Chiapas es el segundo estado de México con mayor biodiversidad y aporta el 30% del agua dulce del país, pero ha perdido el 55% de sus bosques, convertidos en tierras de cultivo y pastizales para el ganado.
Una alianza de conservacionistas, agricultores y ganaderos trabaja ahora para incorporar grandes extensiones de tierra a programas de gestión sostenible.
La iniciativa busca restaurar la salud del suelo y, en el proceso, almacenar carbono, liberar más tierras para la conservación y mantener empleos en las zonas rurales.
De pie en su milpa en el estado de Chiapas, rodeada de montañas y bosques tropicales secos, Maria Luisa Gordillo Mendoza parece preocupada. «Dijeron que éramos unos puercos por sembrar así», cuenta sobre la reacción de los otros agricultores al ver sus campos cubiertos de palos y hojas secas de maíz, con árboles altos y delgados dispersos por el terreno.
Sin embargo, el método agrícola poco convencional de Mendoza en Chiapas, en el sureste de México, está ganando reconocimiento por restaurar la salud del suelo, además de generar más ingresos para los agricultores, liberar tierras para la conservación y almacenar carbono en el suelo.
Tradicionalmente, explica Mendoza, los agricultores de la región despejaban los campos para prepararlos para la siembra quemando los rastrojos y rociando agroquímicos: herbicidas para eliminar las malas hierbas y fertilizantes para impulsar los cultivos.
«Mi papá me enseñó lo mismo», cuenta Mendoza a Mongabay. «Pero mi parcela se empobreció mucho, tanto que el suelo se volvió arenoso y duro. Así que el maíz, si es que crecía, daba muy poco»
La caída de la productividad en la finca de Mendoza refleja una tendencia más amplia en el Corredor Seco de América Central, la región de bosque tropical seco que se extiende desde Chiapas hasta Panamá. Aquí, la reducción de los rendimientos de los cultivos y el aumento de la inseguridad alimentaria vinculados al cambio climático y a la degradación de la tierra son algunos de los principales factores que impulsan la migración, según un informe de 2019.
Mendoza cuenta que, en un año con buenas lluvias, cosecharía quizá unos 2.5 toneladas métricas de maíz por hectárea (alrededor de 1.1 toneladas cortas por acre). Recuerda que, a veces, las sequías destruían toda la cosecha de su padre y obligaban a la familia a sobrevivir recolectando plátanos y frutos del árbol de ramón nativo (Brosimum alicastrum), un alimento básico de los antiguos mayas. Sin embargo, ahora, gracias a la asistencia técnica y al trabajo para mejorar la salud del suelo, el rendimiento de su maíz ha aumentado a 8.5 toneladas métricas por hectárea, o 3.8 toneladas cortas por acre.
«Gracias al subsuelo, ahora hay suficiente agua ahí abajo incluso con 40 días de sequía», dice Mendoza, señalando sus campos salpicados de manchas verdes.
Estudios sobre el terreno
«El maíz, en particular, es uno de los cultivos más perjudiciales para los recursos naturales, principalmente por la forma en que se maneja y porque algunos programas gubernamentales han fomentado la destrucción de los recursos naturales», afirma Walter Lopez Baez, director de coordinación y vinculación en Chiapas del Instituto Nacional de Investigaciones Forestales, Agrícolas y Pecuarias (INIFAP) del Gobierno de México.
Baez, que lleva más de 30 años trabajando con agricultores de la región, explica a Mongabay que, aunque la productividad de los cultivos aumentó inicialmente tras el inicio de la Revolución Verde en México en la década de 1940 —un modelo agrícola que promovió variedades de cultivos de alto rendimiento y el uso de fertilizantes químicos y pesticidas—, los rendimientos empezaron a caer hace unos 20 años, pese al uso intensivo y continuado de agroquímicos.
En 2010, el INIFAP colaboró con The Nature Conservancy (TNC) para analizar 300 parcelas en Chiapas, entre ellas la de Mendoza, y encontró resultados similares. Los resultados mostraron que los suelos tenían altos niveles de acidez y aluminio, carecían de nutrientes y estaban muy compactados por los tractores. Esto impedía que las raíces crecieran en profundidad y generaba problemas de drenaje, todo ello señal de una mala gestión de la tierra, según Baez.
