Por qué esperar se ha convertido en un arte perdido

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La tecnología hace que la sociedad sea más eficiente, pero ¿avanzar cada vez más rápido es siempre algo tan bueno? Un nuevo libro explora la historia y examina los beneficios y las consecuencias de esperar. Delayed Response: The Art of Waiting from the Ancient to the Instant World, del profesor de la Universidad de Maryland-College Park Jason Farman, sostiene que la velocidad puede frenar la innovación y la creatividad porque la gente no se toma el tiempo para pensar. Participó en el programa Knowledge@Wharton de SiriusXM para explicar por qué a quien sabe esperar le llegan cosas buenas.

Image: Jason Farman

A continuación, una transcripción editada de la conversación.

Knowledge@Wharton: Todos recordamos las historias del Viejo Oeste y los tiempos del Pony Express, cuando había demoras en la entrega del correo. La comunicación ha sido una parte fundamental de nuestra cultura desde sus inicios.

Jason Farman: En la cultura estadounidense, la posibilidad de enviar mensajes en determinados periodos de tiempo moldeó profundamente la forma en que entendimos que éramos Estados Unidos. Para constituir una nación cohesionada, la entrega de mensajes fue una parte fundamental, sobre todo tras la introducción de los sellos postales en la década de 1840. Luego llegó la Guerra Civil, durante la cual los soldados escribían cartas a un ritmo extraordinario, realmente sin precedentes. Así se mantenía la gente en contacto mientras se dispersaba por el país y se dirigía al Oeste. Los mensajes y las infraestructuras para entregarlos fueron un componente fundamental de la historia estadounidense y de nuestra identidad como nación en desarrollo.

Knowledge@Wharton: A medida que se desarrollaba nuestra sociedad, las demoras en la comunicación disminuyeron, ¿verdad?

Farman: Esa era la impresión que tenía al comenzar el proyecto, sobre todo porque soy investigador de los medios digitales. Estudio las tecnologías móviles, los teléfonos celulares y cómo los usamos en el día a día. Al principio me fascinaba nuestro impulso de conectarnos al instante, la promesa que eso encerraba y cómo el tiempo parecía haberse comprimido en nuestra época. Y me preguntaba si había ocurrido lo mismo en épocas anteriores. ¿Hubo épocas en las que las demoras simplemente no formaban parte de lo que la sociedad esperaba?

Lo que acabé descubriendo fue justo lo contrario. Hay muchos paralelismos interesantes entre nuestra época y esas épocas pasadas, en las que las demoras al responder a la gente eran fundamentales para nuestra forma de conectarnos, para cómo entendíamos la intimidad a través de esas distancias geográficas y también para la configuración de la historia.

«En casi toda la cultura occidental, vemos las demoras y la espera como una interrupción de nuestras vidas»

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Me encontré con un episodio realmente interesante: el rey Enrique VIII intenta divorciarse de su esposa y hace que todas esas personas muy poderosas escriban una carta al papa para pedirle que le conceda la dispensa de divorcio. El papa decide simplemente demorar su respuesta. No le responde al rey Enrique VIII. Está ejerciendo su poder, su propia autoridad, al no responder, y eso moldeó la historia británica en aquel momento, porque Enrique VIII dijo: «¿Saben qué? Soy demasiado poderoso para esperarlo. Voy a separarme de la Iglesia católica y me proclamaré cabeza de la Iglesia de Inglaterra».

En realidad, todo dependió de cómo interpretó el rey Enrique VIII la demora del papa. Esto se repite una y otra vez a lo largo de la historia: las demoras cobran gran importancia en cuestiones de poder, en nuestras relaciones interpersonales y en cómo intercambiamos conocimientos.

Knowledge@Wharton: Otra cosa que menciona en el libro es el sistema de tubos neumáticos, una versión temprana de la mensajería de texto.

Farman:A partir de finales de la década de 1890, varias ciudades de Estados Unidos instalaron bajo tierra estos tubos, por los que se podían enviar hasta 20.000 cartas por minuto entre oficinas de correos. El sistema funcionaba todo el día. La gente simplemente echaba una nota al correo, marcada para entregarse por tubo neumático, y podía intercambiar una docena de mensajes en un solo día.

