos multilaterales.
Y si repasamos las megatendencias que mencioné —el cambio climático, los desplazamientos de personas, que hoy se convierten en un problema político, o las cuestiones relacionadas con su utilización—, veríamos que en todas ellas hay cada vez más vínculos entre política, economía, tecnología y movilidad; todas estas situaciones están cada vez más interrelacionadas, y la comunidad internacional tiene enormes dificultades para responder de manera global, tanto a nivel nacional como mundial.
Y esto nos lleva al centro del debate de hoy. Soy multilateralista. Estoy profundamente convencido de que no hay otra manera de hacer frente a los desafíos globales que mediante respuestas globales organizadas de forma multilateral. Pero creo que no basta con decirlo. Tampoco basta con vilipendiar a quienes discrepan y considerarlos nacionalistas, populistas o lo que sea.
Creo que debemos comprender los agravios y las razones —las causas profundas— por las que amplios sectores de la población en distintas partes del mundo discrepan hoy de nosotros. Debemos abordar esas causas profundas y demostrar a esas personas que nos preocupamos por ellas.
El problema es que, en gran medida y durante largos períodos, las élites políticas y las organizaciones internacionales permitieron que estas personas quedaran rezagadas en los cinturones industriales en declive del mundo, como ya mencioné, y no les demostraron que les importaban. Y la gente podría pensar: «Ah, los políticos solo se ocupan de sus propios intereses, de las elecciones y de lo que sea, mientras nosotros seguimos aquí. Estamos abandonados, no vemos futuro, hemos perdido nuestros empleos y no podemos reconstruir nuestras vidas. Nos sentimos inseguros por todo lo que ha ocurrido».
Debemos poder atender las preocupaciones de estas personas, hablar con ellas y actuar en consecuencia. Para ello, creo que necesitamos un multilateralismo que esté conectado en red y nos permita abordar desafíos complejos. Es muy importante que el mundo coopere estrechamente, como lo hace hoy con el Banco Mundial y el FMI, pero también con otras organizaciones, como la Organización Mundial del Comercio. Debemos trabajar juntos. No hay manera de responder por separado a los problemas que afrontamos. Todos están interrelacionados y necesitamos un multilateralismo inclusivo. Un multilateralismo en el que no solo formen parte del sistema los Estados, sino también, cada vez más, el sector empresarial, la sociedad civil y el mundo académico; todos deben participar en el análisis de los problemas, la definición de estrategias y políticas y, luego, su aplicación.
Los gobiernos y las organizaciones intergubernamentales no pueden afrontar por sí solos el cambio climático, las repercusiones de la Cuarta Revolución Industrial ni la migración. Necesitamos cada vez más un multilateralismo capaz de incorporar también la contribución de todos estos otros sectores, y creo que el Foro Económico Mundial tiene un papel absolutamente vital que desempeñar.
Y si me preguntan cuáles son mis prioridades en este momento, señalaría tres.
Primero, demostrar a todos aquellos que hoy no están a favor del multilateralismo que nos preocupamos por ellos. Demostrar a quienes sienten que se han quedado atrás que nuestras ideas, políticas y programas buscan resolver sus problemas o ayudarles a resolverlos. Por eso procuramos concebir la Agenda 2030 en el mundo en desarrollo como un nuevo proceso inclusivo que no deje a nadie atrás. Para ello, obviamente, hace falta una amplia cooperación con el sector empresarial, los Estados miembros en general y la sociedad civil. Pero hay que hacer entender a la gente que no se trata de un debate abstracto sobre el desarrollo global. Está relacionado con sus preocupaciones sobre el futuro de sus empleos y de sus comunidades; y esto es aún más importante cuando conocemos las repercusiones de la Cuarta Revolución Industrial.
La segunda preocupación: decirle claramente a la gente: miren, entendemos que, para ustedes, tenemos problemas de burocracia y de ser demasiado rígidos. Tenemos que reformarnos y estamos haciéndolo. Hemos puesto en marcha un programa de reforma muy ambicioso y sólido, destinado a simplificar procedimientos y descentralizar. Acabo de enviar 200 cartas a 200 directivos para otorgarles facultades que nunca habían tenido en materia de gestión del personal, presupuesto, adquisiciones y otros aspectos, a fin de que tomen decisiones más cerca de las personas con las que trabajamos. Y luego están la transparencia y la rendición de cuentas, esenciales para demostrar a los contribuyentes que el dinero que gastan con nosotros se aprovecha bien.
Y el tercer aspecto que considero prioritario es demostrar el valor añadido de las Naciones Unidas.
