Puede que no lo crea, pero la tuberculosis sigue siendo un problema grave. He aquí por qué

Molecular Genetics Technical Specialist Jaime Wendt looks at a slide containing DNA at the Human and Molecular Genetics Center Sequencing Core at the Medical College of Wisconsin in Milwaukee, Wisconsin, May 9, 2014. Once strictly the domain of research labs, gene-sequencing tests increasingly are being used to help understand the genetic causes of rare disease, putting insurance companies in the position of deciding whether to pay the $5,000 to $17,000 for the tests. Genetics experts say that sequencing more than doubles the chances that families get a diagnosis, and saves spending on multiple tests of single genes. Even if no treatment is found, the tests can also end hugely expensive medical odysseys as parents frantically search for the cause of their child's furtive illness. Picture taken May 9, 2014. To match Insight HEALTH-SEQUENCING/REUTERS/Jim Young (UNITED STATES - Tags: SCIENCE TECHNOLOGY HEALTH SOCIETY BUSINESS) - RTR3UN3X
TB once affected every stratum of society, but it now afflicts the most vulnerable populations.Image: REUTERS/Jim Young
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A muchas personas de Europa y América del Norte les sorprende que la tuberculosis (TB) siga siendo una de las grandes plagas de la historia de la humanidad. Una de cada tres personas en el mundo está infectada con TB latente o subclínica, y los científicos predicen que el 10% de ellas manifestará la enfermedad a medida que la edad y otras dolencias debiliten su sistema inmunitario. En 2015, se notificaron más de diez millones de nuevos casos de TB y casi dos millones de personas murieron a causa de ella.

La TB persiste por tres razones: los dirigentes políticos no comprenden la sociología que hay detrás de ella, los científicos carecen de un paradigma eficaz para combatirla y los ricos y famosos ya no mueren a causa de ella.

La TB afectaba antes a todos los estratos de la sociedad, pero ahora aqueja a las poblaciones más vulnerables. Esto la convierte en un tema ideal para los artistas y activistas centrados en la justicia social. La incidencia de la TB farmacorresistente va en aumento, porque los sistemas de salud de los países pobres carecen de recursos para detectar la TB y ayudar a los pacientes a seguir sus tratamientos.

Seis países —India, Indonesia, China, Nigeria, Pakistán y Sudáfrica— representan el 60% de todos los casos de TB notificados. Es posible que Rusia esté subnotificando deliberadamente la carga de TB, y algunos países africanos desconocen cuántos de sus ciudadanos están infectados.

Los dirigentes políticos no han logrado comprender los factores sociológicos que subyacen a la TB. Por ejemplo, la prevalencia de la enfermedad no suele aumentar después de los desastres naturales, pero sí aumentó en Haití tras el terremoto de 2010, en parte debido a las políticas de las Naciones Unidas y de USAID. Los campamentos de refugiados estaban abarrotados, las condiciones sanitarias eran deficientes, los niños sufrían desnutrición crónica y los incentivos económicoshicieron que muchos prolongaran su estancia allí.

La TB afecta a muchas personas que no votan, como refugiados, presos y personas indigentes. Las cárceles y los barrios marginales también son focos de propagación de la TB, y las mujeres jóvenes en los márgenes de la sociedad pueden infectar a sus hijos. La Organización Mundial de la Salud afirma que las madres infectadas con TB «se asocian con un aumento de seis veces en las muertes perinatales».

La Madre Teresa trabajó durante décadas con las víctimas de la TB en los barrios marginales de Calcuta y observó que «la mayor enfermedad hoy no es la lepra ni la tuberculosis, sino el sentimiento de no ser querido». La discriminación, el estigma y el aislamiento no son solo rasgos perniciosos de sociedades débiles; propician condiciones que facilitan las infecciones por TB y aumentan la velocidad de propagación.

Partners in Health (PIH), que dirige clínicas de TB en América del Sur, el Caribe y África, podría estar entre quienes están haciendo las cosas bien. Peter Drobac, quien dirigió sus programas, me dijo que PIH capacita a personas de pequeñas aldeas para identificar la enfermedad en una fase temprana y administrar el tratamiento correctamente, así como para crear sistemas de políticas centrados en los valores subyacentes de autodeterminación y compasión, que fortalecen a cualquier sociedad.

A menudo, la innovación surge de introducir conocimientos y herramientas de otro ámbito. Quizá la TB se comporte más como el cáncer que como otras enfermedades infecciosas. Daryl Drummond —vicepresidente de Merrimack Pharmaceuticals y uno de los innovadores detrás del único tratamiento de segunda línea para el cáncer de páncreas aprobado por la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos— me dijo que las lesiones pulmonares causadas por una infección de TB «guardan un notable parecido con los tumores sólidos». De hecho, explicó que «el granuloma tuberculoso presenta muchas de las características patológicas del cáncer: hipoxia, un núcleo necrótico, colágeno fibroso en el borde exterior, el desarrollo de una red capilar circundante y la presencia de células fagocíticas».

Si Drummond tiene razón, quienes luchan contra la TB podrían buscar en otras ramas de la medicina maneras de acortar la duración del tratamiento, reducir la frecuencia de las dosis, disminuir los efectos secundarios, bajar los costos y mejorar la adherencia, todo al mismo tiempo. Drummond añadió: «En oncología estamos encontrando maneras de lograr estas cosas».

Lamentablemente, la innovación comercial tarda en responder a la TB. Como señala el presidente del Banco Mundial y cofundador de PIH, Jim Yong Kim: «Si se fijan en las tres principales causas de muerte —el VIH, la tuberculosis y la malaria—, la única enfermedad para la que tenemos medicamentos realmente buenos es el VIH. La razón es sencilla: hay un mercado en Estados Unidos y Europa».

En cambio, suele considerarse que la TB es una enfermedad del «tercer mundo» o de personas pobres. Algunas de las empresas farmacéuticas más rentables y poderosas del mundo, AstraZeneca y Pfizer, han abandonado ese «mercado».

Tony Fauci, director del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas de Estados Unidos, que desde 1984 ha contribuido a liderar iniciativas mundiales exitosas contra el VIH y el Zika, ofrece otra perspectiva. «En conjunto —nos recuerda—, deberíamos prestar más atención a lo que sucede a nuestro alrededor en el mundo entre las personas que no cuentan con las ventajas que tenemos». Los norteamericanos y los europeos deben sacar los dedos de «la caja registradora grasienta del comercio» y ver el fin de la TB como un desafío para nuestra humanidad colectiva.

Sin duda, ha sido un desafío para muchos de los artistas y activistas más destacados de la historia. Henry David Thoreau, Eleanor Roosevelt, George Orwell, Franz Kafka, Louis Braille, Wallace Thurman y Simón Bolívar lucharon con la alienación, el aislamiento y la injusticia, o contra ellos. Todos murieron de TB.

A Nelson Mandela le diagnosticaron TB mientras cumplía su condena de 27 años de prisión en una celda húmeda y oscura. Le drenaron dos litros de líquido del pecho y se recuperó en un hospital que nunca había atendido a un paciente negro.

Si personas tan eminentes contrajeran TB hoy, ¿con qué rapidez podrían nuestros gobiernos y empresas encontrar una cura? ¿Cuántos de los 400.000 niños que mueren de TB cada año podrían crecer, luchar por la justicia social mediante el arte, el activismo y el comercio, e inspirarnos al resto a hacer lo mismo?

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