Busca “cambio climático” en YouTube y, en poco tiempo, probablemente encontrarás un video que niega su existencia. De hecho, en cuanto a la configuración de la conversación en línea sobre el cambio climático, un nuevo estudio sugiere que los negacionistas y los teóricos de la conspiración podrían tener ventaja sobre quienes creen en la ciencia. Los investigadores encontraron pruebas de que la mayoría de los videos de YouTube relacionados con el cambio climático se oponen al consenso científico de que este se debe principalmente a las actividades humanas.
El estudio pone de relieve el papel clave del uso de las redes sociales en la difusión de la desinformación científica. Y sugiere que los científicos y quienes los apoyan deben ser más activos a la hora de desarrollar formas creativas y convincentes de comunicar sus hallazgos. Pero, sobre todo, debemos preocuparnos por los efectos que la información científica manipulada con malicia puede tener en nuestro comportamiento, tanto individual como colectivo.
El reciente estudio de Joachim Allgaier, de la Universidad RWTH de Aquisgrán (Alemania), analizó el contenido de una muestra aleatoria de 200 videos de YouTube relacionados con el cambio climático. Descubrió que la mayoría (107) de los videos negaban que el cambio climático fuera causado por los humanos o afirmaban que era una conspiración.
Los videos que difundían teorías de la conspiración recibieron el mayor número de visualizaciones. Y quienes propagaban estas teorías utilizaban términos como “geoingeniería” para dar la impresión de que sus afirmaciones tenían una base científica cuando, en realidad, no la tenían.
Desinformación sobre salud
El cambio climático está lejos de ser el único ámbito en el que se observa una tendencia a que la desinformación en línea sobre la ciencia se imponga a los hechos científicamente válidos. Tomemos un tema como las enfermedades infecciosas y, quizás, el ejemplo más conocido: la vacuna triple vírica (sarampión, paperas y rubéola). A pesar de la gran cantidad de información en línea sobre la seguridad de la vacuna, las afirmaciones falsas sobre sus efectos nocivos se han difundido ampliamente y han provocado una fuerte caída de los niveles de vacunación en muchos países del mundo.
Pero no solo las teorías de la conspiración bien conocidas están causando problemas. En mayo de 2018, un alborotador se hizo notar en plena epidemia del virus Nipah, que acabó con la vida de 17 personas en el estado de Kerala, en el sur de la India. Duplicó el membrete del Oficial Médico del Distrito y difundió un mensaje según el cual el virus Nipah se transmitía a través de la carne de pollo.
En realidad, la postura científicamente establecida es que el murciélago frutero es el huésped del virus. Como el rumor infundado se difundió rápidamente por WhatsApp en Kerala y en estados vecinos como Tamil Nadu, los consumidores empezaron a desconfiar del consumo de pollo, lo que hundió los ingresos de los comerciantes locales de pollo.
Los efectos de la desinformación en torno a la vacuna triple vírica y al virus Nipah sobre el comportamiento humano no deberían sorprender, dado que sabemos que nuestra memoria es maleable. Nuestro recuerdo de los hechos originales puede ser sustituido por otros nuevos y falsos. También sabemos que las teorías de la conspiración ejercen un poderoso atractivo como pueden ayudar a las personas a dar sentido a los acontecimientos o problemas sobre los que sienten que no tienen control.
Este problema se agrava por los algoritmos de personalización que sustentan las redes sociales. Tienden a mostrarnos contenidos acordes con nuestras creencias y patrones de clics, lo que ayuda a reforzar la aceptación de la desinformación. Una persona escéptica respecto al cambio climático puede recibir un flujo cada vez mayor de contenidos que niegan que lo cause el ser humano, lo que la hace menos propensa a emprender acciones personales o a votar para abordar el problema.
Los rápidos avances en las tecnologías digitales también garantizarán que la desinformación llegue en formatos inesperados y con distintos niveles de sofisticación. Duplicar el membrete de un funcionario o utilizar estratégicamente palabras clave para manipular los motores de búsqueda en línea es solo la punta del iceberg. La aparición de desarrollos relacionados con la inteligencia artificial, como los DeepFakes (videos manipulados de gran realismo), probablemente dificultará mucho detectar la desinformación.
Entonces, ¿cómo abordamos este problema? El reto se complica por el hecho de que, simplemente, proporcionar información científica correctiva puede reforzar la conciencia de las personas sobre las falsedades. También debemos superar la resistencia derivada de las creencias ideológicas y los sesgos de las personas.
Las empresas de redes sociales están tratando de desarrollar mecanismos institucionales para contener la propagación de la desinformación. En respuesta a la nueva investigación, un portavoz de YouTube declaró: “Desde que se realizó este estudio en 2018, hemos introducido cientos de cambios en nuestra plataforma, y los resultados de este estudio no reflejan con precisión el funcionamiento actual de YouTube… Estos cambios ya han reducido en un 50 % las visualizaciones procedentes de recomendaciones de este tipo de contenido en Estados Unidos”.
Otras empresas han contratado a verificadores de datos en gran número, han concedido becas de investigación para estudiar la desinformación a académicos (incluido yo mismo), y se han bloqueado los términos de búsqueda de temas en los que la desinformación podría tener efectos nocivos para la salud han sido bloqueados.
Sin embargo, la persistente presencia de desinformación científica en las redes sociales indica que estas medidas no son suficientes. Como consecuencia, los gobiernos de todo el mundo están tomando medidas, que van desde la aprobación de legislación hasta el cierre de internet, para disgusto de los activistas de la libertad de expresión.
Los científicos deben implicarse
Otra posible solución podría ser afinar la capacidad de las personas para pensar de forma crítica, de modo que puedan distinguir entre la información científica real y las teorías de la conspiración. Por ejemplo, un distrito de Kerala ha puesto en marcha una iniciativa de alfabetización en datos en casi 150 escuelas públicas, con el objetivo de dotar a los niños de las habilidades necesarias para diferenciar la información auténtica de la falsa. Es pronto, pero ya existen indicios anecdóticos de que esto puede marcar la diferencia.
Los científicos también deben implicarse más en la lucha para garantizar que su trabajo no sea desestimado ni utilizado indebidamente, como en el caso de términos como “geoingeniería”, secuestrados por los negacionistas del cambio climático en YouTube. Las teorías de la conspiración se alimentan del atractivo de las certezas, por muy falsas que sean, mientras que la incertidumbre es inherente al proceso científico. Sin embargo, en el caso del consenso científico sobre el cambio climático, en el que hasta un 99 % de los climatólogos coinciden en que los humanos son responsables, tenemos algo tan cercano a la certeza como la ciencia puede ofrecer.
Los científicos deben aprovechar al máximo este consenso y comunicarse con el público mediante estrategias innovadoras y persuasivas. Esto incluye crear contenidos propios para las redes sociales que no solo cambien las creencias, sino que también influyan en los comportamientos. De lo contrario, sus voces, por muy muy respetadas, seguirán siendo silenciadas por la frecuencia y la virulencia de los contenidos producidos por quienes carecen de pruebas concretas.
