Esto es lo que el mundo debe hacer para salvarse del cambio climático catastrófico

A woman walks past a map showing the elevation of the sea in the last 22 years during the World Climate Change Conference 2015 (COP21) at Le Bourget, near Paris, France, December 11, 2015. REUTERS/Stephane Mahe TPX IMAGES OF THE DAY - LR1EBCB148RZ4
A map showing sea elevation at the World Climate Change ConferenceImage: REUTERS/Stephane Mahe
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El Acuerdo de París de la COP-21, que limita las emisiones de gases de efecto invernadero, fue un logro importante en el camino para hacer frente a la amenaza del cambio climático. Pero, a medida que las pruebas de que la actividad humana está desestabilizando el clima y la biosfera de la Tierra se vuelven cada vez más irrefutables, los responsables de formular políticas tendrán que hacer más. La naturaleza intrínsecamente compartida de la amenaza subraya la necesidad de una cooperación internacional más estrecha e integral para preservar el hábitat en el que ha prosperado la vida humana.

William Nordhaus, quien recibirá la próxima semana (10 de diciembre) el Premio Nobel por su trabajo en economía ambiental, escribió en 1977:

«Al reflexionar sobre la evolución futura del crecimiento económico en Occidente, los científicos se dividen entre un grupo que grita “¡que viene el lobo!” y otro que niega que exista tal especie. Una preocupación persistente ha sido que las actividades económicas del ser humano alcancen una escala que afecte significativamente al clima mundial. A diferencia de muchos gritos de alarma, este, en mi opinión, debe tomarse muy en serio».

Algo más de cuatro décadas después, el lobo está llamando a la puerta.

Al mirar atrás, vemos que en 2018 hubo olas de calor, incendios forestales y tormentas más intensos. Diecisiete de los 18 años más cálidos registrados han ocurrido desde 2000. Todo apunta a que 2018 se sumará a esa lista. Mientras tanto, las emisiones de gases de efecto invernadero siguen aumentando.

Sin embargo, las señales visibles de la presión que la actividad humana ejerce sobre el entorno natural van mucho más allá de estos fenómenos meteorológicos. Otros aspectos clave del clima y la biosfera de la Tierra están sometidos a una gran presión. Las selvas tropicales se están reduciendo. Los casquetes polares retroceden a medida que se calientan los océanos, y los arrecifes de coral desaparecen a medida que estos se acidifican. La escorrentía de fertilizantes vierte cantidades excesivas de fósforo y nitrógeno en las cuencas hidrográficas, dañando los ecosistemas de agua dulce y costeros. Los microplásticos están llegando a los alimentos y al agua potable. La biodiversidad de nuestro planeta se está desplomando. El Fondo Mundial para la Naturaleza estima que desde 1970 ha desaparecido el sesenta por ciento de los animales vertebrados, y que la densidad de insectos está disminuyendo en algunas zonas a un ritmo alarmante.

Image: Conjunto de datos de la Gran Aceleración

Los científicos nos dicen que corremos el riesgo de cruzar importantes límites planetarios que definen los límites ambientales dentro de los cuales ha podido desarrollarse la civilización humana. Los posibles puntos de inflexión implican que esos límites podrían sobrepasarse de forma inesperada, abrupta e irreversible. Y el tiempo apremia. El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de las Naciones Unidas advierte que nos queda muy poco tiempo para actuar y evitar una catástrofe climática. Los riesgos quedan subrayados por la última Evaluación Nacional del Clima de Estados Unidos, así como por las nuevas proyecciones climáticas del Gobierno del Reino Unido.

«El lobo está llamando a la puerta».

Desde la perspectiva de un economista, estas alteraciones planetarias se deben a que las empresas y los hogares no tienen en cuenta cómo sus actividades dañan el medio ambiente; en términos técnicos, la actividad económica suele generar externalidades negativas. En principio, los impuestos que obligan a los hogares y las empresas a pagar los costos de los daños colaterales que causan al medio ambiente pueden compensar estas externalidades. Sin embargo, las externalidades ambientales mundiales son complejas, lo que apunta a la conveniencia de una gama más amplia de políticas—por ejemplo, políticas regulatorias y financieras.

Un aspecto clave es que, como las externalidades climáticas y de la biosfera no respetan las fronteras nacionales, las políticas deben reflejar los daños mundiales, no solo los locales. Por ello, es poco probable que basten las medidas unilaterales de política nacional, incluso suponiendo que pudieran superar los obstáculos políticos internos. La cooperación multilateral también es esencial.