La gente sentía que esa época anunciaba la llegada de la mensajería instantánea, la posibilidad de conectarse a gran velocidad. En ese contexto, esos tubos neumáticos enviaban mensajes impulsados por aire comprimido en cápsulas de latón, junto con la tecnología dominante de entrega de mensajes de la época: el caballo y el carro. La gente sentía que vivía en el futuro, que de pronto esos tubos hacían realidad la promesa de una conexión instantánea.

Nuestro momento actual, con el intento de conectarnos al instante, está rodeado del mismo tipo de misticismo. Las industrias que impulsan nuestra época tecnológica recurren a las mismas promesas que se hacían desde finales de la década de 1890 hasta la década de 1950, cuando el sistema se desmanteló.

Knowledge@Wharton: ¿Cómo cambió una época como la Revolución Industrial este proceso de mensajería y demoras?

Farman:Una de las cosas que analizo a lo largo del libro es cómo estas tecnologías moldean nuestra capacidad para sincronizarnos. Si podemos medir el tiempo con mayor precisión y sincronizar nuestros horarios, eso transforma profundamente nuestras expectativas sobre cómo nos conectamos.

La Revolución Industrial fue un momento importante porque moldeó nuestra comprensión de la relación entre el trabajo y el tiempo. Se alcanza un nuevo nivel de sincronización porque es posible medir el tiempo con mayor precisión. Al mismo tiempo, se introducen los husos horarios.

A escala mundial, todos seguimos el mismo reloj, o al menos estamos más cerca de hacerlo que nunca. Cuando un trabajador llega ese día a la línea de montaje de la fábrica, ficha. Al final de la jornada, hace lo mismo. Medimos el tiempo y adoptamos la idea de empezar puntualmente, de sincronizarnos, de una manera que antes no conocíamos. Eso cambia tanto las expectativas en las relaciones interpersonales como el significado de ser trabajador y tener una jornada laboral.

Knowledge@Wharton:No cabe duda del impacto de las demoras en las operaciones militares. Hemos pasado de los tiempos de la Guerra de Independencia, cuando un mensaje podía tardar semanas en llegar a las tropas británicas que habían llegado a Estados Unidos, a enviar mensajes al ejército de forma instantánea.

Farman:La historia que más me llamó la atención al respecto ocurrió durante la Guerra de 1812. Se firmó una tregua, un tratado que puso fin a la guerra, y eso tuvo lugar en Europa. Los mensajes sobre ese tratado de paz tardaron semanas en llegar a Estados Unidos. Al final, la batalla de Nueva Orleans se libró semanas después de que la guerra ya hubiera terminado. No tuvo ningún impacto en la guerra. No determinó su desenlace, pero miles de soldados murieron debido a esa respuesta tardía.

Uno de los ejemplos más contundentes de la Guerra Civil ocurrió durante la batalla de Fredericksburg, en Virginia. El ejército de la Unión se acercaba, listo para lanzar un ataque sorpresa contra Fredericksburg, que quizá estaba defendida por 500 o 1.000 soldados confederados. El ejército entraría, arrasaría Fredericksburg, avanzaría hacia Richmond y pondría fin a la guerra. Pero no pudo cruzar el río. Era necesario construir un puente de pontones sobre el río Rappahannock, y ese puente tardó alrededor de un mes en llegar debido a las demoras en los mensajes. Al final, fue una derrota desastrosa para la Unión.

«La Revolución Industrial fue un momento importante porque moldeó nuestra comprensión de la relación entre el trabajo y el tiempo»

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En última instancia, las demoras moldean la historia de la humanidad de maneras profundas, sobre todo en los conflictos militares. La rapidez con que podemos hacer llegar mensajes a la gente determina el tipo de estrategias que se ponen en práctica. Para el soldado raso en el campo de batalla, los mensajes son el vínculo con la vida que dejó en casa; mantenerlo conectado con ella es fundamental para conservar cierto atisbo de vida normal.

Knowledge@Wharton: ¿Qué cree que piensa hoy la sociedad de las demoras?

Farman:En casi toda la cultura occidental, vemos las demoras y la espera como una interrupción de nuestras vidas. Nos impiden aprovechar el tiempo de forma productiva. Las percibimos como tiempo perdido que podríamos dedicar a otras cosas. Nos provocan aburrimiento, soledad o ansiedad. A veces sentimos que no tenemos ningún control sobre esas demoras.

