¿Te imaginas servir un pavo impreso en 3D en el almuerzo de Navidad? ¿O comer una pizza impresa en 3D como tentempié por la tarde?
Esto no es tan descabellado como parece. Aunque las impresoras 3D han copado los titulares principalmente por su capacidad para fabricar productos no comestibles, cada vez se utilizan más con fines culinarios.
Las impresoras de alimentos en 3D extruyen materia comestible líquida y blanda a través de boquillas que la van acumulando capa a capa según patrones indicados por un programa informático. Pueden producir desde chocolates, dulces, galletas y tortitas hasta pasta, pizza y otros aperitivos salados.
Las noticias y los blogs del sector son muy positivos sobre lo que puede ofrecer la impresión 3D de alimentos. Han cubierto acontecimientos como la experimentación de chefs con estrellas Michelin con impresoras de alimentos en 3D en restaurantes temporales en Europa.
Los medios también han informado sobre el potencial de la impresión 3D para abastecer a astronautas, pasajeros de avión y personas en situaciones de emergencia.
Las residencias de ancianos en Europa ofrecen alimentos impresos en 3D con una textura gelatinosa a residentes con dificultades para masticar y tragar. Los desarrolladores de impresoras de alimentos en 3D afirman que pronto la gente tendrá estos dispositivos en sus cocinas, donde podrá preparar alimentos sabrosos y saludables en casa.
Pero eso no es todo. También existe la idea radical de utilizar insectos y carne cultivada en laboratorio en alimentos impresos en 3D como alternativa sostenible a las fuentes tradicionales de proteínas.
Meat and Livestock Australia también anunció recientemente que está estudiando formas de utilizar la impresión 3D para producir nuevos productos cárnicos y extraer el máximo valor de las canales de los animales.
Así que no es descabellado imaginar que se sirva un almuerzo navideño con alimentos impresos en 3D elaborados con carne roja y aves, o adornos comestibles hechos de purés de frutas o verduras, azúcar o chocolate.
Pero ¿te lo comerías?
¿Qué opinas de la comida impresa en 3D? ¿La probarías o se la ofrecerías a familiares o invitados? Pese al entusiasmo del sector y a la inversión en investigación y desarrollo, pocos estudios han planteado realmente estas preguntas a los consumidores.
Para investigar estas cuestiones, realizamos nuestra propia investigación con 30 australianos, mediante un grupo focal en línea. Los resultados ponen de relieve algunas complicaciones interesantes en la forma en que muchas personas perciben los alimentos impresos en 3D y en lo que podría animarlas a probarlos.
En primer lugar, descubrimos que ninguno de los participantes había oído hablar del uso de la tecnología de impresión 3D para elaborar productos alimenticios. Como la impresión 3D solía asociarse con objetos no comestibles hechos de materiales como plástico, yeso o metal, a nuestros participantes les costaba entender cómo podía aplicarse a los alimentos.
Al principio, no daban crédito a que esta tecnología pudiera utilizarse para elaborar alimentos y no podían imaginar qué tipos de comida se producirían. Consideraban que este método de procesamiento de alimentos era sumamente artificial y varios suponían que el producto resultante sería de algún modo «de plástico» y, por tanto, incomestible.
Nuestros participantes reaccionaron mucho más positivamente ante las zanahorias, la pasta, la pizza, el chocolate y una comida con pollo y verduras impresos en 3D (elaborados con purés de alimentos integrales «reales») que ante los dulces de azúcar, la carne y los alimentos impresos en 3D hechos con desperdicios alimentarios y fuentes alternativas como algas e insectos.
Las creencias culturales sobre qué tipos de materia se consideran sabrosos y apropiados para comer fueron fundamentales en las respuestas de los participantes. Aunque sustancias como los insectos y las algas encajan con las preferencias de los consumidores por los ingredientes naturales, casi todos los participantes consideraban repugnantes esos alimentos.
No podían imaginarse comiéndolos ni sirviéndoselos a otras personas. Según las normas culturales de los participantes, estos materiales se consideraban incomestibles, independientemente de cómo se prepararan o procesaran. Así que el rechazo no se debía a que estuvieran impresos en 3D en sí, sino al material con el que se imprimían, que influía en su actitud hacia el alimento.
A los participantes que tenían reparos éticos sobre comer carne criada de forma convencional les gustaba la idea de los productos cárnicos impresos en 3D. Pero la mayoría consideraba que el proceso se parecía demasiado a la «comida de Frankenstein», sobre todo si implicaba usar carne cultivada en laboratorio. En este caso, lo que se consideraba «artificial» era el proceso de elaboración del ingrediente.
Familiarizarse con el proceso
El desconocimiento del proceso de impresión 3D de muchos participantes sustentaba sus dudas sobre la seguridad de utilizar materiales alimentarios que, de otro modo, se desecharían como residuos. No sabían cómo se abordarían los riesgos de contaminación y conservación de los alimentos.
Muchos también consideraban que la salubridad de los alimentos era un factor importante. A nuestros participantes no les costaba ver los dulces de azúcar, la pizza o el chocolate impresos en 3D como potencialmente comestibles. Sin embargo, sí expresaron preocupación por lo saludables que eran, dados sus ingredientes y su condición actual de comida basura.

Así que, si nuestros resultados pueden generalizarse a la población en general, parece que a muchas personas les interesan los productos alimenticios novedosos. Los probarán si se les garantiza que son comestibles, saludables y seguros, y si entienden cómo se procesan y de qué están hechos.
Pero nuestro estudio muestra que quienes deseen promover los alimentos impresos en 3D podrían enfrentarse a varios desafíos. En primer lugar, quizá tengan que familiarizar al público con el funcionamiento de este proceso y asegurarle que es seguro.
Después, quizá deban destacar que los alimentos impresos en 3D son sabrosos, aunque tengan un aspecto inusual o estén hechos con ingredientes que, según las normas culturales, normalmente no se consideran comestibles. Solo entonces podrían los consumidores plantearse incorporar alimentos impresos en 3D a su vida, incluso a la mesa del almuerzo de Navidad.
