Se necesitan más de 200.000 millones de dólares al año para alcanzar los objetivos de inversión en adaptación y resiliencia en sectores como el agua, la energía, la agricultura y los sistemas de alerta temprana: el triple de la financiación actual.
Invertir en adaptación y resiliencia reduce la exposición a los riesgos climáticos y genera beneficios financieros para todas las partes interesadas.
La medición precisa y la monetización de la resiliencia son esenciales para crear instrumentos financieros basados en el mercado, como los créditos de resiliencia.
Más de 200.000 millones de dólares se necesitan al año para inversiones en adaptación y resiliencia en los sistemas de agua y energía, las mejoras agrícolas y los sistemas de alerta temprana. Esta cifra aumentará si se supera el umbral de 1,5 grados Celsius.
Sin embargo, hoy las inversiones en adaptación y resiliencia no llegan a un tercio del nivel necesario, y los presupuestos públicos aportan el 98 % de la inversión total. El capital privado, que constituye la mayor parte de las reservas mundiales de capital, no se está destinando a proyectos y empresas pertinentes, en particular a los que atienden a las poblaciones más vulnerables al clima de los países en desarrollo.
Una economía más protegida frente al clima entraña, sin duda, menos riesgos y es más rentable para todas las partes interesadas, incluidas las empresas privadas. Movilizar el capital necesario para crear economías más resilientes, sobre todo en el Sur Global, empieza por medir el impacto y demostrar el valor que una mayor resiliencia ofrece a los inversores, los gobiernos, los agricultores y otras partes interesadas.
Al igual que la medición y la monetización del carbono sustentan la movilización de capital para la mitigación del cambio climático, se necesita un esfuerzo sostenido similar para comprender mejor los impactos de las inversiones en adaptación y resiliencia y las vías de financiación de los proyectos.
Perspectivas de la inversión en adaptación y resiliencia
Los inversores privados tienen al menos dos motivos principales para invertir en adaptación y resiliencia. En primer lugar, las inversiones eficaces en estos ámbitos reducen la exposición a las interrupciones de las cadenas de suministro relacionadas con el clima, mejoran la productividad laboral y reducen los costes operativos. Estos efectos positivos se traducen en mejores calificaciones crediticias, acceso a capital de menor coste y mayor rentabilidad.
En segundo lugar, muchas entidades privadas reconocen el valor a largo plazo de la inversión responsable, en particular para la justicia climática. Se prevé que, entre 2021 y 2026, la inversión institucional en proyectos ambientales, sociales y de gobernanza crezca un 84 %, hasta alcanzar los 34 billones de dólares y representar más de una quinta parte de los activos gestionados. Por tanto, la resiliencia podría resultar atractiva para muchos inversores si estas inversiones fueran tan accesibles como los proyectos de mitigación.
En este contexto, el Ministerio de Cooperación Internacional de Egipto, el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola y la Universidad Duke, junto con la Asociación NDC y el Foro Económico Mundial, pusieron en marcha la «Iniciativa de monetización y créditos de resiliencia», presentada por primera vez en laGuía de Sharm el Sheij para una financiación justa, una iniciativa de la Presidencia de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático de 2022 (COP27), cuyo objetivo es abordar tres desafíos clave para desarrollar el mercado de adaptación y resiliencia:
Medir la resiliencia.
Valorar o monetizar la resiliencia.
Establecer un instrumento financiero basado en el mercado.
Los distintos actores valoran la resiliencia de manera diferente
Los esfuerzos por medir la resiliencia están cobrando impulso, pero se ha prestado menos atención al desafío más difícil de valorarla de modo que la inversión se ajuste a la oferta y la demanda. Sin embargo, los gobiernos, los consumidores y las empresas podrían indicar cuánto valor económico y social tienen para ellos, o para la sociedad en general, estas inversiones en resiliencia.
La eficacia del instrumento de inversión depende de que los beneficios de la resiliencia puedan medirse. Por ello, monetizar la resiliencia exige poner precio a un dividendo futuro sobre la base de perturbaciones futuras previstas, pero inciertas, y los daños resultantes.
Aunque las perturbaciones y tensiones relacionadas con el clima siempre serán impredecibles, sí es posible prever qué intervenciones ayudarán a las comunidades y las personas a resistir esos fenómenos y recuperarse de ellos. Invertir en esas medidas reducirá el riesgo. La medición más precisa de estas intervenciones y sus impactos refuerza la confianza de los inversores al garantizar el valor de la inversión.
La resiliencia también depende del contexto, lo que dificulta asignarle un valor de mercado claro. Por tanto, tendrá valores distintos para los diferentes actores del mercado.
El caso de la agricultura
En el sector agrícola, por ejemplo, los agricultores son muy vulnerables a las perturbaciones naturales (sequías, plagas, etc.) y económicas (por ejemplo, subidas o desplomes de precios). Puede que estén dispuestos a invertir en resiliencia para reducir su vulnerabilidad, pero la escasez de recursos y las necesidades contrapuestas siguen siendo obstáculos.