En casi todos los casos, las demoras tienen una connotación muy negativa. El resultado final es que intentamos crear tecnologías que aceleren nuestras vidas y las hagan más eficientes, algo que solemos celebrar de forma muy positiva. Me encanta hacer una búsqueda en Google y satisfacer al instante cualquier curiosidad. Pero creo que la pregunta que impulsa mi investigación en el libro es: ¿qué costo tiene esa velocidad y el deseo de eliminar la espera? ¿Qué perdemos si dejamos de esperar?

Knowledge@Wharton: Hoy la gente está más ocupada que hace 20 o 30 años. Es una época muy difícil. Y si sumamos que todos tenemos teléfonos inteligentes y enviamos mensajes de texto, eso aumenta la angustia de muchos estadounidenses.

Farman:Así es. Un estudiante de posgrado me contó que su pareja había empezado un nuevo trabajo en una empresa tecnológica de Silicon Valley. El teléfono de su pareja recibía mensajes de texto a las 4 a. m. Tenía que levantarse y responder esas preguntas, a veces devolver llamadas en plena noche, y se esperaba que estuviera disponible en todo momento.

Con la llegada del correo electrónico y los mensajes de texto, con tecnologías que se adentran en nuestros hogares y nuestra vida privada, nos sentimos muy agobiados porque se espera que estemos disponibles en todo momento. En parte, la eliminación de la espera en nuestra sociedad responde al afán de convertirnos en ciudadanos productivos: el imperativo moral de usar el tiempo con sensatez. Eso está produciendo resultados que no previmos: nos sentimos increíblemente ocupados y sobrecargados y, por tanto, somos menos productivos. En realidad, usamos peor el tiempo. No innovamos en materia de conocimiento porque lo consumimos a un ritmo que no nos permite hacer gran cosa con él. Creo que el resultado es una población muy atareada, agobiada y ocupada que, en realidad, no es tan productiva ni innovadora como podría ser si cambiara su percepción y su relación con el tiempo.

Knowledge@Wharton: La comunicación digital nos da rapidez, pero también nos quita algo, porque no hablamos con la otra persona. Esa falta de contacto cara a cara se ha convertido en una carga para nuestra cultura.

Farman: De hecho, eso fue lo que dio origen al libro. Cuando empecé a dar clases a estudiantes universitarios, más o menos cuando salió el primer iPhone, me sorprendió mucho ver cuántos mensajes de texto enviaban mis estudiantes en un solo día. Enviaban cientos de mensajes al día. Les pregunté: ¿por qué no llaman a esas personas? ¿Qué ventaja tiene enviar mensajes de texto? ¿Por qué decidimos usar una tecnología que nos hace esperar en lugar de una tecnología sincrónica, en tiempo real, que nos permite hablar con la gente y oír las modulaciones del tono y la voz, o encontrarnos cara a cara y ver sus expresiones?

El tiempo que se introduce en esos intercambios de mensajes que hacen esas personas, y que ahora hago yo con mis propios mensajes, está llenando algunos de esos vacíos de la comunicación no verbal, en los que las demoras se interpretan como una señal. Creo que es un cambio realmente fascinante, y fue lo que me impulsó a escribir este libro desde el principio.

Knowledge@Wharton: No parece que esto vaya a mejorar en el futuro, debido a nuestra dependencia de la tecnología y a esa mentalidad de que cuanto más rápido, mejor.

Farman:Creo que, a lo largo de la historia, vemos que la gente ha sentido cosas parecidas a las que sentimos nosotros. En épocas pasadas, la gente sentía que vivía en una cultura acelerada, porque la tecnología no dejaba de aumentar nuestra capacidad para conectarnos con otras personas y con ideas, conocimientos y mensajes.

«Las pausas pueden ser muy productivas si replanteamos nuestra actitud hacia ellas»

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Sin embargo, en nuestra época también vemos un rechazo a esta cultura de la velocidad. Hay personas que intentan introducir demoras productivas. Por ejemplo, hay quienes impulsan movimientos que promueven la lentitud para reorientar nuestra forma de usar el tiempo. Estos movimientos abarcan desde la alimentación hasta una educación más pausada. También existe la publicación lenta, la idea de que quizá el ritmo de la carrera hacia la titularidad académica sea insostenible y fomente ciertos tipos de conocimiento en detrimento de otros.

