La investigación ha demostrado cómo los tipos de alimentos y la falta de ejercicio contribuyen a la obesidad.
Estudios recientes sobre el comportamiento de las ratas del norte de África han arrojado observaciones sorprendentes.
La falta de hidratación y el consumo excesivo de sal son dos factores importantes que contribuyen a la obesidad.
Beber más agua y comer menos alimentos salados son dos estrategias económicas y sencillas que pueden ayudar a prevenir y tratar la obesidad.
Los estudios científicos y la cobertura mediáticaestán repletos de advertenciassobre cómo el azúcar, los carbohidratos, las grasas saturadas y la falta de ejercicio contribuyen a la obesidad. Y decenas de millones de estadounidenses siguen teniendo sobrepeso o padeciendo obesidaden gran medida debido a la dieta y el estilo de vida occidentales clásicos.
Como educador, investigador y profesor de medicina, he dedicado más de 20 años a investigar las causas de la obesidad, así como afecciones relacionadas, como la diabetes, la hipertensión arterial y la enfermedad renal crónica.
A lo largo de mis muchos años de estudio de la obesidad y las afecciones de salud relacionadas, he observado que se habla relativamente poco de dos elementos importantes de este rompecabezas tan complejo: la falta de hidratación y el consumo excesivo de sal. Se sabe que ambos contribuyen a la obesidad.
Lecciones de una rata del desierto
La naturaleza ofrece una pista sobre el papel que desempeñan estos factores en la rata del desierto Psammomys obesus, un roedor de unos 225 gramos y chillido agudo que vive en las marismas salinas y los desiertos del norte de África. Apenas sobrevive alimentándose de los tallos de Salicornia —la sosa—, una planta que se parece un poco a los espárragos.
Aunque tiene pocos nutrientes, la savia carnosa y suculenta de la sosa está llena de agua rica en sal, con concentraciones tan altas como las del agua de mar.
Estudios recientes han aportado nuevas perspectivassobre por qué la rata del desierto podría desear la savia salada de la sosa. Aunque esto aún no se ha demostrado específicamente en esta rata, es probable que una dieta rica en sal la ayude a convertir en fructosa la cantidad relativamente pequeña de carbohidratos que ingiere; la fructosa es un tipo de azúcar presente de forma natural en las frutas, la miel y algunas verduras.
Esto ayuda al animal a sobrevivircuando escasean los alimentos y el agua dulce. Esto se debe a que la fructosa activa un «interruptor de supervivencia» que estimula la búsqueda de alimento, la ingesta de comida y el almacenamiento de grasa y carbohidratos que protegen al animal de morir de hambre.
Sin embargo, cuando se lleva a la rata a cautividad y se le da la dieta habitual para roedores, que contiene alrededor de un 50 % de carbohidratos, desarrolla rápidamente obesidad y diabetes. Pero si se le dan verduras frescas con pocos carbohidratos ricos en almidón, el roedor se mantiene delgado.
Mi investigación, junto con la de muchos otros científicos a lo largo de las décadas, demuestra que muchos estadounidenses se comportan sin saberlo de forma muy parecida a una rata del desierto cautiva, aunque pocos viven en lugares donde escasean la comida y el agua. Activan constantemente el interruptor de supervivencia.
La fructosa y nuestra alimentación
Como ya se ha mencionado, la fructosa, un azúcar simple, parece desempeñar un papel clave en la activación de este interruptor de supervivencia que conduce a la producción de grasa.
El problema no son las pequeñas cantidades de fructosa, como las que contiene una pieza de fruta, sino las cantidades excesivas, que perjudican la salud humana. La mayoría obtenemos fructosa del azúcar de mesa y del jarabe de maíz con alto contenido de fructosa. El consumo de estos dos azúcares representa aproximadamente el 15 % de las caloríasde la dieta estadounidense promedio.
Estos azúcares animan a las personas a comer más, lo que puede provocar aumento de peso, acumulación de grasa y prediabetes.
