La técnica zaï es un método agrícola tradicional que se utiliza en el Sahel para cultivar en condiciones secas.
La técnica se basa en crear pequeñas depresiones en el suelo que recogen y almacenan el agua de lluvia.
La técnica zaï gana cada vez más popularidad en el Sahel, ya que permite cultivar en condiciones secas de forma más eficiente y sostenible.
«A escala cósmica, el agua líquida es más rara que el oro», escribió el célebre astrofísico Hubert Reeves. Lo que es cierto para el universo lo es aún más en el Sahel, esa inmensa franja árida que atraviesa África de este a oeste, al borde del Sahara. En el Sahel, el primero de los bienes es el agua. Desde el tercer milenio a. C., los pueblos de la región han realizado grandes esfuerzos y desplegado una enorme inventiva para captar y controlar este escaso recurso. Ante una distribución del agua irregular en el espacio y el tiempo, tuvieron que inventar métodos ingeniosos y austeros para aprovechar hasta la última gota.
Antes ignorados, los secretos de los agricultores sahelianos atraen ahora la atención de investigadores y responsables de la toma de decisiones. Y con razón: inspiran nuevas formas de adaptación al cambio climático para la agricultura africana y más allá.
El arte de captar la lluvia
Cada año, en Yatenga, al norte de Burkina Faso, las primeras lluvias de junio llegan para aliviar los estragos de una interminable estación seca. El suelo empapado de agua devuelve entonces la vida a los campos del monte. Casi por todas partes, brotan del suelo matas de mijo y sorgo que transforman las sabanas áridas en vergeles frondosos.
Pero en algunos pueblos, la gran sequía de las décadas de 1970 y 1980 trastocó el frágil ecosistema saheliano: al reducirse la cubierta vegetal, la erosión despojó los suelos inestables y ferruginosos de Yatenga; quedaron tan empobrecidos y encostrados que las lluvias torrenciales simplemente se escurren, sin poder infiltrarse. En vez de traer vida, el agua erosiona la tierra y se lleva las esperanzas de los campesinos.
En este paisaje hostil, algunos agricultores intentan adaptarse e innovar. Yacouba Sawadogo es uno de ellos. En un campo yermo del pueblo de Gourga, Yacouba y su familia se afanan en romper la costra del suelo antes de que lleguen las primeras lluvias. Armados con sus daba (azada tradicional), cavan la tierra roja de laterita. Con una enérgica coreografía, los campesinos recorren el terreno en todas direcciones y hacen hoyos regulares. Echan un puñado de compost, unas semillas de sorgo y una capa de tierra ligera: ¡y listo, el campo está preparado para recibir el próximo aguacero!

Sembrar así, en plena estación seca, en un campo lleno de hoyos, puede parecer una idea contraintuitiva a ojos de quien viene de fuera, pero en realidad forma parte de los conocimientos centenarios de los habitantes de Yatenga: el zaï. Esta técnica agrícola revolucionaria los ha convertido en maestros del arte de captar la lluvia. Según la tradición oral, antiguamente las familias con parcelas muy pequeñas y tierras pobres utilizaban esta técnica, que cayó en el olvido en la década de 1950, un período marcado por lluvias abundantes.
Pero en las décadas desesperadamente secas de 1970 y 1980, ante el avance del desierto, Yacouba Sawadogo tomó una decisión singular: no huir. En cambio, redescubrió el zaï, una técnica con la que logró revitalizar y reforestar 27 hectáreas de tierras degradadas. El hombre apodado «el hombre que detuvo el desierto» dio así esperanza a todo su pueblo. Galardonado por las Naciones Unidas como «Campeón de la Tierra» y conocido gracias a un libro, Yacouba Sawadogo se ha convertido en símbolo de una África que innova frente a la desertificación.
Ingenioso, pero costoso
¿Solo un hoyo, me dirás? Tras su aparente sencillez, el zaï se basa en realidad en complejos mecanismos ecológicos. La técnica consiste en concentrar el agua y el estiércol para favorecer el crecimiento de los cultivos en un contexto en el que la lluvia es tan escasa como impredecible. Para ello, durante la estación seca se preparan hoyos de 10 a 15 cm de profundidad y de 20 a 40 cm de diámetro, donde se depositan fertilizantes orgánicos y se siembran cereales (mijo o sorgo).
Cuando llegan las lluvias, el hoyo abonado se llena de agua y libera nutrientes que atraen termitas del género Trinervitermes. Estos insectos excavan galerías por las que el agua se infiltra a gran profundidad y, mediante sus excrementos, transforman la materia orgánica, que pasa a ser asimilable por las plantas. El proceso forma un hoyo húmedo y fértil donde la planta desarrolla sus raíces. Algunos autores afirman que con el zaï el rendimiento de mijo y sorgo puede alcanzar los 1500 kg de grano por hectárea, frente a menos de 500 kg por hectárea en condiciones normales.
Además de ser económico y ofrecer buenos rendimientos, el zaï también favorece el regreso de los árboles a los campos. Los hoyos tienden a atrapar semillas de muchas especies de árboles, transportadas por el viento, el agua de escorrentía y los excrementos de los animales de granja. Cuando llegan las lluvias, los arbustos crecen espontáneamente junto a los cereales, en el entorno rico y húmedo de los hoyos de zaï.
En la región de Yatenga, algunos agricultores conservan y protegen estos árboles jóvenes, fuente de fertilidad natural y forraje durante la estación seca. En Senegal, investigadores del Instituto Senegalés de Investigación Agrícola (ISRA) y del Instituto Nacional de Pedología (INP) realizan actualmente ensayos para evaluar la cantidad de carbono secuestrado en el suelo gracias al zaï. Sus primeros resultados muestran que, en las parcelas tratadas, las reservas de carbono por hectárea aumentan un 52 % respecto de las parcelas de control. Promesa de cosechas abundantes y fuente de servicios ecosistémicos, el zaï tiene sin duda todos los atributos para seducir.

