La COVID-19 ha provocado una recesión económica sin precedentes. Pero ¿cómo analizarán los geólogos sus efectos medioambientales?
Desde la eventual fosilización de los equipos de protección individual hasta la reducción de las emisiones de carbono, la pandemia ha tenido efectos pequeños pero perceptibles.
El verdadero efecto geológico se verá si la pandemia actúa como catalizador para cambiar de forma duradera el impacto de la sociedad en el planeta.
La COVID-19 es una gran conmoción mundial que ha puesto nuestras vidas patas arriba, pero ¿cómo se mide en la grandiosa escala de mil millones de años de la historia de la Tierra? La respuesta sitúa nuestros dramas humanos en la perspectiva más amplia y quizá sea decisiva para el futuro de todos.
La pandemia no dejará un registro directo de los virus que los geólogos del futuro lejano puedan investigar, porque los virus no se fosilizan. También puede ser difícil identificar un registro fósil claro de las víctimas, ya que quizá sea complicado distinguirlas de quienes murieron por otras causas.
Habrá señales indirectas, como algunos «tecnofósiles» cuya abundancia está aumentando vertiginosamente. Por ejemplo, muchos miles de millones de mascarillas y guantes desechables ya aparecen como basura en todo el mundo y ahora se están incorporando al ciclo geológico. Están hechos de plástico, son duraderos y se fosilizan con facilidad.
Su fosilización puede adoptar distintas formas. Los guantes y las mascarillas relativamente intactos pueden acumularse en los lechos de los ríos o en el fondo de los lagos. Con el tiempo, quedarán cubiertos por más sedimentos y se fosilizarán en rocas de nueva formación.
Otras mascarillas y guantes serán arrastrados hasta los océanos y algunos llegarán a costas lejanas, como ya demuestra el aumento de equipos de protección individual encontrados en las limpiezas de playas. Otros seguirán las corrientes y se sumarán a las «islas de plástico» en mar abierto, donde muchos se degradarán, fragmentarán y hundirán lentamente, sumándose a los innumerables miles de millones de fragmentos de microplástico que descienden hacia los lodos de las profundidades marinas.
Durante nuestras vidas y muchas generaciones futuras, esto será un enorme problema medioambiental que se sumará a los millones de tipos de tecnofósiles que ya producimos. En un futuro lejano, aumentará las probabilidades de que algún paleontólogo perspicaz encuentre señales fósiles de los acontecimientos de 2020.
La contaminación por plásticos ha aumentado, pero las emisiones de carbono han disminuido por ahora. Esta reducción podría apreciarse en el registro fósil del CO₂ atmosférico conservado en las capas de hielo polar. Pero, hasta ahora, la reducción es mínima. La disminución de otros gases de efecto invernadero, como el óxido nitroso, cuyas emisiones también se han visto afectadas, podría ayudar a reforzar esta señal fósil. El aire también ha estado más limpio, por lo que los sedimentos lacustres podrían contener brevemente menos partículas de humo fosilizadas.
La caída de las emisiones también ha tenido un efecto positivo en los océanos. Con el comercio globalizado, especies invasoras como el mejillón cebra se han dispersado rápidamente por todos los rincones del planeta en los últimos años, viajando en el agua de lastre de los barcos. Han surgido nuevas asociaciones de especies que forman la flora y la fauna del Antropoceno. Estas han llegado para quedarse, pero la reducción de la pesca y del comercio marítimo relacionada con la COVID-19 podría estar reduciendo ligeramente esta señal paleontológica, al ralentizar la introducción de nuevas especies invasoras entre los puertos del mundo.
Todas estas señales de desaceleración serán sutiles. Si se produce una recuperación económica, como predice el Fondo Monetario Internacional, esta eclipsará cualquier señal de las reducciones temporales. Y la situación podría empeorar. La legislación asociada al plan «Construir, construir, construir» del Reino Unido, que reduce la protección de la fauna silvestre, podría poner en peligro a animales protegidos como el tritón crestado —considerado un lastre para la economía por el primer ministro Boris Johnson—. Eso sería una señal desgarradora de las consecuencias de la COVID-19, mientras los gobiernos de todo el mundo intentan aumentar la producción. La eliminación de las «trabas ecológicas» en los proyectos de infraestructura para impulsar la economía probablemente también aceleraría la desaparición de más especies amenazadas y agravaría el evento de extinción masiva que está en curso.
Pero el verdadero efecto geológico se verá si la pandemia actúa como catalizador para cambiar el impacto de la sociedad en el planeta, por ejemplo, descarbonizando la industria en todo el mundo. El filósofo Bruno Latour ha dicho que una lección clave de la pandemia es que se puede llevar a la máquina económica mundial a un parón en seco. Para Christiana Figueres, exdirectora de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, la recuperación puede servir para reconfigurar la industria y reducir las emisiones, en lugar de volver sin más a la normalidad. Si se aplican políticas del Nuevo Pacto Verde, las tenues y esperanzadoras señales geológicas podrían pasar de ser transitorias a permanentes.
¿Cómo serían estas señales una vez petrificadas? Si las emisiones de gases de efecto invernadero siguen reduciéndose mediante políticas favorables al clima, la estabilización del clima quedaría registrada no solo en los núcleos de hielo y de los lagos, sino también en corales, anillos de los árboles y estalagmitas de todo el mundo. Invertir en la resiliencia de los ecosistemas y en proyectos de restauración sería beneficioso para la economía, además de impulsar tanto la justicia social como la diversidad de plantas y animales cuyos huesos, conchas y polen acaban en las capas de sedimentos. Desarrollar la economía circular en respuesta a esta recesión económica también podría ralentizar y, finalmente, detener la avalancha de residuos plásticos de un solo uso.
La prueba decisiva estará en los estratos rocosos que se formen a partir de ahora: mostrarán si continúan las tendencias aceleradas del Antropoceno o si se produce un desvío que nos aleje de una posible «Tierra invernadero» y nos acerque a algún tipo de nueva estabilidad.
El futuro aún no está escrito en piedra, pero a muy largo plazo las rocas contarán la historia del camino que elijamos colectivamente.


