La sorprendente verdad sobre la lucha contra la obesidad

An employee prepares a sandwich with French fries at the Isla Burger Halal fast-food in Nice, France, September 25, 2017. REUTERS/Eric Gaillard - RC16C186D140
Inner-city environments bombard children with opportunities to eat fattening foodImage: REUTERS/Eric Gaillard
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Hace cuarenta años, alrededor de 1 de cada 100 niños tenía obesidad. En el mundo, ahora la cifra se acerca a 6. ¿Y en el Reino Unido? 20.

Trabajo en una de las mayores fundaciones benéficas del Reino Unido. Trabajamos en el centro de Londres en complejos desafíos de salud urbana. Nuestro modelo consiste en poner a prueba y explorar ideas, y compartir lo que descubrimos con otras personas que trabajan en zonas urbanas similares, tanto en el Reino Unido como a nivel internacional.

Estamos en los primeros años de un programa de una década para abordar la obesidad infantil en nuestros barrios. Nos centramos en la obesidad infantil porque Londres tiene las tasas más altas de cualquier gran ciudad del mundo, porque afecta de forma desproporcionada a las comunidades más desfavorecidas y porque sus efectos perduran toda la vida.

Para orientar nuestro trabajo, durante el último año hemos investigado qué hay detrás de las tasas de obesidad infantil en las zonas urbanas céntricas y, igual de importante, qué medidas funcionan para abordarlas. Y las conclusiones – extraídas de las ciencias del comportamiento, la experiencia vivida y el trabajo de profesionales destacados – son fascinantes. Nos indican que debemos replantear y reconsiderar el problema.

Cómo se plantea el problema

En la opinión pública hay una idea muy clara sobre la obesidad infantil: que es un problema de las personas, de falta de fuerza de voluntad y de malas decisiones. Y si se plantea así el problema, la respuesta es sencilla: explicar a la gente cuál es la opción correcta y dejar el resto en sus manos.

El problema es que esta narrativa sencilla pasa por alto gran parte de la evidencia de las ciencias del comportamiento: la obesidad infantil es una respuesta normal a entornos anormales. La forma en que consumimos alimentos a menudo no es una decisión consciente. Más bien, es una respuesta automática a estímulos de nuestro entorno; y los entornos urbanos céntricos nos bombardean cada vez más con una cantidad abrumadora de oportunidades para consumir alimentos con muchas calorías y realizar poca actividad física.

Pero quizá lo más fascinante sea preguntar a personas con experiencia directa de estos entornos urbanos céntricos, a menudo desfavorecidos y causantes de obesidad, qué creen que provoca la obesidad infantil. ¿Su respuesta? Que es un problema de las personas, de falta de fuerza de voluntad y de malas decisiones.

Esto es significativo. Muestra que es habitual plantear la obesidad infantil como un problema de las personas, sin tener en cuenta los entornos en que viven. Por eso debemos cambiar esa narrativa si queremos lograr avances significativos.

Image: MoreLife

El problema de la desigualdad

La obesidad infantil es un problema en todas partes, pero a menudo resulta contraintuitivo lo estrechamente que está vinculada a la pobreza. En el Reino Unido, por ejemplo, los niños de zonas más pobres tienen el doble de probabilidades de tener obesidad que los de zonas más ricas. Esta «brecha de privación» en la obesidad infantil ha aumentado un 50 % en los últimos 10 años.

Y es especialmente pronunciada en los entornos urbanos céntricos. Tomemos como ejemplo Dulwich Green, un barrio acomodado del sur de Londres. El ingreso medio por hogar es de £60,000; 1 de cada 5 residentes pertenece a una minoría étnica, y 1 de cada 10 niños tiene obesidad. Compárese con Camberwell Green, otro barrio a poca distancia. Allí, el ingreso medio por hogar es de £30,000; 3 de cada 5 residentes pertenecen a una minoría étnica, y 1 de cada 3 niños tiene obesidad: la tasa más alta de Europa.

Esto importa porque la evidencia de las ciencias del comportamiento sugiere que la escasez agrava las malas decisiones, y que las familias de zonas desfavorecidas cuentan con menos recursos cognitivos para protegerse de entornos poco saludables. Las enormes presiones de simplemente salir adelante hacen que muchas personas no tengan capacidad mental para tomar decisiones saludables. Por eso, si queremos lograr avances significativos, debemos romper el vínculo entre la pobreza y la obesidad, y centrar los esfuerzos donde más se necesitan.

Medidas acumulativas, a largo plazo y coordinadas

Pero debemos ser optimistas, porque muchas ciudades del mundo han logrado avances considerables para combatir la obesidad infantil.

La lección común que destaca en todos esos casos es cuántos actores distintos deben participar. Todos influimos en los entornos por los que pasan nuestros hijos: el hogar, la escuela y las calles. Esto puede parecer abrumador, o podemos verlo de forma más positiva: cada uno puede aportar su parte. Y la evidencia muestra que, aunque el problema es complejo, las soluciones no tienen por qué serlo.

Lo más importante parece ser empezar, centrarse en cambios graduales y sostenibles, y abordar de la forma más integral posible los numerosos factores que contribuyen al exceso de peso poco saludable.

Por ejemplo, en los últimos cinco años, Ámsterdam ha construido más carriles para bicicletas, cambiado las empresas de catering escolar, prohibido los anuncios de comida basura dirigidos a los niños, modificado la ubicación de los productos en las tiendas y nombrado a más de 300 embajadores de salud voluntarios. ¿El resultado? Una reducción cercana al 10 % en los niveles de obesidad.

Un punto de inflexión

Este es un momento importante para la obesidad infantil: en todo el mundo está cobrando impulso la voluntad de hacer lo necesario. Esperamos que estos tres puntos —que debemos centrarnos en los entornos; que debemos redoblar los esfuerzos para abordar la brecha de privación; y que es posible avanzar, pero solo mediante un esfuerzo acumulativo y colectivo— marquen un punto de inflexión significativo, tanto en lo que debemos hacer como en la manera de hacerlo.

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