Un nuevo estudio realizado en los Países Bajos ha hallado una correlación entre el nivel de contaminación del aire y el número de casos de COVID-19.
Un aumento de 1 microgramo por metro cúbico en las concentraciones de partículas finas se relacionó con un incremento de hasta 15 casos de COVID-19, cuatro hospitalizaciones y tres muertes.
En las zonas rurales, el amoníaco producido por la ganadería intensiva podría ser un factor contribuyente de los focos de COVID-19.
El número de muertes por COVID-19 en todo el mundo ya ha superado medio millón. Para frenar la propagación de la enfermedad, necesitamos comprender mejor por qué algunos lugares registran más casos y muertes que otros.
Un factor que podría explicar en parte esto es la contaminación del aire. Las investigaciones han demostrado que la exposición prolongada a contaminantes como las partículas finas (a menudo denominadas PM2.5, ya que son partículas de menos de 2.5 micrómetros), el dióxido de nitrógeno (NO₂) y el dióxido de azufre (SO₂) pueden reducir la función pulmonar y provocar enfermedades respiratorias. También se ha demostrado que estos contaminantes provocan una respuesta inflamatoria persistente incluso en personas relativamente jóvenes y aumentar el riesgo de infección por virus que atacan el tracto respiratorio.
El patógeno que causa la COVID-19 –SARS-CoV-2– es uno de estos virus. Varios estudios ya han sugerido que la mala calidad del aire puede exponer a las personas a un mayor riesgo de contraer el virus, así como a un mayor riesgo de enfermedades graves y muerte. Un estudio realizado en EE. UU. reveló que incluso un pequeño aumento de 1 microgramo por metro cúbico en las concentraciones de PM2.5 se asocia con un aumento del 8% en la tasa de mortalidad por COVID-19. Nuestra nueva investigación analizó la relación entre los casos de COVID-19 y la exposición a la contaminación del aire en los Países Bajos, y concluyó que la cifra equivalente para ese país podría ser de hasta 16.6%.
El caso inusual de los Países Bajos
Tras analizar datos de 355 municipios neerlandeses, comprobamos que un aumento de 1 microgramo por metro cúbico en las concentraciones de partículas finas se relacionó con un incremento de hasta 15 casos de COVID-19, cuatro hospitalizaciones y tres muertes.
El primer caso confirmado de COVID-19 en los Países Bajos se produjo a finales de febrero y, a finales de junio, más de 50,000 casos se habían identificado. La propagación nacional de los casos de COVID-19 muestra un mayor número en las regiones del sureste.
Es inusual que estos focos de transmisión de la enfermedad se encuentren en regiones relativamente rurales, donde hay menos personas viviendo cerca unas de otras. Los medios neerlandeses ofrecieron una posible explicación. A finales de febrero y principios de marzo de cada año, en estas zonas se celebran carnavales que atraen a miles de personas a fiestas callejeras y desfiles; en 2020 no fue una excepción. ¿Explica eso la rápida propagación de la COVID-19 en la zona?
Si bien es probable que los carnavales hayan desempeñado un papel, el patrón de casos en estas regiones sugiere que otros factores pueden ser al menos igual de importantes.
Las provincias del sureste de Brabante Septentrional y Limburgo albergan más del 63% de los 12 millones de cerdos del país y el 42% de sus 101 millones de pollos. La producción ganadera intensiva genera grandes cantidades de amoníaco. Estas partículas suelen formar una proporción significativa de las partículas finas presentes en la contaminación del aire. Las concentraciones de este compuesto son más altas en las muestras de aire del sureste de los Países Bajos.
La correlación entre estos indicadores de contaminación del aire y los casos de COVID-19 es evidente, pero ¿se trata solo de una coincidencia?
Contaminantes asociados a la COVID-19
Nuestro análisis utilizó datos de COVID-19 hasta el 5 de junio de 2020, lo que abarca casi toda la trayectoria conocida de la epidemia neerlandesa. La relación que encontramos entre la contaminación y la COVID-19 persiste incluso después de controlar otros factores que contribuyen, como el carnaval, la edad, la salud, los ingresos, la densidad de población y otros.
Para contextualizar nuestros resultados, la concentración media anual más alta de partículas finas en un municipio neerlandés es de 12.3 microgramos por metro cúbico, mientras que la más baja es de 6.9. Si las concentraciones en el municipio más contaminado descendieran al nivel del menos contaminado, nuestros resultados sugieren que esto daría lugar a 82 casos de enfermedad menos, 24 hospitalizaciones menos y 19 muertes menos, únicamente como consecuencia del cambio en la contaminación.
La correlación que encontramos entre la exposición a la contaminación del aire y la COVID-19 no es simplemente el resultado de que los casos de enfermedad se concentren en grandes ciudades, donde la contaminación puede ser mayor. Al fin y al cabo, los focos de COVID-19 en los Países Bajos se encontraban en regiones relativamente rurales. Aun así, los datos a nivel regional solo pueden aportar hasta cierto punto. Dentro de las regiones, los niveles de contaminación y los casos de COVID-19 pueden variar considerablemente de un lugar a otro, lo que dificulta estimar con precisión la relación entre ambos.
Poder estudiar este vínculo entre personas concretas permitiría eliminar con mayor precisión la influencia de la edad y de las afecciones de salud. Pero mientras no se disponga de este tipo de datos, las pruebas de una relación entre la contaminación y la COVID-19 nunca podrán considerarse concluyentes.







