En 1798, Thomas Malthus publicó Ensayo sobre el principio de la población, en el que predijo que, mientras la población crecería geométricamente, la producción de alimentos solo lo haría aritméticamente.
En términos más sencillos, la población mundial superaría rápidamente nuestra capacidad para alimentarla.
Según Malthus, esto daría lugar a «estaciones insalubres, epidemias, pestilencia y plagas» y, finalmente, a una «gigantesca hambruna inevitable».
A pesar de este sombrío pronóstico, han pasado más de 200 años y la innovación agrícola ha logrado mantenerse por delante del crecimiento de la población.
Revolución Verde
A mediados del siglo XX, el pronóstico de Malthus empezó a ser motivo de preocupación.
El rápido crecimiento de la población amenazaba la seguridad alimentaria mundial. Esta amenaza quizá era más grave en India, un país al borde de una hambruna masiva.
En respuesta, Norman Borlaug, agrónomo estadounidense, encabezó una serie de iniciativas que hoy se conocen como la Revolución Verde.
Mediante una combinación de mejoramiento de plantas, fertilizantes sintéticos, productos químicos agrícolas y, más recientemente, rasgos genéticamente modificados, la producción agrícola aumentó de forma drástica.
Borlaug y otras personas, a quienes hoy se atribuye haber salvado más de mil millones de vidas, desarrollaron las tecnologías que han llegado a definir la agricultura moderna.
Estancamiento de la innovación
Aunque la Revolución Verde quizá haya evitado una crisis alimentaria mundial, muchas de sus tecnologías han suscitado preocupaciones ambientales y sanitarias.
En su libro Primavera silenciosa, Rachel Carson llamó la atención sobre los peligros ambientales de un pesticida que ganó popularidad en la década de 1950: el DDT. Para 1972, esta sustancia química estaba prohibida para uso agrícola en Estados Unidos.
Además, la escorrentía de nitrógeno procedente de los fertilizantes sintéticos ha provocado proliferaciones de algas en océanos, lagos y ríos. Estas proliferaciones reducen los niveles de oxígeno y generan zonas muertas, donde las plantas y los animales acuáticos ya no pueden sobrevivir. Conservacionistas y organismos reguladores se afanan por abordar este problema.
A estas preocupaciones generalizadas se suma que la innovación en las cuatro tecnologías agrícolas que hicieron posible aquella Revolución Verde se ha estancado en gran medida.
Estas tecnologías parecen incapaces de alimentar a la población mundial prevista para 2050.

Así pues, nos enfrentamos a un doble desafío: ¿cómo aumentamos la productividad agrícola mundial y cómo lo hacemos sustituyendo muchas de las tecnologías responsables de nuestros aumentos de rendimiento más recientes?
Afortunadamente, las tecnologías emergentes —en particular las derivadas de la microbiología y la tecnología de la información— nos permiten aumentar la productividad de una manera más sostenible para el medio ambiente, más beneficiosa para la salud de los consumidores y más rentable para los productores.
Preferencias de los consumidores
Vincular las preferencias de los consumidores con la rentabilidad de las explotaciones agrícolas es esencial para impulsar la adopción de estas nuevas tecnologías.
El mercado orgánico pone de relieve el poder de esta conexión.
En el caso de las frutas y verduras especiales, los consumidores de productos orgánicos han demostrado estar dispuestos a pagar un precio superior por cultivos producidos de una manera que beneficia al medio ambiente.
Este sobreprecio incentiva a los agricultores a cultivar con métodos orgánicos, pese a que esos cultivos son más difíciles de producir y suelen dar menores rendimientos.
La disposición de los consumidores a expresar su opinión con su dinero puede influir directamente en las decisiones de gestión de los productores.
En la mayoría de los cultivos básicos actuales existe una marcada desconexión entre las preferencias de los consumidores y las prácticas de los productores.

Mejor informados
La mayor parte de las calorías del mundo procede del trigo, el arroz, el maíz y la soja. La mayoría de estos cultivos se producen y comercializan como productos básicos, sin diferencias de calidad ni sobreprecio asociado a prácticas agrícolas sostenibles para el medio ambiente o que prioricen la salud.
Pero, a medida que los consumidores estén mejor informados y se interesen más por el origen de sus alimentos, influirán también en los cultivos básicos.
Este movimiento ya ha comenzado.
Fabricantes como General Mills, Mars y Kellogg afrontan suficiente presión de los consumidores como para implantar el etiquetado de ingredientes genéticamente modificados.
Minoristas como Patagonia venden con éxito productos a precios superiores tras adoptar normas respetuosas con el medio ambiente. Patagonia se adelantó a esta tendencia y, desde 1996, utiliza exclusivamente algodón orgánico en sus populares prendas para actividades al aire libre.
Tecnologías digitales
Las tecnologías digitales actuales permitirán una conexión más directa entre las preferencias de los consumidores y la forma en que se cultivan nuestros alimentos.
Con cadenas de suministro virtuales, la transparencia de nuestro sistema alimentario aumentará enormemente.
Los bienes físicos y la información circularán libremente y con facilidad, lo que permitirá rastrear todo. Podremos seguir con precisión cada fanega de grano, desde el campo hasta nuestra panera, y entender cómo se produjo.
Esto permitirá a los consumidores tomar decisiones bien fundamentadas.
También permitirá a los productores hacerlo.
Por primera vez, los agricultores de cultivos básicos podrán cambiar sus prácticas de gestión y vender a precios más altos. Podrán dejar atrás el negocio de los productos básicos y producir un cultivo de mayor valor, para el que existe una gran demanda de los consumidores.
La conexión esencial entre las prácticas agrícolas y las preferencias de los consumidores acelerará enormemente la adopción de nuevas tecnologías sostenibles en la agricultura.
La agricultura replanteada que resulte de ello nos permitirá no solo alimentar al mundo, sino hacerlo de una manera más beneficiosa para los agricultores, los consumidores y el planeta.
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