El único problema es que esta técnica requiere una cantidad considerable de mano de obra y una inversión sustancial. A razón de 4 horas al día, un solo hombre con su daba tendrá que cavar durante 3 meses para preparar una hectárea. Además, habrá que fabricar o comprar 3 toneladas de estiércol para mejorar los hoyos. No es casualidad que en la lengua mooré zaï provenga de la palabra «zaïégré», que significa «levantarse temprano y apresurarse a preparar la tierra».
Un zaï nómada y polifacético
Malí, Senegal, Níger, Kenia… Una vez redescubierto en Burkina Faso, el zaï no tardó en extenderse más allá de su lugar de origen. En la década de 1980, la ayuda al desarrollo desplegó recursos considerables para combatir la desertificación en los territorios sahelianos debilitados por la gran sequía. Presente en la región de Yatenga desde 1982, un equipo de agrónomos del CIRAD ya describía allí la técnica zaï como una forma prometedora de restaurar las tierras.
A continuación, surgieron numerosos proyectos y programas para probar, difundir y mejorar el zaï en el África subsahariana. En Burkina Faso, el Instituto de Investigación Ambiental y Agrícola (INERA) y ONG como Solibam mecanizaron la excavación de hoyos para reducir la carga de trabajo. En vez de cavar a mano, se hacen pasadas cruzadas con una reja tirada por un animal y se siembra en la intersección de los surcos. Con esta técnica, el tiempo de trabajo se reduce de 380 a 50 horas por hectárea. En la comuna rural de Ndiob, en Senegal, el alcalde Oumar Ba fue aún más lejos al distribuir barrenas mecánicas entre los agricultores, lo que facilita y acelera mucho la excavación de hoyos.

En Burkina Faso, como parte del proyecto Fair Sahel, investigadores del INERA realizan ensayos agronómicos para sustituir parte del estiércol orgánico de los hoyos de zaï por microdosis de fertilizante mineral. Es una forma de mejorar el rendimiento del sorgo y, al mismo tiempo, eliminar un gran obstáculo para la adopción de la técnica: el alto costo de la materia orgánica. Los agrónomos también trabajan para combinar cereales como el sorgo con legumbres como el caupí en los mismos hoyos. Por último, están probando el zaï con nuevos cultivos, como maíz, algodón, sandía y cultivos hortícolas como la berenjena.
La técnica zaï también se ha extendido por las zonas de horticultura de Senegal y ha dado lugar a numerosas variantes. Cuando el agua escasea y es cara, los agricultores buscan por todos los medios ahorrar este recurso. En Fatick, al oeste, utilizan neumáticos reciclados para concentrar el estiércol y el agua en las raíces de las plantas de pimiento. En la región costera de Mboro, dividen las parcelas de cebolla en pequeños compartimentos que inundan con una regadera. Más al sur, en Kolda, trasplantan las berenjenas a hoyos cubiertos de paja. Estas innovaciones son austeras y siguen una misma lógica: concentrar agua y fertilidad en pequeños hoyos llenos de vida, protegidos de un entorno externo hostil.

Otra forma de adaptación
En respuesta al cambio climático, los Estados de todo el mundo compiten por aumentar la disponibilidad de agua para la agricultura. Presas, megacuencas, perímetros de regadío… En todas partes, la política dominante consiste en ampliar las superficies de regadío a cualquier costo.
Pero esta decisión, aunque responda a una necesidad a corto plazo, conlleva un grave riesgo de «mala adaptación» : la degradación de los recursos hídricos, las injusticias sociales y las tensiones geopolíticas son la contrapartida oculta de los grandes proyectos hidroagrícolas. El modelo agrícola que se perfila para el futuro parece muy frágil y vulnerable, porque depende de agua captada y transportada con un gran consumo de combustibles fósiles.
A contracorriente del régimen de innovación dominante, los agricultores sahelianos han elegido la vía de la sobriedad. Desde hace siglos, estos millones de «investigadores descalzos» se enfrentan a importantes limitaciones de los recursos hídricos y siguen innovando en silencio. En vez de «cada vez más agua, cueste lo que cueste», prefirieron un principio de moderación. Y el zaï, por difundido que esté, es solo la punta del iceberg: medias lunas, cordones de piedra, cuencos para árboles frutales, estanques, cultivos en estratos… Estas técnicas ancestrales merecen toda nuestra atención porque representan formas inteligentes de adaptación a condiciones térmicas e hídricas extremas, similares a las que experimentarán los países mediterráneos en 2100 en un escenario climático de +4 °C.
Para construir una nueva narrativa sobre el futuro mundial del agua, escuchemos una y otra vez los secretos de los agricultores sahelianos.
