Mientras miles de incendios azotan la Amazonía, los titulares de la prensa mundial han puesto el foco en la deforestación ilegal asociada y en la indignación internacional. Sin embargo, la categorización implícita de todos estos incendios como «incendios forestales» o, simplemente, como fuegos «malos» oculta el hecho de que el fuego también se utiliza de forma sostenible en la región. De hecho, para numerosos pequeños agricultores y pueblos indígenas, forma parte de su medio de vida y de sus prácticas culturales.
La Amazonía no es un bloque continuo de exuberante selva tropical, como se imagina en Occidente, sino un paisaje formado por múltiples ecosistemas, que incluyen bosques, humedales y sabanas. Las comunidades indígenas y locales utilizan el fuego en estos hábitats de diferentes maneras.
Por ejemplo, el fuego se emplea en la agricultura forestal rotativa a pequeña escala, en la que suelen talarse, quemarse y plantarse durante varios años parcelas de medio hectárea, antes de dejarlas regenerarse. Y en la sabana, propensa a los incendios, los pueblos indígenas usan el fuego para acorralar y capturar presas como el venado o el pecarí, un animal parecido al cerdo.
La clave de la gestión tradicional del fuego es la quema de pequeñas áreas en diferentes momentos a lo largo de toda la estación seca, lo que produce un mosaico de parches quemados y no quemados en todo el paisaje. Esto reduce la carga de combustible, introduce cortafuegos naturales y limita el potencial de incendios catastróficos.
Para muchos grupos indígenas de la Amazonía, todo su modo de vida se basa en el uso sostenible del fuego. Por ejemplo, el pueblo Mebêngokrê (Kayapó), que vive en una región remota de la Amazonía brasileña, usa el fuego para cazar tortugas. El fuego se utiliza para despejar las altas hierbas de la sabana, lo que hace que las madrigueras de las tortugas sean más visibles y accesibles. Cacerías como esta forman parte de festividades tradicionales prolongadas con implicaciones para los procesos sociales que incluyen el cortejo, la cohesión comunitaria, la iniciación de los jóvenes y la transmisión intergeneracional de conocimientos.

Los wapishana y makushi, en la vecina Guyana, usan el fuego para obtener recursos, como quemar las orillas de los pantanos antes de cortar las hojas de palma, ahumar las abejas antes de recoger la miel y estimular la fructificación de ciertos árboles, además de emplear el fuego para proteger zonas importantes, como los bosques sagrados, las parcelas agrícolas y las viviendas. Para todos estos grupos, el fuego vincula íntimamente los medios de vida, la cultura, la historia y las creencias.
El discurso contra el fuego
La gestión indígena tiene un impacto más amplio: las pruebas de varios estudios satelitales indican que las tierras indígenas presentan menos deforestación y conversión del hábitat en comparación con las zonas circundantes. Esto significa que estas áreas son más biodiversas y almacenan más carbono.
Aun así, sigue existiendo un discurso generalizado contra el fuego que se dirige contra los pueblos indígenas y los pequeños agricultores de la Amazonía. En Venezuela, por ejemplo, a los pemón indígenas se les ha aplicado la expresión despectiva «Pemones los quemones» (traducida de forma burda como «Pemón, los pirómanos»), y en Brasil existe la noción de que las actividades de quema indígenas representan una mentalidad inherentemente destructiva. Esta retórica contra el fuego es ampliamente utilizada por grupos de interés de la Amazonía, como el poderoso lobby agroindustrial, para desacreditar a las comunidades indígenas y locales y como narrativas políticas que cuestionan los derechos sobre la tierra.

No ayuda que las imágenes satelitales que actualmente se utilizan para monitorear los incendios en la Amazonía tengan, por lo general, una resolución de 4 km x 4 km; es decir, solo pueden «ver» en bloques de cuatro kilómetros. Esto significa que no pueden distinguir entre pequeños incendios controlados, quizá del tamaño de un campo, pero lo bastante grandes como para activar el satélite, y incendios forestales mucho mayores.
Confundir los distintos tipos de incendios (pequeños, grandes, controlados, no controlados, intencionados, accidentales, sostenibles, insostenibles) plantea más problemas. Dificulta la comprensión de las causas profundas de los incendios forestales destructivos y facilita la formulación de políticas restrictivas que debilitan aún más a los grupos ya marginados, al tiempo que otorgan más poder y control a las jerarquías establecidas.
El cambio climático es una realidad para los grupos marginados de la Amazonía, donde la sequía provoca bosques más inflamables. En una región vasta, con infraestructuras, recursos y control sobre el terreno limitados, la lucha contra incendios por sí sola no es viable ni eficaz, hoy ni en el futuro.
En la cumbre del G7, un grupo de naciones ricas se comprometió a aportar 22 millones de dólares estadounidenses para aviones de extinción de incendios y apoyo militar con el fin de hacer frente a los incendios de la Amazonía. Pero se trata de un enfoque impuesto desde arriba, un parche provisional. Ese dinero podría invertirse mucho mejor en fortalecer los derechos territoriales de las comunidades indígenas y locales, mientras se apoya a las comunidades locales para que compartan sus conocimientos sobre el fuego con los responsables de la toma de decisiones con el fin de revalorizar e implementar una gestión tradicional del fuego basada en las realidades locales y en un clima cambiante.