«Los agricultores decían que el suelo estaba cansado», cuenta Baez. «Es una agricultura extractiva en la que no se devuelve nada al suelo, a diferencia de lo que ocurre en los bosques». A partir de investigaciones en Guatemala y Honduras, el equipo empezó a experimentar con el cultivo intercalado de maíz y especies que pueden ayudar a recuperar los suelos, centrándose en dos especies clave: la leguminosa rastrera Canavalia y el guamo, Inga edulis, conocido localmente como guama. Esta práctica forma parte de la agroforestería, un sistema agrícola que combina árboles con el cultivo de plantas y la cría de ganado y que no solo produce alimentos, sino que también favorece la biodiversidad, aumenta el contenido orgánico de los suelos, eleva el nivel freático y secuestra carbono de la atmósfera. Tanto la guama como la Canavalia pertenecen a la familia de las Fabaceae o leguminosas y, por ello, sus raíces fijan nitrógeno en el suelo. También crecen rápido y se convierten en una «fábrica permanente de biomasa»: proporcionan una cubierta de materia orgánica en la superficie del suelo que conserva la humedad, descompone nutrientes para otras plantas e impide el crecimiento de malas hierbas, reduciendo así la necesidad de herbicidas.
La investigación mostró que los métodos tradicionales producían un rendimiento promedio de 3.5 toneladas métricas por hectárea (1.6 toneladas cortas por acre), con una inversión de unos $865 por hectárea ($350 por acre), explica Baez a Mongabay. Sin embargo, una inversión adicional de entre $312 y $480 por hectárea ($126-$194 por acre) podría elevar los rendimientos a 7 toneladas métricas por hectárea (3.1 toneladas cortas por acre) durante el primer año y mantener ese nivel en adelante.
Baez afirma que, aunque este aumento de los ingresos es importante para los agricultores, también beneficia a la comunidad en general: aumenta la disponibilidad de agua, reduce las partículas en el aire procedentes de los incendios y captura más carbono de la atmósfera. Además, el INIFAP descubrió que los métodos regenerativos alivian la compactación de los suelos y permiten que la humedad penetre más profundamente en la tierra, incluso durante las sequías.
Vincular la agricultura con la conservación
«En un bosque hay mucha diversidad y, sin embargo, no se usan fertilizantes químicos, no hay control ni se utilizan insecticidas o herbicidas; además, un bosque es muy productivo y resiliente», afirma Alejandro Hernandez, coordinador de TNC en Chiapas, quien lleva más de 40 años trabajando en temas de conservación con comunidades de la región. «Estamos imitando el modelo del bosque y aplicándolo mediante sistemas agroforestales».
Chiapas es el segundo estado de México con mayor biodiversidad y aporta el 30% del agua dulce del país, por lo que la agroforestería es especialmente importante aquí, explica Hernandez a Mongabay. Señala que las emisiones de gases de efecto invernadero en el norte industrializado de México proceden principalmente de la industria y los vehículos motorizados, mientras que en el sur las principales fuentes son la agricultura y la ganadería. Esto es muy evidente en Chiapas, donde se ha talado el 55% de los bosques del estado para destinarlos a tierras de cultivo y pastizales.
Hernandez afirma que los sistemas de producción ineficientes están empujando a agricultores y ganaderos a abandonar sus campos o a talar más bosques para obtener más tierras. Esto no resuelve el problema, dice, porque seguir con estas malas prácticas solo aumenta la necesidad de más tierra al cabo de unos pocos años y ejerce presión sobre los bosques que quedan.
La solución exige ver a los agricultores y ganaderos como aliados y no como amenazas, afirma Hernandez. Si se trabaja junto con los conservacionistas para encontrar modelos económicamente atractivos para los productores, dice, será posible abordar los problemas de seguridad alimentaria e hídrica, detener la expansión agrícola hacia los bosques y restaurar los bosques perdidos.
«Creo que eso genera más empatía entre ambas partes, porque entonces no estamos enfrentados», dice Hernandez. «Si lo hacemos bien, liberaremos para la restauración zonas marginales que no son aptas para la agricultura».
En Chiapas, TNC planea ampliar enormemente estos impactos mediante Visión 2030, una hoja de ruta para incorporar 2.5 millones de hectáreas (6.2 millones de acres) de tierra a programas de agricultura y ganadería sostenibles para 2030, así como restaurar y reforestar 1.4 millones de hectáreas (3.5 millones de acres). Además del maíz, el proyecto también se centrará en los frijoles y el café, que se cultivan extensamente en el estado.
La iniciativa busca crear una amplia alianza. El fondo para el cambio climático del ministerio de Medio Ambiente de México aporta $340,000 al proyecto, mientras que el INIFAP contribuye con $150,000 y TNC obtiene fondos de su campaña internacional «Planta mil millones de árboles».
