Distinguir las noticias verdaderas de las falsas en nuestras redes sociales no es fácil.
Los actores malintencionados utilizan nuestra psicología en nuestra contra para hacernos creer que las noticias falsas son verdaderas.
Al seguir las teorías de la cognición humana y las ciencias del comportamiento, podemos calcular medidas cuantitativas y aplicar técnicas de procesamiento del lenguaje natural para ayudar a detectar noticias falsas.
¿Cómo podemos evitar que nos engañen las noticias falsas? Nuestras redes sociales están inundadas de información y es casi imposible distinguir lo que es real de la información poco fiable.
El problema no se debe tanto a los contenidos falsos como a que los actores malintencionados intentan utilizar nuestra psicología en nuestra contra. Esto explica por qué la desinformación se propaga seis veces más rápido en las redes sociales que la información fiable. Por si fuera poco, la desinformación se crea en mayor cantidad (el problema del volumen), en muchas tipologías (el problema de la amplitud) y con más rapidez (el problema de la velocidad) de la que tenemos para contrarrestar su contenido. A pesar de ello, hay algunas pistas que pueden indicarnos si el autor de un artículo intenta engañarnos aprovechándose de nuestra psicología.
Al seguir las teorías de la cognición humana y las ciencias del comportamiento, podemos calcular medidas cuantitativas y aplicar técnicas de procesamiento del lenguaje natural para ayudar a detectar noticias falsas. Por ejemplo, el modelo de capacidad limitada del procesamiento mediado de mensajes motivados propone que las distintas características estructurales y funcionales de un texto requieren diferentes esfuerzos cognitivos para que nuestro cerebro las procese. Es decir, no todos los textos tienen la misma complejidad. Un libro para niños pequeños, por ejemplo, tiene una estructura más sencilla que un artículo científico. El problema es que en las redes sociales las personas tendemos a minimizar el esfuerzo que dedicamos a procesar la información. Esto explica por qué el contenido más sencillo se vuelve más viral.
Sin embargo, nuestra psicología también es susceptible a la influencia de las emociones. Los estudios muestran que el contenido con un alto nivel emocional se vuelve más viral, lo que explica por qué las redes sociales se consideran fuentes de «contagio emocional a gran escala». Cuando nos exponemos a información con un alto contenido emocional, nuestra psicología se vuelve menos racional y esto reduce nuestra capacidad para distinguir lo verdadero de lo falso. Conscientes de ello, quienes crean contenidos falsos intentan explotar las emociones en nuestra contra. En un estudio reciente, intentamos revelar las estrategias que siguen distintos tipos de desinformación, lo que llamamos «las huellas dactilares de la desinformación». Para ello, utilizamos más de 92.000 contenidos de noticias falsas, divididos en siete categorías: ciberanzuelos, teorías conspirativas, noticias falsas, discursos de odio, pseudociencia, fuentes fiables y rumores. Después los comparamos con noticias verdaderas en cuanto a la evocación de emociones y el esfuerzo cognitivo.
Las huellas dactilares de la desinformación
Mediante el procesamiento del lenguaje natural, calculamos en qué medida las distintas categorías de desinformación difieren de las noticias verdaderas en cuanto a la evocación de emociones (análisis del sentimiento y apelación a los valores morales) y al esfuerzo cognitivo necesario para procesar el contenido (complejidad gramatical y diversidad léxica). Los resultados indican que hay grandes diferencias entre los contenidos falsos y los verdaderos:
Como se observa en este gráfico, casi todos los tipos de desinformación tienen una estructura gramatical más sencilla que las noticias fiables. Esto facilita su procesamiento, porque exige menos esfuerzo cognitivo al usuario. Asimismo, todos presentan un 15% menos de diversidad léxica, lo que reduce aún más el esfuerzo cognitivo necesario para procesarlos. Si observamos la evocación de emociones, los resultados indican que la desinformación es mucho más emocional que las noticias verdaderas. De hecho, su sentimiento es diez veces más negativo. Además, y esto es importante, apela un 37% más a la moralidad del lector. Es decir, intenta influir psicológicamente en el usuario mediante ideas que transmiten un ataque a la identidad social individual del lector (género, religión, nacionalidad, etc.).
Los artículos con un alto contenido negativo y que apelan a la identidad social se parecen al siguiente ejemplo, tomado de uno de los artículos analizados que informaba sobre un tiroteo contra dos agentes de policía franceses: «(…) Su candidatura [en referencia a Marine Le Pen] ha sido un levantamiento contra la invasión islamista orquestada por los globalistas en la UE y la consiguiente pérdida de soberanía. La UE es responsable de la avalancha de terroristas e islamistas que llegan a Francia (…)» Por suerte, estos mismos resultados nos ayudan a formular varias recomendaciones para evitar que nos engañen quienes crean desinformación y manipulan nuestra psicología. A partir de la estructura de los resultados anteriores, se pueden formular las siguientes recomendaciones para evitar que nos engañe la desinformación:
Desconfía de los contenidos con una estructura gramatical y léxica deficiente
Quienes crean desinformación saben que, cuando navegas por las redes sociales, no vas a dedicarle todo el esfuerzo que dedicarías en otras situaciones; al fin y al cabo, has acudido a ellas para informarte o divertirte, no para trabajar. Por eso intentan que procesar el contenido no te suponga un gran esfuerzo cognitivo. Así, resulta más atractivo para tu cerebro y aumenta la probabilidad de que lo creas y lo compartas con otros miembros de tu red. No se trata de que todo el contenido de internet deba ser complejo, sino de saber identificar el que resulta sospechosamente sencillo.
No confíes en las noticias que intentan provocarte alguna emoción o apelar a tus valores morales
Toda la investigación en ciencias del comportamiento muestra que los seres humanos no somos tan racionales como creemos. Nuestras emociones influyen mucho en nuestros procesos mentales y en la toma de decisiones. Por eso, quienes crean contenidos falsos intentan explotarlas para impedir que distingamos racionalmente si el contenido que leemos es verdadero o no. Apelan a nuestras emociones intentando provocar ira, miedo o tristeza para nublar nuestra razón. También emplean estrategias que nos hacen sentir que nuestra identidad social —nuestra nacionalidad, nuestro género, nuestras opiniones— está en peligro, y crean la sensación de que hay enemigos fuera de nuestro grupo que amenazan nuestra propia existencia. De nuevo, esta sensación de estar bajo ataque activa mecanismos de nuestra psicología que nos hacen comportarnos de forma menos racional y reducen nuestra capacidad para distinguir lo real de lo falso.
Así pues, los resultados del estudio muestran que es importante estar alerta al navegar por internet, especialmente en las redes sociales, y saber detectar cuándo alguien intenta aprovecharse de nuestra psicología. Para ello, hace falta actuar individualmente, pero también como sociedad.
En primer lugar, las empresas de redes sociales deben ser conscientes de que sus plataformas dan acceso a información como nunca antes en la historia de la humanidad —algo increíblemente beneficioso—, pero también de que actores malintencionados las utilizan para explotar la psicología de los usuarios con fines económicos o políticos. Por otro lado, los resultados también hacen un llamamiento a quienes toman decisiones en el ámbito público para que se preocupen más por los niveles alarmantemente bajos de alfabetización mediática de la población. La tecnología avanza mucho más rápido que nuestra psicología, nuestros sistemas educativos o nuestras políticas. Esto generará problemas para nuestras sociedades si no nos esforzamos más por resolver los desafíos que ya tenemos y los que nos esperan.