Nuestro cuerpo también produce fructosa por sí mismo, y los estudios experimentales sugieren que esto podría bastar para desencadenar el desarrollo de la obesidad.
Como la fructosa se produce a partir de la glucosa, su producción aumenta cuando los niveles de glucosa en sangre son altos. Esto ocurre cuando comemos mucho arroz, cereales, patatas y pan blanco: son carbohidratos que liberan rápidamente glucosa en la sangre.
Además, cabe destacar que la producción de fructosa también puede estimularse por la deshidratación, lo que impulsa la producción de grasa.
La grasa aporta agua
La grasa cumple dos funciones principales. La primera, bien conocida, consiste en almacenar calorías para más adelante, cuando no haya alimentos disponibles.
La otra función principal de la grasa, menos conocida, es aportar agua.
Conviene aclarar que la grasa no contiene agua. Pero cuando se descompone, genera agua en el organismo. La cantidad producida es considerable y equivale aproximadamente a la cantidad de grasa quemada. Es tan importante que algunos animales dependen de la grasa para obtener aguacuando esta no está disponible.
Las ballenas son un ejemplo. Aunque beben algo de agua de mar, obtienen la mayor parte del agua de los alimentos que comen. Y cuando pasan largos períodos sin comer, obtienen agua principalmente al metabolizar grasa.
Mejor sin patatas fritas
No debe subestimarse el papel de la deshidratación como factor que contribuye a la obesidad. Suele producirse después de comer alimentos salados. Tanto la deshidratación como el consumo de sal conducen a la producción de fructosa y grasa.
Por eso las patatas fritas saladas engordan especialmente. La sal provoca un estado similar a la deshidratación que favorece la conversión del almidón de las patatas fritas en fructosa.
Además, los estudios muestran que la mayoría de las personas con sobrepeso u obesidad no beben suficiente agua. Tienen muchas más probabilidades de estar deshidratadas que las personas delgadas. Su consumo de sal también es muy elevado en comparación con el de las personas delgadas.
Las investigaciones muestran que las personas con obesidad suelen tener niveles elevados de vasopresina, una hormona que ayuda a los riñones a retener agua para regular el volumen de orina.
Sin embargo, estudios recientes sugieren que la vasopresina tiene otra función: estimular la producción de grasa.
Para alguien con riesgo de deshidratación o inanición, la vasopresina puede ofrecer un beneficio real para la supervivencia. Pero para quienes no corren ese riesgo, podría impulsar la mayoría de los efectos metabólicos del exceso de fructosa, como el aumento de peso, la acumulación de grasa, el hígado graso y la prediabetes.
Beber más agua
Entonces, ¿significa esto que beber más agua puede ayudarnos a perder peso? La comunidad médica a menudo se ha burlado de esa afirmación. Sin embargo, nuestro equipo de investigación descubrió que dar más agua a los ratones ralentizó el aumento de peso y el desarrollo de la prediabetes, incluso cuando seguían dietas ricas en azúcar y grasa.
También hay cada vez más pruebas de que la mayoría de las personas bebe muy poca agua en general, y que aumentar el consumo de agua puede ayudar a las personas con obesidad a perder peso.
Por eso recomiendo beber ocho vasos grandes de agua al día. Y probablemente ocho sean suficientes; no hay que suponer que más es mejor. Se han dado casos de personas que han bebido tanto que sufren «intoxicación por agua». Esto es especialmente problemático para quienes padecen afecciones cardíacas, renales o hepáticas, así como para quienes se han sometido recientemente a una operación o corren largas distancias. Siempre es recomendable consultar primero al médico sobre el consumo de agua.
Para la rata del desierto y para nuestros antepasados, que rebuscaban comida, tenía sentido una dieta rica en sal y con poca agua. Pero los seres humanos ya no viven así. Estas medidas sencillas —beber más agua y reducir el consumo de sal— ofrecen estrategias económicas, fáciles y saludables que pueden prevenir o tratar la obesidad.