Es difícil acceder a préstamos asequibles y se necesita más información sobre las inversiones en resiliencia adecuadas y eficaces, así como sobre los resultados previstos. En conjunto, estos obstáculos desincentivan la inversión. Los patrones climáticos, que cambian rápidamente, también están modificando los parámetros de los riesgos y la exposición. Estos cambios agravan las dificultades para comprender la valoración real que hacen de la resiliencia los pequeños agricultores.
Además, las instituciones financieras locales tienen una visión diferente de la resiliencia. Quizá no puedan conceder préstamos debido al alto riesgo de impago de esta categoría de prestatarios, especialmente dada su vulnerabilidad. Los prestamistas necesitan un mecanismo de mitigación del riesgo que los anime a prestar dinero a los agricultores.
Para los prestamistas, la resiliencia puede valorarse mediante los posibles beneficios de los intereses de futuros préstamos. Si los agricultores pueden invertir con éxito en fortalecer la resiliencia, su riesgo de impago debería disminuir con el tiempo y el banco podría conceder nuevos préstamos.
Como dejó claro la pandemia de COVID-19, cuando la resiliencia es baja, los efectos disruptivos de las perturbaciones pueden propagarse y desestabilizar sistemas enteros, multiplicando los costes. Por consiguiente, los gobiernos y los responsables de las políticas públicas deberían adoptar una visión integral que incorpore el impacto social positivo: las comunidades y economías con agentes más resilientes acabarán funcionando mejor.
Conciliar las distintas valoraciones de la resiliencia
En este ecosistema de partes interesadas, la valoración puede adoptar varios enfoques.
La opción más atractiva y escalable es observar el precio de mercado de los créditos de resiliencia según la demanda de los inversores y la aceptación de las oportunidades. Sin embargo, la experiencia de los mercados del carbono y de otros mercados indica que depender excesivamente de las fuerzas del mercado puede frenar el crecimiento. Las brechas de información, los riesgos, las externalidades sin precio y los efectos indirectos exigen un enfoque más matizado.
En ese sentido, valorar los resultados ayudaría a catalizar incentivos adicionales en el mercado. Por ejemplo, los precios mínimos o las garantías de impago podrían servir como subvenciones de cartera para fomentar la inversión en este ámbito. La valoración debería incluir los beneficios financieros para partes interesadas concretas, como el aumento de los ingresos de los agricultores o de los beneficios de los prestamistas, así como los rendimientos sociales no financieros, como las mejoras en la salud y el capital humano. En conjunto, permitirían realizar un análisis integral de costes y beneficios sociales.
Aunque los métodos para valorar los beneficios ajenos a los mercados convencionales tienen una larga trayectoria en la economía ambiental y, en teoría, pueden utilizarse para valorar algunos de los resultados positivos de la resiliencia, esos valores probablemente variarán según las regiones, las poblaciones, los tipos de intervención y otras variables. Resulta poco práctico realizar un análisis detallado de costes y beneficios para cada posible inversión.
Aplicación práctica
Un enfoque pragmático consiste en respaldar un marco que correlacione los factores que influyen en el valor de las distintas intervenciones de resiliencia, aprovechando fuentes de datos existentes y nuevas.
Este análisis sistémico puede aportar información sobre el valor medio de inversiones concretas y ayudar a comprender sus distintos resultados, mostrando su potencial al alza y a la baja. La modelización de escenarios con distintos niveles de resiliencia complementaría este enfoque.
En consonancia con esta estrategia de monetización, en 2024 se prevé poner a prueba herramientas específicas de medición y valoración en proyectos reales e introducir la idea de los créditos de resiliencia en los marcos normativos de los debates mundiales sobre financiación climática. Los beneficios serían múltiples:
Una nueva clase de activos y un crédito negociable que armonicen el capital público y privado.
Mayor resiliencia en las comunidades vulnerables al clima.
Un mecanismo para comparar y priorizar inversiones en distintos contextos.
Medición adecuada de los beneficios colaterales, que respalde una prima de precio para los proyectos de carbono que contribuyan a los Objetivos de Desarrollo Sostenible.
Consumidores finales informados y motivados, interesados en la justicia climática.
Mejores políticas públicas.
Cierre de la brecha de financiación para la adaptación al cambio climático en los países en desarrollo.
Duplicar el capital disponible para la adaptación mediante la movilización del sector privado.
Los inversores, los socios para el desarrollo y los gobiernos están dando cada vez más prioridad a los objetivos de inversión en adaptación y resiliencia. La creciente participación en grupos de trabajo sobre inversión en adaptación pone de relieve la urgencia de crear una red de seguridad climática en las salas de juntas.
El siguiente paso fundamental consiste en consolidar el interés de los inversores para mejorar la medición y la monetización, lo que acelerará la creación de créditos de resiliencia y otros modelos de inversión innovadores basados en datos.