Incluso en los movimientos religiosos hay personas que intentan adoptar las pausas, la meditación y un ritmo de vida más lento para reconocer qué se pierde en una cultura que valora lo instantáneo. Las pausas pueden ser muy productivas si replanteamos nuestra actitud hacia ellas.

Knowledge@Wharton: ¿Qué influencia tiene el correo electrónico?

Farman:Creo que la diferencia entre el correo electrónico y los mensajes de texto es significativa. Aunque tengamos el correo electrónico en el teléfono, el formato de los mensajes de texto permite cierta brevedad. Podemos enviar un mensaje rápidamente, mientras que los correos electrónicos a veces exigen una relación distinta con el contenido y con la cantidad de contenido que se espera que produzcamos.

Del mismo modo, ¿cuántas personas participan en una cadena de correos electrónicos frente al ámbito quizá más íntimo de los mensajes de texto? Además, los mensajes de texto están vinculados a tu número de teléfono, en lugar de limitarse a encontrar esa dirección de correo electrónico. Por eso creo que el correo electrónico genera expectativas muy distintas sobre cuánto tiempo se supone que debemos dedicarle, y realmente no logramos seguir el ritmo. Creo que, por su diseño, es una tecnología abrumadora y muy difícil de seguir en nuestra sociedad actual.

Knowledge@Wharton: ¿Qué papel desempeñan los medios de comunicación en este proceso?

Farman:Cuando observo el panorama mediático, el ritmo de los intercambios de conocimiento en los medios es extraordinario. Hay de todo: desde noticias justo a tiempo hasta la persona de a pie que se entera de lo que ocurre en Twitter, por ejemplo, en vez de acudir a un importante medio de comunicación. Las redes sociales compiten con la industria de las noticias en cuanto a la inmediatez, la rapidez con que pueden difundir información y lo que ocurre en determinados tipos de acontecimientos.

Lo que vemos es un ritmo cada vez más acelerado para difundir noticias, ya sea por los problemas de verificación o por la necesidad de seguir el ritmo del momento. Durante los dos últimos años, en este momento concreto y con esta presidencia, el ritmo de las noticias se ha vuelto verdaderamente extraordinario y resulta muy interesante observarlo. No podemos tomarnos esas pausas porque tenemos que seguir el ritmo; la industria de las noticias tiene que mantenerse al día con los últimos acontecimientos. Esto está transformando lo que le ha ocurrido a la industria en su conjunto. Es un panorama radicalmente distinto.

Knowledge@Wharton: No nos da la oportunidad de desconectarnos. Siempre estamos conectados, y eso es algo que estamos transmitiendo a nuestros hijos.

Farman:No se puede exagerar el efecto práctico o emocional de eso. Estar siempre conectado y sentir que la última alerta de noticias que llega a mi teléfono puede cambiarme el día porque todas estas cosas están ocurriendo a mi alrededor... A veces siento que no puedo hacer nada al respecto.

Recibimos esta información durante todo el día. ¿Qué hacemos con ella? ¿Qué se supone que debemos hacer con el conocimiento que obtenemos en Google o con las noticias que escuchamos en la radio, leemos en el periódico o vemos en Twitter? No creo que nos demos tiempo suficiente para responder a esa pregunta. No sabemos qué hacer con esa información, así que seguimos dejándonos arrastrar hacia este futuro, con la sensación de que no tenemos capacidad de acción para cambiar las cosas ni para intervenir.

Pienso en el desgaste emocional de estar siempre conectado y no poder detenerse un momento ante algo para pensar: ¿qué hago con esto? ¿Cómo puedo innovar a partir de ello? ¿Cómo transformo las cosas? ¿Cómo puedo hacer algo? Siento que me bombardean sin parar durante todo el día. Las pausas son esenciales para nuestro bienestar emocional y para que podamos hacer algo con este conocimiento.

Si las industrias adoptaran esa perspectiva, veríamos la innovación avanzar a otro ritmo. Consideramos improductivos los descansos, los tiempos de espera o simplemente sentarnos a soñar despiertos. Si, en cambio, los adoptáramos como momentos productivos, veríamos cambios enormes en determinadas industrias.

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