En ese sentido, debo decir que creo que estamos haciendo cosas. Pensemos en diciembre del año pasado. Logramos reunir a la comunidad internacional en Katowice. Todos creían que sería un fracaso. No lo fue. Conseguimos aprobar el programa de trabajo del Acuerdo de París. Esto no resuelve el problema: necesitamos más ambición, más ambición y más mitigación. Eso no se resolvió allí, pero fue posible reunir a países que se encontraban en posiciones totalmente distintas y lograr que, al menos, acordaran las bases para avanzar.
Nadie creía que fuera posible alcanzar un acuerdo, un primer acuerdo en Yemen. Fue posible. Será muy difícil avanzar, pero estamos impulsando un impulso diplomático en favor de la paz y muchas otras situaciones han mejorado últimamente. La situación en Sudán del Sur parece mejor. Etiopía —y esto no es mérito nuestro, sino del primer ministro— ha dado un paso fantástico hacia adelante en sus relaciones con Eritrea.
Así que creo que el impulso diplomático en favor de la paz demuestra que estamos presentes, que hacemos lo necesario y que nadie puede sustituir a la ONU en esta labor.
Un segundo aspecto que quisiera destacar es que, en el ámbito humanitario, la ONU sigue representando más de la mitad de la ayuda humanitaria distribuida en todo el mundo. El año pasado ayudamos a 100 millones de personas en 40 países y movilizamos 15.000 millones de dólares estadounidenses. Creo que la labor de la ONU es absolutamente irremplazable y, si pensamos en el Programa Mundial de Alimentos, UNICEF y ACNUR, la tragedia de lo que ocurre en el mundo sería mucho mayor sin esta labor.
Creo que nuestro valor añadido está demostrado, pero está claro que debemos acelerar el ritmo en 2019. Acelerar la acción frente al cambio climático: celebraremos una cumbre en la que queremos más ambición en materia de mitigación, adaptación, financiación e innovación, y hacer entender a los gobiernos que no están haciendo lo suficiente, además de movilizar al máximo al sector empresarial y a la sociedad civil. También debemos acelerar la acción en relación con las perspectivas de la Agenda 2030 —los Objetivos de Desarrollo Sostenible— y crear las condiciones para movilizar al sector empresarial y a la sociedad civil.
Porque, obviamente, los gobiernos no pueden hacerlo solos, y esta es la cuestión central de este multilateralismo inclusivo: reconocer, les guste o no a las personas, que hoy la capacidad de los gobiernos para configurar las sociedades y resolver problemas es mucho más limitada. Si queremos un verdadero sistema multilateral, por supuesto necesitamos una perspectiva intergubernamental; pero debemos asegurarnos de incorporar a este sistema multilateral la voz y la influencia del sector empresarial, la sociedad civil, la comunidad científica y todos los demás actores esenciales para abordar juntos los problemas tan graves que afrontamos.
A continuación, el secretario general de la ONU respondió a las preguntas de Børge Brende, presidente del Foro Económico Mundial.

¿Vivimos en un mundo multipolar?
Todavía no. Quizá tengamos una configuración como la del G20 y también las tres potencias: Rusia, China y Estados Unidos. Usted lo mencionó, pero, además, el mundo multipolar va perdiendo fuerza cada vez más, porque también vemos que otros países son más asertivos que antes y, si hay un vacío, alguien intentará llenarlo. Tenemos esta noción de un mundo multipolar conceptual. Eso añade complicaciones, porque también suscita preguntas sobre los derechos humanos y —a pesar de los acuerdos alcanzados en la ONU— el orden mundial basado en normas. Cuando se habla de derechos humanos, de género y del derecho de las niñas a la educación en el mundo —cuestiones cruciales—, algunos dicen: «Ah, esos son valores occidentales». Pero son valores verdaderamente universales.
¿Podemos hacer más para protegerlos? ¿Le preocupa que estos valores estén bajo presión?
Creo que varía. Pero está claro que, en general, podemos decir que hemos visto —probablemente porque los gobiernos se sienten más débiles a la hora de resolver los problemas que afrontan— cómo la agenda de soberanía nacional ha ganado terreno frente a la agenda de derechos humanos en varias partes del mundo. También está claro que en varias regiones se reduce el espacio de la sociedad civil. La libertad de los medios de comunicación se ve afectada negativamente. Y vemos expresiones de autoritarismo o esa nueva y fantástica expresión que se inventó: «democracia iliberal». Está claro. La agenda de derechos humanos atraviesa dificultades y debemos movilizar a la comunidad internacional —y, una vez más, la sociedad civil tiene un papel clave— para proteger los derechos humanos.
