En 2017, la Organización de Aviación Civil Internacional (OACI) documentó una cifra récord de 4.1 mil millones de personas haciendo cola para facturar, pasar el control de seguridad, subir a un avión y surcar los cielos. Esto contrasta con apenas unos pocos millones de pasajeros en la década de 1950.
Volamos con más frecuencia que nunca y hacemos más viajes de larga distancia. Si a esto sumamos los vuelos de carga, es fácil entender por qué crece la preocupación por el impacto cada vez mayor de la industria de la aviación en el medio ambiente.
En el radar
La aplicación y el sitio web de aviación FlightRadar24 rastrean el flujo del tráfico aéreo en todo el mundo. Como hormigas que marchan por la pantalla, el servicio utiliza pequeños iconos de aviones para mostrar en tiempo real las rutas de vuelo por todo el mundo.
En marzo de 2018, el sitio registró su día con más tráfico aéreo desde su lanzamiento en 2007: contabilizó 202,157 vuelos comerciales, de carga y privados en un solo día. Esto equivale a 140 aviones despegando cada minuto en algún lugar del mundo.
Según FlightRadar24, los días laborables suelen ser más concurridos que los fines de semana, y las cifras de junio mostraron que los viernes suelen registrar más tráfico.
Un tuit reveló que el día de mayor actividad del año suele ser durante la última semana de agosto, cuando los pasajeros de Estados Unidos y Europa aprovechan su última oportunidad para irse de vacaciones antes de que comience el nuevo curso escolar.
Negocio por las nubes
El auge de los viajes en avión va de la mano del crecimiento de la globalización, el aumento de las comunicaciones y el turismo de masas.
Con solo pulsar un botón, se pueden pedir productos al otro lado del mundo y recibirlos en una semana, o incluso en uno o dos días. A medida que las economías mundiales están más conectadas, ha aumentado el transporte aéreo de carga: las cifras de la OACI mostraron que el tráfico de mercancías creció un 9.5% en 2017.
Un estudio sobre el impacto medioambiental de la industria turística recopiló datos de 160 países para estimar la verdadera huella de carbono del sector. Los resultados indican que nuestra costumbre de salir volando de vacaciones podría estar causando más daño al planeta de lo que se estimaba anteriormente.
Entre 2009 y 2013, la huella de carbono de la industria pasó de 3.9 a 4.5 gigatoneladas de dióxido de carbono equivalente al año. Esta cifra representa cerca del 8% de las emisiones mundiales totales de gases de efecto invernadero y cuadruplica las estimaciones anteriores, del 2-3%. El estudio tiene en cuenta el impacto directo de los vuelos vacacionales, los traslados terrestres y los hoteles, pero también incluye las emisiones de otros factores relacionados con el turismo, como las compras, comer fuera y desplazarse.
Los investigadores concluyeron que la demanda mundial de turismo crece más rápido que los esfuerzos de la industria por ser más ecológica, lo que significa que, a menos que cambiemos drásticamente nuestros hábitos, las emisiones de los vuelos parecen destinadas a seguir aumentando en el futuro.

