¿Es ético disfrutar de unas vacaciones de lujo en un país «en desarrollo»?

An aerial view shows a resort island at the Male Atoll December 7, 2009. REUTERS/Reinhard Krause/File photo - S1BEUGVKLMAA
A look at those working in the tourism industry in the Maldives reveals an unethical situation.Image: REUTERS/Reinhard Krause
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¿Piensa reservar unas vacaciones de lujo en un país en desarrollo para experimentar la autenticidad de una cultura ajena a las influencias occidentales? ¿Y espera ayudar a las personas desfavorecidas del país a «salir de la pobreza» con su gasto turístico? Merece la pena explorar hasta qué punto podría ser ética una visita así.

El número de turistas internacionales ha aumentado año tras año desde la década de 1950, y se prevé que el crecimiento sostenido continúe durante mucho tiempo. En términos de empleo, cada vez más personas dependen de la industria turística. Por ejemplo, en 2016 había 292 millones de personas empleadas en el sector turístico, lo que representaba uno de cada diez empleos en el mundo.

Desde hace mucho tiempo, los gobiernos de todo el mundo promueven el turismo como una industria «sin humo» y «no contaminante», con una capacidad casi sin parangón para impulsar el PIB nacional. Tanto los países «desarrollados» como los «en desarrollo» compiten por atraer turistas potenciales mediante campañas nacionales; pensemos en Pure New Zealand, Visit Morocco y «Jamaica: una vez que vas, ya lo sabes». Pero ¿es realmente todo tan bueno como parece?

Sabemos que el turismo de masas no siempre es un beneficio asegurado para los países y sus residentes. Pensemos, por ejemplo, en el complejo turístico costero español de Benidorm, donde el desarrollo turístico sin restricciones llevó a una urbanización excesiva de la región, con escasos beneficios o ninguno para las comunidades locales. De hecho, se ha producido una reacción generalizada contra el turismo de masas y sus efectos en España: los manifestantes han salido a las calles y se ha agredido a turistas.

Por consiguiente, los mercados turísticos de nicho, como el turismo «sostenible», «ético» y «de lujo», son una respuesta directa a los efectos a menudo negativos del «turismo de masas». Al fin y al cabo, como gobierno o gestor de un destino, ¿por qué querría que muchas personas gastaran poco, si pudiera tener a unas pocas que gastaran mucho?

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Quienes piensan reservar unas vacaciones quizá vean un viaje de lujo como una forma de disfrutar de lo mejor del descanso y la relajación, y de pagar más por un producto que, en teoría, tiene menos efectos negativos que el turismo de masas «barato y poco respetuoso». Además, si las vacaciones de lujo son en un país «en desarrollo», es comprensible pensar que el dinero gastado contribuirá positivamente a la capacidad del país para «prosperar». Pensemos, por ejemplo, en el exhaustivo documento Visión 20-20 elaborado por el Gobierno marroquí. En él se expone que el turismo sostenible se considera una parte fundamental del desarrollo futuro del país.

Pero veamos el caso de Maldivas, un destino de lujo consolidado. Dado que el turismo representa aproximadamente el 41,5 % del PIB nacional, parece que el país insular se beneficia de esta industria. Sin embargo, como ocurre en todas las sociedades, esos beneficios económicos no se distribuyen por igual, y la dependencia excesiva de los ingresos del turismo provoca el declive de las industrias tradicionales y una creciente vulnerabilidad ante acontecimientos locales y mundiales.

Además, al examinar la situación de quienes trabajan en el sector turístico de Maldivas, queda claro que dista mucho de ser «ética». Como los hoteles están repartidos por numerosas islas sin otros servicios, muchos de quienes trabajan en la industria turística de Maldivas tienen que vivir lejos de sus hogares durante meses, separados de sus familiares y amigos. A menudo también viven en condiciones muy distintas de la experiencia «de lujo» de los turistas, trabajan los siete días de la semana y con frecuencia pasan meses sin cobrar. Maldivas no es un caso único: la situación es similar en muchos países en desarrollo que participan en el mercado del turismo de lujo.

Image: Consejo Mundial de Viajes y Turismo

El coste medioambiental

Desde el punto de vista medioambiental, el turismo de lujo tampoco sale especialmente bien parado. El turismo es notoriamente problemático en algunos destinos en desarrollo, pues desvía recursos de agua y energía, a menudo escasos, de la comunidad anfitriona hacia los turistas (que tienen más dinero).

Este fenómeno se acentúa aún más en el sector del turismo de lujo, ya que quienes lo practican suelen consumir incluso más que el turista «medio», intencionadamente o no.

Pensemos en los elementos de unas vacaciones de lujo típicas. Hay piscinas, islas exclusivas, aviones privados, cruceros, campos de golf y spas: todos consumen mucha energía y agua. Hay que mantener exuberantes las plantas y las zonas verdes, y suministrar energía al aire acondicionado, los spas y las duchas de lluvia. Se privatizan playas y otros lugares, y se prohíbe el acceso a la población local. Además, en algunos casos, hasta el 80 % de los beneficios económicos sale del país. También los residuos suelen acabar en las comunidades locales «pobres».

Definir «en desarrollo»

También merece la pena reflexionar sobre lo que significan los términos «desarrollado» y «en desarrollo». Por lo general, se usan en relación con la economía y el PIB. Sin embargo, desde una perspectiva ética también puede ser útil reconocer que los países calificados de «en desarrollo» suelen tener una relación más desarrollada con el entorno natural, gracias a las prácticas agrícolas tradicionales y a un menor consumo excesivo. A menudo puede decirse lo mismo de la reciprocidad comunitaria y las relaciones entre las personas.

Por consiguiente, aunque los «turistas éticos» quizá crean que ayudan a las culturas a desarrollarse mediante su gasto turístico, tal vez debamos preguntarnos qué es «la buena vida» y si el capital financiero es realmente el camino para alcanzarla. En efecto, ¿no estaremos participando en una nueva forma de colonialismo, en la que se imponen ideologías occidentales a otras culturas bajo el pretexto de ayudarlas a «desarrollarse»?

De hecho, el turismo de lujo actual se asemeja a las modas y tendencias de formas anteriores de turismo, como el Grand Tour de los siglos XVIII y XIX, y representa poco más que una forma de distinción basada en la clase social.

Así pues, aunque el mercado turístico es importante para muchos países, conviene analizar mejor cómo se distribuyen los ingresos del turismo, si el destino se gestiona exclusivamente en beneficio de los turistas y a costa de la población local, y cuáles pueden ser las repercusiones de las vacaciones. En última instancia, también debemos preguntarnos si, desde el punto de vista moral, es beneficioso para las personas y los entornos de todo el mundo «desarrollarse» para vivir como en Occidente.

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