El multilateralismo ayuda a los países a tener en cuenta el bienestar de quienes viven fuera de sus fronteras, sabiendo que los demás países hacen lo mismo. Ese espíritu motivó el avance decisivo de la COP-21 en 2015, cuando los países se comprometieron, en virtud del Acuerdo de París, a limitar el aumento de la temperatura mundial muy por debajo de los 2 grados Celsius respecto de los niveles preindustriales. Ese mismo espíritu sustenta los esfuerzos en curso para aplicar y reforzar el acuerdo, que exige pasar a una economía sin emisiones de carbono en las próximas décadas.

Hay motivos para el optimismo: el multilateralismo cuenta con importantes éxitos en los que apoyarse. Las instituciones financieras de Bretton Woods y la OCDE, junto con las sucesivas rondas de liberalización comercial en el marco del GATT y posteriormente de la OMC, respaldaron siete décadas de prosperidad, en las que los países más pobres lograron una considerable convergencia de ingresos. La cooperación internacional en materia de estabilidad financiera mediante el proceso de Basilea y el Consejo de Estabilidad Financiera (FSB) ilustra cómo el «derecho indicativo» puede ser eficaz. La cooperación internacional en salud ha producido grandes logros, como la erradicación de la viruela (alcanzada en 1980) y, más recientemente, nuevas mejoras significativas en la salud de muchos países de ingresos bajos bajo el estandarte de los Objetivos de Desarrollo del Milenio. Los acuerdos para limitar los ensayos y la proliferación de armas nucleares se basan en el mismo principio de evitar resultados perjudiciales para todas las partes.

También ha habido importantes éxitos multilaterales en materia ambiental, incluso antes del histórico Acuerdo de París. Un ejemplo temprano fue el Convenio de 1979 sobre la contaminación atmosférica transfronteriza a gran distancia, ampliado mediante una serie de protocolos, incluidos los relativos a las emisiones de óxidos de azufre y nitrógeno. En 1987, 46 países acordaron, mediante el Protocolo de Montreal, eliminar gradualmente las sustancias que agotan la capa de ozono. El acuerdo, que ahora abarca a 197 partes, contribuyó a revertir la disminución de las concentraciones de ozono atmosférico sobre la Antártida.

¿Cómo puede avanzar la comunidad mundial para abordar la crisis ambiental, especialmente cuando cada vez puede resultar más difícil lograr la unanimidad entre los países? Una opción sería recurrir a «coaliciones de países dispuestos» o clubes, que se conceden beneficios mutuamente (por ejemplo, una circulación más fácil de personas dentro del club) a cambio de una acción ambiental acordada más firme.

Este enfoque podría incluso basarse en mecanismos existentes de multilateralismo económico. Varios acuerdos comerciales —como el Acuerdo Integral y Progresista de Asociación Transpacífico (CPTPP) y el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC)— ya contienen capítulos que exigen a los países hacer cumplir sus propias leyes ambientales. Ampliar ese enfoque podría ayudar a promover medidas ambientales nacionales más firmes. Por ejemplo, los acuerdos plurilaterales o de masa crítica dentro de la OMC podrían exigir a sus miembros que adopten medidas más ambiciosas para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero. En ese espíritu, el acuerdo comercial entre la UE y Japón anunciado en julio de 2018 fue el primero en comprometer a sus signatarios a mantener el Acuerdo de París.

Otro ejemplo es el Grupo de Trabajo del FSB sobre Divulgación de Información Financiera relacionada con el Clima—creado en 2015 a petición de los líderes del G20—, cuyo objetivo es dar mayor visibilidad a los riesgos financieros relacionados con el clima, lo que permite a los mercados asignar un precio a esos riesgos y a los inversores financieros gestionarlos. Esta es otra forma de incorporar las externalidades ambientales a los precios.

Por último, dado el personal disponible, entra dentro del mandato del FMI ampliar su labor de supervisión y mitigación de los daños ambientales. El Fondo podría incluso supervisar el cumplimiento de algunos aspectos de los acuerdos ambientales internacionales.

El planeta está en riesgo, lo que significa que necesitamos ideas mucho más innovadoras. Ahora que el profesor Nordhaus recibe merecidamente el Premio Nobel por sus contribuciones la próxima semana, al mismo tiempo que se celebra la COP-24, debemos reflexionar sobre sus advertencias premonitorias y su clara visión de la necesidad de avanzar mediante el multilateralismo.

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