Entre las disputas de suma cero del presidente estadounidense Donald Trump con China e Irán, la política de presión (brinkmanship) del primer ministro británico Boris Johnson con el Parlamento y la Unión Europea, y el probable regreso del populismo peronista en Argentina, el destino de la economía mundial se encuentra en equilibrio al borde del precipicio. Cualquiera de estos escenarios podría desembocar en una crisis con efectos de contagio rápidos.
En el clásico juego del “gallina”, dos conductores se dirigen directamente el uno hacia el otro, y el primero que se desvía es el “perdedor”. Si ninguno se desvía, lo más probable es que ambos mueran. En el pasado, estos escenarios se han estudiado para evaluar los riesgos que plantean las rivalidades entre grandes potencias. En el caso de la crisis de los misiles de Cuba, por ejemplo, los líderes soviéticos y estadounidenses se enfrentaron a la elección entre perder prestigio o arriesgarse a una colisión catastrófica. La cuestión, siempre, es si puede encontrarse un compromiso que preserve la vida y la credibilidad de ambas partes.
Hoy se desarrollan varios juegos de “gallina” geoeconómicos. En cada caso, la falta de compromiso conduciría a una colisión, seguramente seguida de una recesión mundial y una crisis financiera. El primero y más importante es la contienda entre Estados Unidos y China por el comercio y la tecnología. El segundo es la gestación de la disputa entre Estados Unidos e Irán. En Europa, se produce la creciente política de presión (brinkmanship) entre el primer ministro británico Boris Johnson y la Unión Europea por el Brexit. Por último, está Argentina, que podría acabar en rumbo de colisión con el Fondo Monetario Internacional tras la probable victoria del peronista Alberto Fernández en las elecciones presidenciales del próximo mes.
En el primer caso, una guerra comercial, monetaria, tecnológica y fría a gran escala entre Estados Unidos y China haría que la actual desaceleración de la industria manufacturera, el comercio y la inversión de capital se trasladara a los servicios y al consumo privado, empujando a las economías estadounidense y mundial a una recesión severa. De forma similar, un conflicto militar entre Estados Unidos e Irán haría que los precios del petróleo superaran los 100 dólares por barril, desencadenando una estanflación (una recesión con inflación en aumento). Eso, después de todo, es lo que sucedió en 1973 durante la guerra del Yom Kipur, en 1979 tras la Revolución iraní y en 1990 tras la invasión iraquí de Kuwait.
Una explosión de tensión por el Brexit quizá no provocaría por sí sola una recesión mundial, pero sin duda desencadenaría una recesión europea, que después se extendería a otras economías. La sabiduría convencional sostiene que un Brexit “duro” provocaría una recesión severa en el Reino Unido, pero no en Europa, porque el Reino Unido depende más del comercio con la UE que a la inversa. Esto es ingenuo. La eurozona ya sufre una fuerte desaceleración y se encuentra en plena recesión manufacturera; y los Países Bajos, Bélgica, Irlanda y Alemania, cuya economía está cerca de entrar en recesión, dependen en efecto en gran medida del mercado de exportación británico.
Con la confianza empresarial de la eurozona ya deprimida a causa de las tensiones comerciales entre China y Estados Unidos, un Brexit caótico sería la gota que colmaría el vaso. Imagínese miles de camiones y automóviles haciendo cola para cumplimentar nuevos trámites aduaneros en Dover y Calais. Además, una recesión europea tendría efectos en cadena, frenando el crecimiento mundial y posiblemente desencadenando un episodio de aversión al riesgo. Incluso podría dar lugar a nuevas guerras monetarias, si el valor del euro y de la libra cayera con demasiada brusquedad frente a otras divisas (sobre todo frente al dólar estadounidense).
Una crisis en Argentina también podría tener consecuencias globales. Si Fernández derrota al presidente Mauricio Macri y luego hace naufragar el programa del FMI de 57 000 millones de dólares del país, Argentina podría sufrir una repetición de su crisis monetaria y de suspensión de pagos de 2001. Esto podría provocar una fuga de capitales de los mercados emergentes en general, desencadenando posiblemente crisis en Turquía, Venezuela, Pakistán y Líbano, países muy endeudados, y complicando aún más la situación de India, Sudáfrica, China, Brasil, México y Ecuador.
En los cuatro escenarios, ambas partes quieren salvar la cara. El presidente estadounidense Donald Trump quiere un acuerdo con China para estabilizar la economía y los mercados antes de su candidatura a la reelección en 2020; el presidente chino Xi Jinping también quiere un acuerdo para frenar la desaceleración china. Pero ninguno quiere ser el “gallina”, porque eso socavaría su posición política interna y fortalecería a la otra parte. Aun así, sin un acuerdo antes de fin de año, una colisión será probable. A medida que se acaba el tiempo, un mal desenlace se vuelve más probable.
De manera similar, Trump creyó que podría intimidar a Irán abandonando el Plan de Acción Conjunto Integral y aplicando sanciones severas. Pero los iraníes han respondido intensificando sus provocaciones regionales, sabiendo perfectamente que Trump no puede permitirse una guerra a gran escala ni el aumento de los precios del petróleo que resultaría de ella. Además, Irán no quiere entrar en negociaciones que den a Trump una oportunidad fotográfica hasta que se levanten algunas sanciones. Como ninguna de las partes está dispuesta a ceder primero, y dado que tanto Arabia Saudí como Israel azuzan a la administración Trump, aumenta el riesgo de un accidente.
Quizá inspirado por Trump, Johnson pensó de forma ingenua que podía utilizar la amenaza de un Brexit duro para intimidar a la UE y obtener un acuerdo de salida mejor que el que había conseguido su predecesor. Pero ahora que el Parlamento ha aprobado una ley para impedir un Brexit duro, Johnson está jugando a dos juegos de “gallina” a la vez. Todavía es posible alcanzar un compromiso con la UE sobre el “backstop” irlandés antes del plazo del 31 de octubre, pero también aumenta la probabilidad de un escenario de Brexit duro de facto.
En Argentina, ambas partes adoptan posturas de cara a la galería. Fernández quiere un mandato electoral claro y hace campaña con el mensaje de que Macri y el FMI son responsables de todos los problemas del país. La capacidad de presión del FMI es evidente: si retiene de forma permanente el próximo tramo de financiación de 5400 millones de dólares y pone fin al rescate, Argentina sufrirá otro colapso financiero. Pero Fernández también tiene capacidad de presión, porque una deuda de 57 000 millones de dólares es un problema para cualquier acreedor; la capacidad del FMI para ayudar a otras economías en apuros se vería limitada por un colapso argentino. Como en los otros casos, un compromiso que permita salvar la cara es mejor para todos, pero no puede descartarse una colisión y un colapso financiero.
El problema es que, mientras el compromiso exige que ambas partes reduzcan la tensión, la lógica táctica del juego de “gallina” recompensa el comportamiento temerario. Si consigo dar la impresión de que he retirado mi volante, la otra parte no tendrá más remedio que desviarse. Pero si ambas partes arrojan sus volantes, la colisión se vuelve inevitable.
La buena noticia es que, en los cuatro escenarios descritos, cada parte sigue hablando con la otra, o puede estar abierta al diálogo bajo algunas condiciones que le permitan salvar la cara. La mala noticia es que todas las partes siguen muy lejos de cualquier tipo de acuerdo. Peor aún, hay grandes egos en juego, y algunos podrían preferir estrellarse antes que ser percibidos como “gallinas”. El futuro de la economía mundial depende, pues, de cuatro juegos de audacia que podrían acabar de cualquier manera.


