Como a muchos niños de siete años, a Emil Rustige le molesta que sus padres presten atención a sus teléfonos en lugar de a él. Pero, a diferencia de otros niños, Emil decidió llevar el asunto a la calle.
Con la ayuda de sus padres, Rustige organizó una manifestación el 8 de septiembre en su ciudad natal, Hamburgo (Alemania), a la que se sumaron 150 personas para animar a los padres a dejar sus teléfonos.
El lema de la manifestación: «¡Juega conmigo, no con el teléfono móvil!»
Ay.
Mientras los padres se angustian por cómo apartar de sus hijos los dispositivos digitales aparentemente adictivos, los niños están iniciando una especie de contrarrevolución: insisten en que sus padres controlen su propia obsesión por la tecnología. En una encuesta reciente en Estados Unidos sobre los hábitos de los adolescentes en las redes sociales, por ejemplo, el 33% de casi 1.000 encuestados de entre 13 y 17 años dijo que deseaba que sus padres dejaran sus dispositivos.
«Les molesta que sus amigos y sus padres estén en las redes sociales»,afirma Ron Dahl, director del Center on the Developing Adolescent de la Universidad de California, Berkeley. «Ven y sienten que no les prestan atención, y probablemente no se dan cuenta de que ellos también hacen lo mismo».
En efecto, puede que a la revolución juvenil le falte algo de autoconciencia. La misma encuesta reveló que el 16% de los adolescentes afirma usar las redes sociales «casi constantemente» y otro 22% dice que las consulta varias veces por hora. Aun así, el hecho de que tanto los niños pequeños como los adolescentes se quejen de los adultos distraídos arroja luz sobre un problema que a menudo se pasa por alto. Los padres son tan susceptibles como sus hijos al atractivo de las redes sociales y los teléfonos inteligentes; y, cuando sucumben, sus hijos suelen echarlos de menos.
Qué dice la ciencia sobre la tecnología y la crianza
Jenny Radesky, pediatra de la Facultad de Medicina de la Universidad de Michigan, estudia el efecto de la tecnología en las relaciones entre padres e hijos. Según un artículo que publicó en Pediatric Research junto con Brandon T. McDaniel, de la Universidad Estatal de Illinois, cuanto más a menudo informaban los padres de casos de «tecnoferencia» —la interferencia de los dispositivos tecnológicos en las interacciones sociales—, más problemas de conducta tenían sus hijos. No estaba clara la causalidad: o bien los padres recurren a la tecnología para evadirse de los problemas de sus hijos, o bien los padres inmersos en la tecnología tienen hijos más propensos a portarse mal.
En el estudio de dos años, que incluyó a 183 padres con un hijo menor de cinco años, el uso elevado de la tecnología por parte de los padres permitía predecir problemas de conducta leves, pero significativos, en los niños; estos se volvían cada vez más hiperactivos, se frustraban con facilidad y tenían más rabietas. El estudio también reveló que los padres podrían responder menos a sus hijos porque las distracciones digitales reducen las oportunidades de percibir sus emociones. «Los padres que usan con frecuencia dispositivos móviles durante las actividades con sus hijos mostraron una menor comprensión de los estados mentales y las intenciones de estos», concluyó.
A la inversa, el mal comportamiento de los niños llevaba a los adultos a recurrir a la tecnología, posiblemente para aliviar el estrés, lo que apunta a un posible círculo vicioso: los niños se portan mal porque no reciben mucha atención, lo que empuja a sus padres a distraerse con dispositivos digitales y, a su vez, provoca más mal comportamiento. El estudio señala: «Desde el punto de vista clínico, nuestros resultados sugieren que los dispositivos móviles y otras tecnologías digitales pueden servir para aliviar el estrés de los padres, pero al mismo tiempo pueden desplazar oportunidades de conexión entre padres e hijos que son importantes para la salud y el desarrollo infantil».
Por supuesto, puede que los padres sean más propensos a perderse en las redes sociales porque todo esto es muy nuevo para ellos. Mientras tanto, los jóvenes ya han dejado atrás Facebook y parecen mostrar algunos indicios de cansancio general ante las redes sociales. The Guardian citó una encuesta a 9.000 usuarios de internet algo mayores (18-24 años), realizada por la firma de investigación Ampere Analysis que reveló que las actitudes hacia las redes sociales habían cambiado mucho en dos años. En 2016, el 66% de los jóvenes estaba de acuerdo con la afirmación «las redes sociales son importantes para mí», frente a solo el 57% en 2018. Mientras tanto, el uso de las redes sociales entre los adultos se dispara: entre las personas de 45 años o más, la proporción de quienes dicen valorar las redes sociales aumentó del 23% al 28% en el último año, según la encuesta de Ampere. (Cabe señalar que las respuestas autodeclaradas en las encuestas no siempre son las más fiables).
Puede que toda esta distracción de los padres tenga un lado positivo. Sherry Turkle, profesora del programa de Ciencia, Tecnología y Sociedad del MIT y autora de Reclaiming Conversation: The Power of Talk in a Digital Age, dijo a Quartz que tiene más esperanzas en la próxima generación debido al ejemplo indeseable que los adultos están dando a los jóvenes. «Saben lo que se siente cuando tus padres no tienen tiempo para ti y, en su lugar, se quedan mirando el teléfono», dijo. «Creo que esa sensación de pérdida y de lo que cuesta, más que cualquier idea de “disciplina”, es lo que nos llevará a otro lugar».
El manifestante más pequeño
Emil Rustige contó a la prensa alemana que se le ocurrió organizar una manifestación después de asistir en mayo a una protesta antifascista. Vio que podía alzar la voz y les propuso la idea a sus padres, que decidieron apoyarlo. Su padre, pediatra de 37 años, registró la manifestación ante la policía. Aunque la familia no creía que fuera a atraer mucha atención, casi 400 personas manifestaron interés en Facebook y muchos medios alemanes publicaron la noticia.
El padre de Emil, Martin Rustige, dijo a Spiegel Online (enlace en alemán): «Lo que Emil me reprocha son esos momentos en que está conmigo, quizá intenta comunicarse conmigo y yo estoy completamente ausente, haciendo otra cosa».
«No me gusta que mi papá esté siempre trasteando con el teléfono», contó Ylvi Schmitt, de seis años, que asistió a la protesta, a Frankfurter Allgemeiner Zeitung (enlace en alemán). Su padre admitió que necesitaba «examinarse a sí mismo».
Como en muchos otros países, la adicción a la tecnología es un tema candente en Alemania. Los medios y los comentaristas se han centrado en el daño que los padres pueden causar a sus hijos por estar pegados al teléfono inteligente: desde los accidentes que ocurren cuando no les prestan atención hasta la influencia negativa en el desarrollo infantil. «Si los padres no responden al contacto visual de sus hijos, hay estudios que demuestran que los niños reaccionan con estrés físico y hormonal», explicó la psicóloga Catarina Katzer a la cadena pública Mitteldeutsche Rundfunk (enlace en alemán).
En enero de 2017, la Oficina de Juventud y Familia de la localidad de Augsburgo, en Baviera, lanzó una campaña con el lema «¡Habla con tu hijo!» en carteles que instaba a los padres a guardar sus teléfonos y mirar a sus hijos a los ojos y prestarles toda su atención.
Aunque es fácil imaginar que la protesta de Emil es una maniobra publicitaria ideada por sus padres, expertos en redes sociales, su padre se apresuró a señalar que todo esto no les deja precisamente en buen lugar. «Yo estaré al final de la manifestación, con la cabeza gacha, porque soy yo de quien se queja», dijo a Der Spiegel.
