Cómo está cambiando tu trayecto al trabajo

Passengers wait to board a train at St Pancras International railway station, London, Britain, January 26, 2018. REUTERS/Peter Cziborra
Our commutes can shift our values.Image: REUTERS/Peter Cziborra
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Pocas actividades que jalonan nuestra vida cotidiana se han ganado una notoriedad tan dudosa como los desplazamientos al trabajo. Que las palabras «infierno» y «pesadilla» se utilicen a veces para describir los trayectos de ida y vuelta al trabajo indica hasta qué punto suele despreciarse esta parte de nuestras vidas. A menudo, los desplazamientos al trabajo se han descrito en términos distópicos, como símbolo de todo lo que resulta estresante y agotador en nuestras rutinas cotidianas contemporáneas.

Estos trayectos suelen estar tan profundamente rutinados que rara vez nos detenemos a pensar en ellos. Los investigadores han explorado temas como el vínculo entre los desplazamientos al trabajo y nuestro bienestar: los primeros menoscaban significativamente el segundo.

También hay estadísticas, como los tiempos de viaje entre ciudades. Por ejemplo, una encuesta en Londres informó que, en promedio, los trabajadores británicos pasan un año y 35 días desplazándose 308.607 kilómetros a lo largo de su vida. Otros estudios indican que el trabajador medio en Gran Bretaña pasa 139 horas al año desplazándose al trabajo, el equivalente a 19 jornadas laborales estándar.

Esta información ofrece una visión panorámica de nuestros desplazamientos. Más allá de estos diagnósticos generales, se sabe poco sobre cómo los desplazamientos al trabajo están transformando la vida urbana. Si nos acercamos, empezamos a apreciar que el trayecto de ida y vuelta al trabajo es una esfera extraña y liminal de la vida cotidiana, rebosante de todo tipo de acontecimientos y encuentros que, para bien o para mal, influyen en quiénes somos.

Espacios liminales

Oír por casualidad una conversación extraña en voz baja. Ver los primeros rayos del sol de la mañana mientras escuchamos a nuestro artista favorito. Volver a cruzar por un instante la mirada con la persona sentada allí. Advertir a medias que a la persona del coche que se ha detenido junto al nuestro en el semáforo le corren lágrimas por las mejillas.

Estos encuentros aparentemente insignificantes son importantes porque pueden transformarnosde maneras sutiles, pero poderosas. Pueden sacarnos de nosotros mismos, entrelazar nuestros propios dramas con las vidas de otras personas e intensificar nuestra sensación de conexión con mundos que van más allá del nuestro.

Todos los encuentros que vivimos durante nuestros desplazamientos, todos los entornos de tránsito por los que nos movemos, nos afectan y dejan huella. Aunque en el momento no seamos conscientes de cómo nos ha afectado un acontecimiento, quizá lleguemos a darnos cuenta, a veces mucho después, de la fuerza que tuvo. Con el tiempo y a fuerza de repetirlo, lo que vivimos pasa a formar parte de quienes somos, y quienes somos pasan a formar parte de los entornos por los que nos movemos.

Esto significa que los trayectos al trabajo y los sistemas de transporte, en lugar de trasladarnos pasivamente, nos están cambiando de forma activa.

A mediados del siglo XX, cuando los suburbios de las ciudades crecían rápidamente, el filósofo Henri Lefebvre temía que el alargamiento consiguiente de los desplazamientos al trabajo fuera una señal de que las exigencias laborales nos estaban arrebatando el tiempo libre. Sin embargo, lejos de ser un espacio de «tiempo muerto» provocado por el trabajo, como a menudo han supuesto los economistas, desplazarse al trabajo es un momento en el que realizamos todo tipo de actividades, laborales y recreativas, que dan forma a quienes somos.

Nuestros desplazamientos están repletos de actividades que los entornos por los que nos movemos hacen posibles y, a la vez, limitan. Si profundizamos en ellas, descubrimos una miríada de motivaciones: desde los obstinados pactos que quizá hagamos con nosotros mismos para aprovechar productivamente el trayecto, hasta esa sensación menos voluntaria y más fortuita de dejarnos llevar, una vez más, por el gesto de deslizar el dedo por un carrusel de publicaciones en las redes sociales del teléfono.

Mi libro, publicado recientemente, Vida en tránsito: cómo los desplazamientos al trabajo están transformando nuestras ciudades, se basa en cuatro años de investigación sobre las experiencias de desplazamiento al trabajo en Sídney. En lugar de evaluar si estas experiencias son intrínsecamente buenas o malas, la investigación me enseñó que, al igual que un prisma, los desplazamientos refractan muchos otros aspectos de nuestras vidas.

Cómo nos cambian los desplazamientos al trabajo

Una mujer a la que entrevisté me contó que su nuevo trayecto al trabajo era mucho más corto que el anterior, así que tenía que quedarse sentada unos minutos en el coche al llegar. Sentía que había llegado demasiado rápido y ansiaba disponer de más tiempo para hacer la transición.

Otra mujer me contó que se había cansado del bombardeo sensorial de conducir al trabajo. Decidió pasarse al tren, lo que alargó su trayecto una hora y diez minutos. Pero así tenía tiempo para devorar novelas.

También estaba el hombre que hizo un curso de ciclismo para desplazarse al trabajo y reducir la profunda ansiedad que le provocaba ir en bicicleta por un tráfico peligroso. Esto acabó siendo el catalizador de su decisión de emprender una nueva carrera profesional ayudando a otras personas que querían ir al trabajo en bicicleta a desenvolverse en el tráfico.

Otra mujer lamentaba que su largo trayecto en coche y luego en tren le quitara tiempo que de otro modo podría pasar en casa. Sin embargo, hablaba con mucho cariño del sentido de comunidad que se había creado a lo largo de los años en su vagón, y de cómo los pasajeros se cuidaban entre sí, asegurándose de que nadie se quedara dormido y se pasara de su parada.

Afirmar que desplazarse al trabajo es una actividad positiva o negativa oculta su naturaleza fundamentalmente indeterminada. Puede cansarnos, agotarnos y salirnos caro, pero también puede animarnos, entusiasmarnos y llenarnos de energía. A la vez veneno y remedio, el trayecto al trabajo es una zona donde salen a la luz las tensiones y contradicciones, las diversas influencias y los deseos que constituyen nuestras vidas.

La multitud de acontecimientos y encuentros que vivimos en nuestros desplazamientos puede llevarnos a hacernos preguntas que nos tocan en lo más hondo. ¿Por qué me irritó lo que hizo esa persona? ¿Qué tuvo el trayecto de hoy para hacerme sentir en paz?

Un enfrentamiento puntual durante el trayecto puede alterarnos y frustrarnos, pero la exposición repetida a un entorno amenazante puede cambiar nuestro carácter de forma mucho más marcada. Un trayecto largo al trabajo de vez en cuando puede ser bastante llevadero, pero repetirlo durante años puede reconfigurar de forma más fundamental nuestras motivaciones y deseos.

Nuestros desplazamientos llegan a interpelarnos de maneras que pueden cambiar nuestros valores, hacernos replantear qué es lo que de verdad nos importa y permitirnos reevaluar lo que significan para nosotros el trabajo, las relaciones y las comunidades. Atrapados en el tráfico, quizá sea solo cuando nos sentimos más limitados o más abatidos cuando se nos presente una nueva forma de seguir adelante con la vida.

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