En las regiones más prósperas del mundo, la gente vive más que nunca. Por ejemplo, la esperanza de vida al nacer en los 35 países de la OCDE supera ahora los 80 años.

Aunque en la mayoría de los países ricos la cobertura sanitaria universal protege económicamente a las personas frente al coste de las enfermedades, muchas otras personas en distintas partes del mundo siguen sin acceso a la atención sanitaria básica.
Según los datos de la Organización Mundial de la Salud, 800 millones de personas se ven obligadas a destinar al menos el 10 % de sus ingresos a la atención sanitaria, lo que significa que algunas familias deben elegir entre los gastos médicos y otras necesidades esenciales, como la alimentación y la educación.
La relación entre el gasto sanitario y una mayor longevidad es evidente. La OCDE señala en su informe Panorama de la salud que la esperanza de vida es un indicador clave para comprender el estado general de salud de una población.

En general, cuanto más gasta un país por habitante en atención sanitaria, mayor es la esperanza de vida. El impacto es más notable cuando el país parte de un nivel bajo.

Esto explica por qué, durante un periodo de 45 años, algunos de los países que más invirtieron en atención sanitaria registraron un aumento de la esperanza de vida inferior a 10 años, mientras que países como India, Turquía, Corea y China experimentaron aumentos más pronunciados, de hasta 20 años.

Sin embargo, que un gasto sanitario total considerable se traduzca en una mayor esperanza de vida depende de cómo se distribuyan los recursos financieros.
Por ejemplo, Estados Unidos es el país que más gasta en atención sanitaria como porcentaje del PIB, pero allí la esperanza de vida es considerablemente inferior a la media de la OCDE.
Las razones son complejas, pero las investigaciones han demostrado reiteradamente que el sistema estadounidense obtiene resultados especialmente deficientes en materia de asequibilidad, acceso e igualdad entre ricos y pobres.
Los costes administrativos también son mucho más elevados que en países comparables. Por ejemplo, las enfermeras de Estados Unidos dedican 18 horas más a la semana que sus homólogas canadienses a tareas administrativas, y el personal administrativo trabaja 37 horas más.

La educación y el género también son indicadores importantes de la esperanza de vida. En promedio, los hombres y las mujeres con estudios superiores viven bastante más que las personas de su mismo género con menor nivel educativo; la mayor diferencia, sin embargo, se da entre los hombres con estudios superiores y sus homólogos con menor nivel educativo.

Más allá del dinero destinado a la atención sanitaria, las condiciones socioeconómicas favorables en general, como llevar un estilo de vida saludable, contribuyen a aumentar la esperanza de vida.


