El mundo está siendo sacudido por la disrupción tecnológica, ya que innovaciones como la analítica de macrodatos, la inteligencia artificial (IA), la robótica, el Internet de las cosas, la cadena de bloques, la impresión 3D y la realidad virtual están transformando el funcionamiento de las sociedades y las economías. Individualmente, cada una de estas tecnologías tiene el potencial de transformar productos, servicios y redes de apoyo asociadas ya establecidos. En conjunto, harán caer los modelos de negocio e instituciones tradicionales, anunciando una nueva era en la historia económica, social y política. ¿Cómo responderemos?
Las grandes transformaciones económicas suelen producir cambios de largo alcance. Durante la primera Revolución Industrial, en los siglos XVIII y XIX, los nuevos procesos de fabricación acabaron generando enormes mejoras en el bienestar humano. A medida que aumentaba la productividad, subían los salarios y el nivel de vida. Sin embargo, al principio del proceso, la mecanización trajo consigo consecuencias negativas, como el desempleo, el trabajo infantil y la degradación ambiental.
El impacto social y político de la revolución digital podría ser aún más dramático. Pueden estallar guerras y revoluciones, y valores como los derechos humanos y las libertades civiles podrían verse socavados. Como mis colegas y yo señalamos en un artículo reciente en Scientific American, cuanto más sepan de nosotros los ordenadores, “menos probable es que nuestras decisiones sean libres y no estén predeterminadas por otros”, mientras la autodeterminación informativa sea imposible.
Afortunadamente, la pérdida de la autonomía individual no es inevitable. Es posible diseñar un futuro digital más responsable. Pero debemos empezar a hacerlo de inmediato. El éxito requiere un discurso público, una ilustración y emancipación digitales, y una mayor conciencia de los riesgos de la tecnología. En otras palabras, la transición a la que nos enfrentamos es demasiado grande para que cualquier país u organización pueda gestionarla por sí solo. Todos tenemos algo en juego: nuestro futuro.
Dejar que el progreso tecnológico impulse por sí solo este cambio entraña peligros evidentes. En 2008, el director de Wired, Chris Anderson, sugirióque los macrodatos acabarían revelando toda la verdad, sin necesidad de ciencia ni teoría. Está claro que eso no ha ocurrido. Con más datos a su disposición, los científicos encuentran más patrones que estudiar; se necesita la ciencia para juzgar cuáles son significativos y cuáles son engañosos. La expectativa de que la IA superaría debilidades humanas como el sesgo también se ha quedado corta. Hoy en día, muchos sistemas de IA discriminan a las personas e incluso pueden ser manipulados.
Otras predicciones sobre la nueva “sociedad digital” estuvieron igualmente equivocadas. Las llamadas ciudades inteligentes, en las que la vida urbana está automatizada, hasta ahora no han estado a la altura de las expectativas. Esto se debe a que las ciudades no son simplemente gigantescas cadenas de suministro; también son espacios para la experimentación, la creatividad, la innovación, el aprendizaje y la interacción.
Por último, aunque la “economía de plataformas”, y su dependencia de Internet, la computación y los datos, ha dado lugar a algunas de las empresas más valiosas del mundo, también ha convertido a muchos ciudadanos en consumidores pasivos. La paradoja de la hiperconectividad es que las personas son menos discernidoras no solo con los productos que compran, sino también con la información que consumen. Al fin y al cabo, es esta “economía de la atención” la que dio origen a las “noticias falsas”.
En pocas palabras, nuestra utopía digital no llegará sin ayuda. Necesitamos un enfoque más ético en el diseño de la tecnología, que integre las normas y los valores constitucionales, culturales y morales en los sistemas artificiales y autónomos. Se necesita un enfoque de diseño “alineado éticamente” y “sensible a los valores” en todos los aspectos del desarrollo tecnológico, desde los dispositivos inteligentes hasta el software que da soporte a nuestros gobiernos y mercados.1
Por ejemplo, si la democracia quiere seguir siendo un modelo político viable, los sistemas de información que utilizan los gobiernos democráticos deben diseñarse para respaldar los derechos humanos, la dignidad, la autodeterminación, el pluralismo, la división de responsabilidades, la transparencia, la equidad y la justicia.
Para lograr este futuro digital democrático, el mundo necesita cambiar su forma de pensar sobre la tecnología. Debemos construir ecosistemas de información abiertos y participativos que faculten a cualquier persona de la economía global para aportar ideas, talento y recursos. En un mundo interconectado, donde todo lo que hacemos afecta a los demás, debemos aprender a pensar más allá de nosotros mismos y a perseguir la cooperación, la cocreación, la coevolución y la inteligencia colectiva.
Si progresamos en este sentido, la Cuarta Revolución Industrial puede ser más inclusiva que la primera; ese es el futuro hacia el que mis colegas y yo trabajamos. Por ejemplo, en la Universidad Tecnológica de Delft, en los Países Bajos, estamos diseñando redes de comunicación socialmente responsables y sistemas de gobernanza urbana, mientras que la iniciativa FuturICT, una red internacional de investigadores, aplica un enfoque multidisciplinar al desarrollo tecnológico. El objetivo de ambos esfuerzos de investigación es facilitar un futuro digital más equitativo.
Tenemos la capacidad de diseñar una tecnología que nos sirva, en lugar de esclavizarnos. Pero construir ese futuro exige un nuevo espíritu de la época digital, en el que los valores sociales, culturales, medioambientales y éticos formen parte del proceso de diseño. Las innovaciones y las revoluciones suelen ser perturbadoras y turbulentas, pero en la era digital también pueden ser responsables.