Visión 2030 también formará parte de las iniciativas más amplias de TNC en América Latina, como la estrategia de Ganadería y Agricultura Regenerativas (R2A), que logró restaurar 5 millones de hectáreas (12.4 millones de acres) de suelo degradado y capturar 550 millones de toneladas métricas de carbono en Argentina, Brasil y Colombia entre 2018 y 2020.
Las implicaciones climáticas
El informe más exhaustivo hasta la fecha de la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación (UNCCD) sostiene que la restauración de tierras puede ser una solución rentable para múltiples problemas, entre ellos el cambio climático, la conservación de la biodiversidad y la migración forzada. Publicado en abril de 2022, el informe Perspectiva Mundial de la Tierra 2 (GLO2) señala que la salud del suelo y la biodiversidad son la base de las sociedades y las economías, ya que alrededor de $44 billones de producción económica —más de la mitad del PIB mundial— depende en grado moderado o alto del capital natural.
«La tierra es un tema que realmente se pasa por alto, cuando probablemente debería ser el que recibiera más atención, porque es donde vivimos», dijo Miriam Medel, directora de relaciones externas, políticas y promoción de la UNCCD, quien dirigió la elaboración del informe. «La tierra… es el nexo entre la biodiversidad y el cambio climático, y entre los seres humanos y la naturaleza».
En declaraciones a Mongabay durante la presentación del informe, Medel dijo que sus conclusiones mostraban que el 99% de los recursos que utilizan los seres humanos provienen de la tierra y que el 99% de las calorías que consumimos, incluso si se limitara la dieta exclusivamente al pescado, también provendría de la tierra de una forma u otra.
El informe GLO2 también señala que, si cuenta con el respaldo de políticas y normativas adecuadas, la mejora de la salud del suelo aumentará no solo la productividad de la tierra y la biodiversidad, sino también la cantidad total de carbono secuestrado.
Ampliar las soluciones
En las zonas rurales de Chiapas, todavía es habitual ver suelos desnudos y agricultores trabajando en sus campos con depósitos de herbicida a la espalda. Aunque Visión 2030 ofrece una hoja de ruta para un sistema alimentario que beneficie a la naturaleza en el estado, aún queda mucho camino por recorrer para alcanzar las metas de 2030: solo 200 hectáreas (495 acres) de maíz se cultivan con métodos de agricultura regenerativa, frente a las 700,000 hectáreas (1.7 millones de acres) de producción convencional.
Sin embargo, cada vez más comunidades se suman a la iniciativa Visión 2030. En el municipio de Tiltepec, el consejo comunitario decidió proteger y reforestar toda la cuenca hidrográfica de 3,000 hectáreas (7,400 acres), prohibir la quema de campos y aplicar técnicas de agricultura regenerativa. Como resultado, durante el primer año los rendimientos aumentaron de 1.5 a 5 toneladas métricas por hectárea (de 0.7 a 2.2 toneladas cortas por acre). La comunidad espera elevarlos pronto a 8 toneladas métricas por hectárea (3.6 toneladas cortas por acre).
Los acontecimientos mundiales también han llevado a más agricultores a buscar alternativas. En los últimos años, los agricultores de Chiapas ya sentían el impacto del aumento de los precios de los fertilizantes, atribuido a la crisis energética internacional. La guerra de Rusia en Ucrania, entre dos de los mayores productores de fertilizantes del mundo, ha restringido aún más el suministro y ha provocado que los precios de estos productos químicos se triplicaran en el mercado mexicano.
Cada vez se reconoce más el valor de abandonar los insumos agroquímicos. Un estudio realizado en EE. UU. en 2018 mostró que los campos de maíz regenerativos generan casi el doble de ganancias que los gestionados de forma convencional, en gran parte porque los cultivos de cobertura de leguminosas pueden reducir los costos de los fertilizantes, que representan el 32% de los ingresos brutos en los campos convencionales, frente al 12% en los regenerativos.
Un estudio publicado este año en la revista Nature Sustainability también muestra que el uso de procesos ecológicos para sustituir insumos producidos por el ser humano, como pesticidas y fertilizantes, puede mantener o aumentar la producción de alimentos y reducir los costos ambientales y económicos de los insumos.
«Tanto nosotros, como técnicos, como ellos, como productores, tenemos que desaprender muchas cosas», dice Baez. «Me costó mucho dejar atrás muchas cosas que aprendí en la universidad, [donde] nos enseñaron mucha química; y ellos, como productores, todo lo que aprendieron de sus padres… Estamos reconsiderando muchos conocimientos».
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