Un estudio de 2004 investigó el vínculo entre la tecnología y la mentira.
Descubrió que la gente decía la mayoría de sus mentiras durante interacciones sociales por teléfono.
Hace poco, se retomó este estudio para entender cómo los avances tecnológicos han influido en la tendencia a mentir.
Descubrió que hoy en día la mayoría de las mentiras se siguen diciendo por teléfono y también durante videollamadas.
Los datos muestran que la mentira no es significativamente más frecuente en la era digital.
La tecnología ha ofrecido a la gente más formas de conectar, pero ¿también le ha dado más oportunidades de mentir?
Podrías enviarle a un amigo una mentira piadosa por mensaje de texto para librarte de ir a cenar, exagerar tu estatura en un perfil de citas para parecer más atractivo o inventarle una excusa a tu jefe por correo electrónico para salvar las apariencias.
Desde hace mucho, los psicólogos sociales y los especialistas en comunicación se preguntan no solo quién miente más, sino también dónde suele mentir más la gente: en persona o a través de algún otro medio de comunicación.
Un estudio de 2004 pionero fue uno de los primeros en investigar la relación entre las tasas de engaño y la tecnología. Desde entonces, las formas de comunicarnos han cambiado —por ejemplo, hacemos menos llamadas telefónicas y enviamos más mensajes por redes sociales— y quise comprobar hasta qué punto se mantenían los resultados anteriores.
El vínculo entre el engaño y la tecnología
En 2004, el investigador de la comunicación Jeff Hancock y sus colegas pidieron a 28 estudiantes que registraran el número de interacciones sociales que tenían durante siete días mediante conversaciones cara a cara, llamadas telefónicas, mensajería instantánea y correo electrónico. También anotaron cuántas veces mentían en cada interacción social.
Los resultados indicaron que la gente decía más mentiras por interacción social por teléfono. La menor cantidad se decía por correo electrónico.
Los resultados concordaban con un marco que Hancock llamó el «modelo basado en las características». Según este modelo, ciertos aspectos de una tecnología —si las personas pueden comunicarse con fluidez en ambos sentidos, si los mensajes son efímeros y si los interlocutores están lejos— permiten predecir dónde suele mentir más la gente.
En el estudio de Hancock, la tecnología en la que se decían más mentiras por interacción social era la que reunía todas estas características: el teléfono. La menor cantidad se registró por correo electrónico, donde las personas no podían comunicarse de forma sincrónica y los mensajes quedaban registrados.
El estudio de Hancock, revisitado
Cuando Hancock realizó su estudio, solo estudiantes de unas pocas universidades selectas podían crear una cuenta de Facebook. El iPhone estaba en sus primeras etapas de desarrollo, en un proyecto muy confidencial apodado «Proyecto Púrpura».
¿Qué resultados habría obtenido casi 20 años después?
En un nuevo estudio, recluté a un grupo más numeroso de participantes y estudié las interacciones en más tipos de tecnología. Un total de 250 personas registraron durante siete días sus interacciones sociales y cuántas incluían una mentira, en conversaciones cara a cara, redes sociales, llamadas telefónicas, mensajes de texto, videollamadas y correo electrónico.
Al igual que en el estudio de Hancock, la gente decía más mentiras por interacción social en medios sincrónicos, sin registro de los mensajes y en los que los interlocutores estaban lejos: por teléfono o en videollamadas. Decía menos mentiras por interacción social por correo electrónico. Sin embargo, las diferencias entre las formas de comunicación eran pequeñas. Las diferencias entre los participantes —cuánto variaban sus tendencias a mentir— predecían mejor las tasas de engaño que las diferencias entre los medios.
La tasa de mentiras en distintas formas de comunicación
La gente decía más mentiras por interacción social por teléfono y en videollamadas.
Pese a los cambios en la forma en que se comunica la gente durante las últimas dos décadas —y a los cambios que la pandemia de COVID-19 introdujo en la forma en que las personas socializan—, parece que la gente miente de manera sistemática y de acuerdo con el modelo basado en las características.
Hay varias explicaciones posibles para estos resultados, aunque hace falta investigar más para entender exactamente por qué los distintos medios dan lugar a diferentes tasas de mentiras. Es posible que algunos medios faciliten mejor el engaño que otros. Algunos medios —el teléfono y las videollamadas— podrían hacer que mentir resulte más fácil o menos perjudicial para una relación social si se descubre la mentira.
Las tasas de engaño también podrían variar según la tecnología porque la gente utiliza algunos tipos de tecnología para determinadas relaciones sociales. Por ejemplo, quizá las personas solo escriban por correo electrónico a sus colegas profesionales, mientras que las videollamadas podrían ser más adecuadas para relaciones más personales.
Una percepción equivocada de la tecnología
A mi juicio, hay dos conclusiones clave.
En primer lugar, en general, las diferencias en las tasas de mentiras entre los distintos medios son pequeñas. La tendencia de una persona a mentir importa más que el hecho de que use el correo electrónico o hable por teléfono.
En segundo lugar, la tasa de mentiras es baja en todos los medios. La mayoría de la gente es honesta, una premisa coherente con la teoría de la presunción de veracidad, que plantea que la mayoría de las personas dicen ser honestas la mayor parte del tiempo y que en una población solo hay unos pocos mentirosos compulsivos.
Desde 2004, las redes sociales se han convertido en uno de los principales espacios para interactuar con otras personas. Sin embargo, persiste la idea errónea de que comunicarse por internet o mediante la tecnología, en vez de hacerlo en persona, da lugar a interacciones sociales de menor cantidad y calidad.
A menudo, la gente cree que, por el simple hecho de usar la tecnología para interactuar, es más difícil encontrar honestidad y los usuarios no reciben un buen servicio.
Esta percepción no solo está equivocada, sino que tampoco cuenta con respaldo empírico. La creencia de que mentir es algo generalizado en la era digital sencillamente no concuerda con los datos.
