Lena, de doce años, crece en la pobreza y sufre malnutrición en el West Side de Chicago. De camino a la escuela, compra Blue Juice y Hot Chips en la tienda de la esquina. Ella y sus compañeros pueden permitirse el agua azucarada con sabor y el almidón salado, pero esta «comida» barata que les llena el estómago no tiene ningún valor nutricional.
Lena es una de las más de 20 millones de personas en Estados Unidos que viven en desiertos alimentarios, lugares donde no hay una tienda de comestibles con una oferta completa a menos de dos millas. Sin embargo, mientras Lena compra sus Hot Chips, una familia acomodada de la zona utiliza una plataforma de comercio minorista en línea para encargar la entrega semanal de alimentos frescos y nutritivos, a precios que Lena y su familia no pueden pagar. Pese al auge de las innovaciones tecnológicas en la venta minorista de alimentos, Lena y su familia representan a un número cada vez mayor de clientes desatendidos en todo el mundo.
En Abuja, Nigeria, Amina vende tomates en el mercado local para alimentar a su familia. Al no tener acceso a almacenamiento en frío, todo lo que no vende cada día acaba desperdiciándose.
Los emprendedores locales reconocen una oportunidad. Olayemi tiene una empresa emergente que integra energía renovable y tecnología digital en unidades de almacenamiento en frío a pequeña escala. Así aborda la pérdida de alimentos de los vendedores pobres del mercado y, al mismo tiempo, genera empleo y crecimiento en el sector.
Pero a Olayemi le cuesta atraer financiación a gran escala. Los inversores desconfían del sector agrícola de alto riesgo, no están seguros de apostar por una emprendedora sin experiencia probada y miran con cautela una base de clientes potenciales formada por pequeños vendedores como Amina. De hecho, las empresas emergentes de alimentación de todo el mundo atraen solo una décima parte de la inversión que las del sector de la salud. Así, los tomates de Amina siguen estropeándose bajo el sol abrasador.
Estas historias ilustran al menos dos oportunidades perdidas. En primer lugar, los sistemas alimentarios fallan a Lena, Amina, Olayemi y a cientos de millones de consumidores y emprendedores de todo el mundo que también están desatendidos.
En segundo lugar, no se considera a las comunidades pobres y desatendidas como un mercado potencialmente rentable para las empresas y la innovación, sino como destinatarias de la filantropía o de los programas de protección social del Gobierno.
Vivimos en una era de abundancia. Nuestras tecnologías tienen capacidades sin precedentes. Abundan las innovaciones empresariales creativas. Emprendedores como Olayemi están impulsando y transformando mercados en todo el mundo. Sin embargo, mientras los minoristas perfeccionan la experiencia de compra de comestibles para sus clientes en línea, casi 1.000 millones de personas, como Lena, no pueden permitirse los alimentos que necesitan para llevar una dieta saludable.
Los dispositivos inteligentes, como las herramientas agrícolas del Internet de las cosas, permiten a los agricultores más acomodados y de mayor escala gestionar mejor los riesgos de la actividad agrícola, mientras que el cambio climático sigue afectando de forma desproporcionada y grave la disponibilidad y el acceso a los alimentos para los 500 millones de pequeños agricultores del mundo.
Las tecnologías de seguridad alimentaria que damos por sentadas en el mundo desarrollado distan mucho de ser habituales en los mercados en desarrollo y emergentes. En pocas palabras, no estamos orientando el potencial de la innovación y la tecnología hacia las oportunidades de mercado entre las comunidades desatendidas y pobres.
Pero la urgencia de esta misión y la magnitud de la oportunidad impiden ignorarlas. Sigue habiendo un enorme potencial de mercado para ofrecer soluciones a las fallas de los sistemas alimentarios: una brecha financiera que la Comisión de Empresas y Desarrollo Sostenible valoró en 2,3 billones de dólares.
Además, dado que actualmente la agricultura ocupa el último lugar entre los sectores en materia de digitalización, existe un inmenso potencial sin aprovechar para innovaciones que permitan dar un salto adelante, especialmente si las impulsa nuestra nueva generación digital.
¿Cómo podemos cambiar el rumbo y orientar la inversión y la innovación para construir empresas alimentarias inclusivas y sostenibles de cara al futuro? Creemos que una respuesta está en colaborar con los actores del mercado y a través de ellos, desde las empresas emergentes hasta las grandes compañías, y hacer posibles nuevos modelos de innovación tecnológica diseñados con las comunidades desatendidas, para ellas y por ellas.
Pioneros admirables han puesto en marcha esta transición, como los emprendedores detrás de Daily Table, Digital Green y Hello Tractor; inversores como Acumen, Omnivore y Omidyar Network; y quienes impulsan y orientan el emprendimiento agroalimentario, como Food-X, Food System 6 y AgFunder. Transformar nuestro sistema alimentario, junto con los patrones y poderes arraigados que lo perpetúan, exigirá una colaboración concertada y una creatividad renovada.
Estamos creando una nueva empresa, Food Systems for the Future (FSF), para acelerar esta transición. Mediante el trabajo directo y con socios, FSF busca aumentar la inversión y la innovación en actividades basadas en el mercado, colaborando con emprendedores y empresas de todos los tamaños con el objetivo último de llegar a las comunidades pobres mediante modelos de negocio inclusivos y sostenibles. Combinará capital con aceleración, asesoramiento sobre políticas, desarrollo de alianzas y aprendizaje continuo de código abierto.
FSF procurará complementar los esfuerzos de otros en este ámbito dinámico y cerrar las brechas de financiación mediante un fondo de inversión combinado y catalizador, al tiempo que colaborará con socios comunitarios para crear un entorno propicio que permita afrontar los retos de los sistemas alimentarios entre las comunidades desatendidas.
Juntos podemos escribir una nueva historia para los sistemas alimentarios. Podemos dejar atrás el Blue Juice de Lena y los tomates podridos de Amina, y garantizar que Olayemi tenga la oportunidad de construir una empresa próspera. Para empezar, debemos replantearnos la mentalidad cortoplacista y caritativa que perpetúa sus dificultades.
Quizá Lena crezca y se incorpore a una gran empresa para ampliar su cartera de productos saludables y de bajo costo. Quizá Amina cree una marca local de salsa de tomate y desarrolle un modelo innovador de abastecimiento junto con otros vendedores. Quizá Olayemi encuentre un inversor dispuesto a confiar en ella y construya una empresa tecnológica valorada en mil millones de dólares, transformando la cadena de frío en África y más allá.
Tenemos ante nosotros una enorme oportunidad para aprovechar el talento, la innovación y la tecnología y construir sistemas alimentarios inclusivos para el futuro. Aprovechémosla.

