La Cuarta Revolución Industrial no puede ser una panacea para los problemas causados por nuestra obsesión con el crecimiento económico sin límites.
Necesitamos, en cambio, un esfuerzo concertado para reformar nuestros sistemas económicos y tomar decisiones difíciles sobre el rumbo de nuestro futuro.
Un enfoque que denomino «resiliencia asegurada» podría ser la respuesta que necesitamos. Aquí presentamos una guía.
En las últimas dos décadas, el mundo se ha dejado seducir por el poder transformador de la tecnología y por la creencia de que puede ser la panacea para todos los desafíos de la humanidad.
Sin embargo, la pandemia de COVID-19 ha trastocado esta narrativa. A pesar de todo el entusiasmo, la tecnología digital no pudo prevenir ni controlar la propagación del coronavirus. En cambio, las intervenciones normativas acertadas, la atención sanitaria accesible, los profesionales entregados y el sentido común son lo que ha aplanado las curvas. La tecnología que controló el contagio no fue una sofisticada aplicación de rastreo de contactos, sino una simple mascarilla.
Desde hace unos años, el mundo tecnológico no deja de hablar de la Cuarta Revolución Industrial, una supuesta transformación tecnológica caracterizada por los macrodatos, la inteligencia artificial y la automatización.
Pero lo último que necesita el mundo es otra «revolución» que ignore el coste externo que nuestra obsesión descontrolada por el crecimiento económico a cualquier precio impone a la sociedad. La tecnología no resolverá la crisis climática, no evitará los recurrentes incendios forestales en Estados Unidos, no sanará las divisiones sociales ni resolverá la desigualdad social. Para lograrlo, hace falta un esfuerzo concertado para reformar nuestros sistemas económicos y la voluntad de tomar decisiones difíciles sobre las prioridades.
El mundo necesita una «RI» diferente: algo que denomino «resiliencia asegurada». «Asegurar» significa proteger a alguien frente a una posible contingencia; en este caso, frente a las tendencias económicas, sociales y climáticas que afrontamos en el siglo XXI, en particular las derivadas de la sobreexplotación insostenible de los recursos, la crisis del capitalismo impulsado por el consumo, la pérdida de biodiversidad y el cambio climático.
«Resiliencia», en cambio, designa la capacidad de la sociedad para resistir estos impactos y recuperarse cuando se producen. En conjunto, la resiliencia asegurada plantea una sociedad diseñada tanto para prevenir las crisis y protegerse frente a ellas como para recuperarse rápidamente de los daños.
Es posible que las revoluciones industriales anteriores hayan aumentado la productividad y mejorado los niveles de vida, pero también contribuyeron a nuestra situación actual. Permitieron explotar los recursos a un ritmo más acelerado y posibilitaron el consumo masivo que contribuye a la contaminación, el desperdicio, la pérdida de biodiversidad y de tierras cultivables, la congestión urbana y las demás injusticias sociales que vemos hoy en el mundo.
Si la Cuarta Revolución Industrial fuera igual de transformadora —algo que aún no se ha demostrado—, ¿sería eso lo que el mundo realmente necesita ahora? La pandemia demuestra que debemos reorientar nuestras prioridades para atender mejor a la mayoría de la población mundial, que tiene un acceso limitado a las necesidades básicas, y hacerlo respetando los límites.
¿Cuáles deberían ser nuestras prioridades?
La seguridad y la protección son la base de la resiliencia asegurada 1.0: un enfoque del progreso humano que protege a la sociedad frente a las crisis para construir comunidades seguras y protegidas. No se trata de acumular bienes ni de reservar fondos, sino de reestructurar la economía para satisfacer las necesidades básicas de todas las personas, preservar los sistemas naturales y establecer redes de protección social.
La resiliencia asegurada significa que un país debe poder abastecerse en tiempos de necesidad, por ejemplo, cuando se interrumpen las cadenas de suministro mundiales. La pandemia ha demostrado que quienes ocupan los niveles más bajos de la pirámide suelen verse afectados de manera desproporcionada por las crisis. Los gobiernos deben intervenir con políticas económicas para garantizar que los bienes públicos comunes, como la atención sanitaria, la vivienda, la educación, los alimentos, el agua y la energía, se proporcionen de manera equitativa. Algunos derechos no pueden dejarse en manos de las fuerzas del mercado.