En cuanto al género, la situación es distinta, pues creo que estamos presenciando un movimiento gigantesco por la igualdad de género que surge desde la base, desde la sociedad. Muchos gobiernos avanzan claramente en esa dirección. En la ONU estamos plenamente comprometidos. Hemos alcanzado la paridad de género en el grupo directivo superior y entre nuestros jefes de equipo en todo el mundo. Es cierto que son personas a las que nombro directamente, así que es más fácil lograr la paridad; pero incluso en el sistema ya contamos con una hoja de ruta acordada con los Estados miembros para alcanzar la paridad de género plena en 2028.
Y veo que en muchos otros países se hacen grandes esfuerzos para llevar a las niñas a la escuela, combatir la mutilación genital y luchar contra el matrimonio infantil. Están ocurriendo muchas cosas, pero no son suficientes. En general, diría que la situación de los derechos humanos es peor que la que vemos en materia de género, donde ahora observo algunos avances. En algunos ámbitos estamos retrocediendo; en otros, avanzamos algo, y espero que también avancemos en materia de género. Por supuesto, queda mucho por hacer. Este es un mundo dominado por los hombres y una cultura dominada por los hombres; se trata esencialmente de una cuestión de poder, y sabemos que siempre es difícil que el poder se ceda. Por lo general, hay que tomarlo.
Señor secretario general, también mencionó la importancia de la colaboración entre los gobiernos, las empresas y la sociedad civil. Creo que nuestra colaboración entre la ONU y el Foro Económico Mundial aquí es muy importante y, como usted dijo, los gobiernos ya no pueden hacerlo todo solos.
También hay que movilizar al sector privado: representa el 75 % del PIB mundial. De cara al futuro, creo que la colaboración con las empresas —y aquí están algunos de los principales directores ejecutivos del mundo— es crucial para combatir el cambio climático, pero también para alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible y erradicar toda la pobreza extrema para 2030; no vamos por buen camino en este sentido.
¿Cuál sería entonces su desafío o su invitación al sector empresarial para los próximos años?
Creo que debemos actuar juntos en varios frentes. Por ejemplo, he hablado con muchas instituciones financieras sobre la necesidad de apoyar las inversiones en numerosos países en desarrollo, y la respuesta suele referirse a problemas de gobernanza, corrupción y otras cuestiones. Por eso, uno de los objetivos se refiere precisamente a la gobernanza y a mejorar la capacidad de los Estados miembros —especialmente los menos adelantados— para atraer inversiones privadas y mantener relaciones normales con ellas en el funcionamiento de sus economías. Debemos colaborar con los Estados miembros para crear las condiciones de una gobernanza adecuada y de una relación con el sector privado basada en normas. Tenemos que movilizar al sector privado para que invierta en esos países.
Y, trabajando con los gobiernos, las entidades de ayuda y el sistema financiero, debemos encontrar nuevos instrumentos o aumentar el impacto de los instrumentos existentes para reducir los riesgos de invertir en muchos de estos países. Como saben, se está haciendo mucho en materia de seguros y se ha avanzado mucho en distintas formas de financiación. Ahora tenemos bonos verdes y bonos sociales. Hace falta hacer mucho para combinar estos elementos: un entorno propicio en los países menos adelantados, el compromiso del sector privado de invertir y la creación de diversos instrumentos para reducir los riesgos de esas inversiones, a fin de abordar las enormes brechas de desarrollo que existen en una gran parte de los países menos adelantados.
Ahora se producen avances en ámbitos como la inteligencia artificial, el Internet de las cosas y los drones a un ritmo sin precedentes. Y saben que el Foro Económico Mundial trabaja en la Cuarta Revolución Industrial. Esta mañana estuve con líderes africanos que decían: «Nos quedamos atrás en la primera, la segunda y la tercera Revolución Industrial, pero no pensamos quedarnos atrás en la cuarta. Tendremos que dar un salto». También vemos una gran competencia tecnológica entre las grandes naciones y sabemos que, en una economía de plataformas, quien gana suele quedarse con todo. ¿Cómo ve el papel constructivo que puede desempeñar la ONU para que esta Cuarta Revolución Industrial también sea inclusiva y beneficie a toda la población mundial?
Veo tres ámbitos de acción.
