Según el filósofo alemán Georg Wilhelm Friedrich Hegel, lo que aprendemos de la historia es que no aprendemos nada de la historia. Año tras año, vemos cómo esto se repite en el sector de los viajes: cuando se trata de mantener a salvo a los viajeros, seguimos cometiendo los mismos errores.
En 1993, cuando Ramzi Yousef perpetró el primer atentado contra el World Trade Center, lo hizo tras entrar en Estados Unidos con un pasaporte iraquí robado. En 2004, Alan Jay Horowitz huyó de Estados Unidos mientras estaba en libertad condicional, después de haber pasado 13 años en prisión por varios cargos de abuso sexual infantil. Años más tarde, tras viajar extensamente por Asia, fue detenido en India en posesión de un pasaporte británico robado. Nunca sabremos cuántos niños sufrieron abusos sexuales como consecuencia de su capacidad para viajar libremente por el mundo con ese pasaporte.
Una y otra vez, delincuentes, terroristas y fugitivos recurren a documentos de viaje robados o extraviados. Y, sin embargo, aunque sabemos lo peligrosos que pueden ser estos documentos en las manos equivocadas —el Informe de la Comisión del 11-S señaló que para los terroristas son «tan importantes como las armas»—, no se está haciendo lo suficiente.

Hoy, cuando viajas, tienes que tirar los líquidos, quitarte el cinturón y los zapatos y pasar por un escáner de rayos X. Los controles de acceso están fuertemente vigilados. Las entradas de las terminales, los depósitos de combustible y las instalaciones para guardar equipaje están bajo vigilancia constante.
Pero a menudo se pasa por alto otra medida aún más sencilla. En 2002, INTERPOL creó la Base de Datos de Documentos de Viaje Robados y Perdidos. Con un simple escaneo, las autoridades pueden comprobar si una persona intenta viajar con un documento que no le pertenece. Por sencilla que sea, esta medida no se aplica sistemáticamente en la mayoría de los aeropuertos, lo que deja un enorme e inexplicable agujero en los sistemas de seguridad en los que confían los pasajeros de todo el mundo.
El hecho de que los países no verifiquen sistemáticamente los documentos de identidad deja sola a la industria del transporte aéreo frente a esta amenaza, lo que provoca retrasos y trastornos para los pasajeros. La situación ya es grave y corre el riesgo de volverse inmanejable, pues se prevé que el número de pasajeros alcance casi los 2.000 millones para 2030.
Entonces, ¿dónde está la solución? En todo el mundo, los organismos encargados de hacer cumplir la ley y las agencias fronterizas afrontan recortes presupuestarios, pero aun así se espera que hagan más con menos. Al mismo tiempo, las consideraciones políticas y las rivalidades entre organismos suelen impedir que se adopten las soluciones más sensatas, pese a décadas de innovación, una revolución digital mundial y las numerosas ocasiones en que la industria de la aviación ha sido blanco del terrorismo.
Ha llegado el momento de cambiar, y los pasajeros deben ocupar un lugar central en este proceso.
En colaboración con los Estados, los pasajeros deberían tener control compartido de su registro biométrico digital mediante sistemas avanzados de autorización de visados, que les permitan «enviar» esta identidad virtual a las autoridades para obtener una autorización previa. De este modo, el pasajero ayuda a conectar la información y nos permite centrar mejor la atención en quienes representan una amenaza, al tiempo que se reducen los trastornos.
Permitir que los pasajeros participen voluntariamente en un programa de intercambio de datos biométricos que posibilite verificaciones de identidad más rápidas y precisas añadiría otra capa de seguridad a la aviación y las fronteras.
A mi juicio, las fronteras internacionales están en una encrucijada, al igual que nuestra seguridad mundial. Podemos seguir ignorando los riesgos asociados o impulsar un cambio a gran escala y demostrar que la tecnología y los sistemas de seguridad pueden trabajar para nosotros y con nosotros.
Los pasajeros pueden formar parte de la solución, mitigando los riesgos y garantizando que las fronteras no sean una puerta abierta a las amenazas, sino una vía hacia las oportunidades.
Lee el Informe sobre competitividad en viajes y turismo 2017 aquí.
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