También están los impactos externos causados directamente por el desarrollo tecnológico. En lugares con tasas persistentemente elevadas de desempleo y subempleo, no se puede permitir que la automatización y la inteligencia artificial sean «disruptivas» sin límite. Los gobiernos deben ofrecer a las personas alternativas adecuadas y oportunidades para adquirir nuevas competencias y mejorar las que ya tienen. Y si los gobiernos están dispuestos a conceder ventajas fiscales a los ricos para estimular la inversión y el gasto, ¿por qué no pueden gravar a los robots para gestionar el empleo?
No deberíamos considerar que el avance tecnológico y el progreso humano son lo mismo; al fin y al cabo, miles de millones de personas en muchas partes del mundo siguen careciendo de electricidad estable, agua potable y viviendas con inodoros higiénicos. Por ejemplo, la pandemia nos ha demostrado que los sistemas adecuados de saneamiento y tratamiento de residuos deben implantarse como prioridad máxima tanto en las zonas urbanas como en las rurales.
En los últimos años, las consecuencias de nuestro ataque a la biosfera se han hecho evidentes: desde la propagación de enfermedades zoonóticas y las plagas de langostas hasta los daños permanentes en los cursos de los ríos y los suelos fértiles. El uso excesivo de productos químicos, la deforestación, el cambio climático y otros factores humanos han provocado la pérdida de un tercio de todas las tierras cultivables en los últimos 40 años.
La seguridad alimentaria es de suma importancia en un mundo cada vez más poblado. Es necesario mantener una economía rural dinámica para evitar que la gente abandone el campo en busca de mejores empleos en la ciudad. China conoce esta lección mejor que cualquier otro país del mundo, como demuestra su reciente campaña para combatir el desperdicio de alimentos, que tendrá un efecto significativo en la forma en que cultiva, procesa y consume alimentos.
Pero la resiliencia asegurada requiere algo más que esfuerzos gubernamentales. Todas las partes interesadas deben preocuparse por el bienestar colectivo. Las sociedades en las que las personas asumen la responsabilidad de protegerse mutuamente del daño obtienen mejores resultados que aquellas con una cultura más individualista: basta comparar los resultados de Hong Kong, Viet Nam y Corea del Sur con los del Reino Unido y Estados Unidos.
La tecnología no crea una sociedad estable, con reglas, normas y valores. Esa sociedad es, en cambio, el producto de los contratos sociales que se establecen entre los distintos pilares de la sociedad, como el gobierno, el sector privado, la sociedad civil y la ciudadanía. En estas sociedades se entiende claramente cuándo y cómo conviene anteponer el bienestar colectivo a los derechos individuales.
Para apoyar el bienestar colectivo, la sociedad debe proteger los bienes comunes —el aire, la pesca, los bosques, los ríos y todos los demás recursos naturales— para las generaciones futuras, y proteger al mundo frente a perturbaciones naturales como el cambio climático y las pandemias.
La resiliencia asegurada no supone rechazar las nuevas tecnologías. Muchas de las tecnologías de la Cuarta Revolución Industrial podrían utilizarse para revitalizar los ecosistemas, proteger los bienes comunes y sostener los medios de vida. Por ejemplo, los drones podrían ayudar a los agricultores a reducir drásticamente el uso de productos químicos como los fertilizantes; las tecnologías educativas podrían facilitar la capacitación; y los sensores del Internet de las cosas pueden ayudar a vigilar las emisiones de carbono y garantizar que los consumidores paguen por sus externalidades, como el uso excesivo del aire acondicionado y del agua.
La pandemia debería enseñarnos que, a la hora de prevenir una crisis mundial, no podemos esperar a que una tecnología revolucionaria venga a salvarnos. En cambio, los países necesitan un enfoque de desarrollo que integre la resiliencia en su planificación económica y proteja a las comunidades frente a las perturbaciones externas, ayudándolas a recuperarse de los desastres mejor que antes: resiliencia asegurada.