Primero, las repercusiones de la Cuarta Revolución Industrial, probablemente liderada por la inteligencia artificial, en las economías y las sociedades serán enormes. Se destruirán muchísimos empleos y se crearán muchísimos otros. El problema es que no serán los mismos empleos ni exigirán las mismas competencias. Creo que el Foro Económico Mundial ha hecho mucho por sensibilizar y encontrar soluciones, pero seamos claros: debemos movilizar mucho más a los gobiernos, al sector empresarial y a la sociedad civil para comprender qué repercusiones habrá en la próxima década y qué medidas debemos empezar a tomar ahora para responder. En los sistemas educativos ya no importa tanto cuánto se aprende ni cuántas cosas se aprenden. Lo que importa es aprender a aprender, porque a lo largo de la vida se harán cosas completamente distintas. También está la cuestión de las redes de protección: una nueva generación de redes de protección. Creo que la ONU puede servir de plataforma para debatir mucho sobre estos temas con el sector empresarial y los gobiernos, en el marco de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, a fin de abordar las enormes repercusiones que la Cuarta Revolución Industrial tendrá en las sociedades y las economías, y prevenir en lugar de reaccionar. Y, por supuesto, cambiará el concepto de trabajo. Cambiará la relación entre el tiempo de trabajo, el ocio y otras ocupaciones. Son cuestiones que debemos debatir mucho más en la comunidad internacional y para las que debemos prepararnos.
Luego hay un segundo nivel, en el que estamos ahora muy implicados con el panel de alto nivel sobre cooperación digital. Cuando observo la web, queda claro que es un instrumento fantástico para todos nosotros. Está claro que tenemos la web oscura y la web profunda, y todos los problemas de ciberseguridad, etc. Y la cuestión de la regulación es muy compleja en este contexto. Me parece que no hay forma de recurrir a los mecanismos tradicionales de regulación intergubernamental mediante convenciones que se aprueban y luego organismos que... no. Creo que esta es una situación en la que necesitamos mecanismos flexibles. Necesitamos reunir a todas las partes interesadas —los gobiernos, la comunidad empresarial, la comunidad científica y la sociedad civil— y crear mecanismos que permitan un seguimiento permanente de lo que ocurre; alcanzar un consenso para crear ciertas normas y protocolos, pero sin formas rígidas de burocracia regulatoria; y generar así cada vez más potencial para que la web sea un instrumento para el bien, teniendo en cuenta al mismo tiempo que algunos gobiernos también utilizan la web para violar los derechos humanos, etc. Por tanto, me queda claro que este proceso no puede ser únicamente intergubernamental.
Y luego creo que hay una tercera área de gran interés para nosotros, vinculada con aspectos de seguridad de la inteligencia artificial: el uso de la inteligencia artificial como arma. Hoy, por ejemplo, existe un acuerdo general según el cual el derecho internacional se aplica al ciberespacio. Pero no hay acuerdo sobre cómo se aplica el derecho internacional humanitario a la dimensión cibernética de los conflictos. Tampoco hay acuerdo sobre qué significa la legítima defensa en caso de ciberataques. Por otro lado, estamos presenciando la aparición de sistemas de armas autónomas, capaces de decidir sobre los objetivos y sobre la vida de las personas, sin intervención humana alguna, en situaciones en las que existe riesgo de escalada y no hay rendición de cuentas. Cómo abordar estas situaciones es un tema cuyo debate apenas comienza; hay grandes diferencias de opinión, pero estos son los ámbitos en los que seguimos necesitando el derecho internacional y, en cierto modo, el papel de las Naciones Unidas —en particular, el de la Segunda Comisión de la Asamblea General— es vital. Necesitamos alcanzar un consenso mínimo en el mundo sobre cómo integrar estas nuevas tecnologías en las leyes de la guerra, definidas hace décadas en un contexto completamente distinto.

Pero si pensamos en el año que viene, ¿cuáles son sus aspiraciones?
Sopla un viento de esperanza —y creo que Etiopía fue crucial para que soplara— en relación con la dramática situación de conflicto que vivimos en muchas partes del mundo. Mi intención es intensificar nuestro impulso diplomático en favor de la paz y reforzar nuestras alianzas con organizaciones regionales. Es el caso de la Unión Africana, de las regiones de África y de otras partes del mundo. Y hacer todo lo posible para encauzar hacia un proceso político serio varias situaciones en las que hasta ahora no ha sido posible iniciar uno. Países como la República Centroafricana, Sudán del Sur, Yemen, Libia y Siria, con todas sus complejidades, son lugares en los que nos gustaría lograr grandes avances el próximo año.
También hay situaciones que dejan claro lo que decía sobre cómo todo está interrelacionado y que requieren formas innovadoras de abordarlas. En el Sahel hay conflictos, terrorismo y un cambio climático que tiene un impacto dramático; hay enormes problemas derivados de la falta de desarrollo y graves problemas de gobernanza. Se trata de toda una región en la que se combinan todos estos problemas de gran magnitud. Por eso necesitamos este tipo de multilateralismo en red, que permita abordar todo al mismo tiempo y sea inclusivo. Esta región demuestra que los sistemas que tenemos aún están fragmentados y no son capaces de responder a los problemas que tendremos cada vez más en el futuro, cuando todo está interconectado y todas las respuestas deben ser integrales.





