Para que una sociedad sea resiliente —para que esté preparada para afrontar con éxito los desafíos que le esperan—, debe invertir en su futuro. Y aunque este consejo no suele parecerle desacertado a nadie, muchos gobiernos lo ignoran habitualmente.
Estados Unidos, mi país de origen, es un claro ejemplo. Mientras se asoman al abismo que se avecina por el aumento de los déficits, el cambio climático y unas redes eléctricas envejecidas, los estadounidenses y sus representantes electos se centran en políticas que hacen sentir bien. Se pasan por alto los beneficios que podrían obtenerse dentro de una década mediante algunos sacrificios económicos, en favor de opciones como las reducciones de impuestos y una regulación más laxa que, aunque presagian un futuro menos próspero, harán que muchos se sientan más felices aquí y ahora.
La raíz del problema no es nueva. El reciente premio Nobel Richard Thaler ya lo señaló hace varios años, cuando opinó que «el Congreso tiene problemas de autocontrol». Sin embargo, ese defecto no sorprende demasiado, pues la mayoría de las personas lo comparte. Solemos querer lo que queremos ahora; por lo general, no estamos deseando renunciar a los placeres inmediatos a cambio de recompensas futuras.
Ante esta situación, la pregunta no es si el autocontrol es importante —sin duda lo es—, sino cómo fomentarlo. Y, en este caso, la respuesta que darían la mayoría de los psicólogos y economistas conductuales sería sencilla: fuerza de voluntad. Basta con contener los impulsos de obtener placer en el momento que probablemente obstaculicen el éxito a largo plazo.
Una herramienta frágil
Sin embargo, por sencilla que parezca, esta estrategia no suele funcionar. Si recurrir a la fuerza de voluntad para reforzar el autocontrol fuera realmente eficaz, el 25 % de los propósitos de Año Nuevo no se abandonarían antes de la segunda semana de enero. Tampoco fracasaría la gente aproximadamente una de cada cinco veces que intenta resistir la tentación de gastar de más, comer en exceso o algo parecido. La fuerza de voluntad no es fiable; en el mejor de los casos, es una herramienta frágil.
Sin embargo, aunque de algún modo se pudiera fortalecer la fuerza de voluntad, eso no resolvería el problema. Seguiría existiendo una razón racional para que la gente ni siquiera intentara usarla: los esfuerzos sinceros de una persona por garantizar un mundo mejor no servirán de nada si sus vecinos se niegan a hacer lo mismo. ¿Por qué pagar la parte justa de los impuestos, o votar por representantes que los aumentarán, para atender las necesidades de la sociedad, si crees que la mayoría de los demás aprovechará resquicios legales o hará trampa? ¿Por qué reducir tu consumo de energía si crees que la mayoría no se molestará en apagar las luces? En pocas palabras: ¿por qué sacrificarse si nadie más lo hará? Nadie quiere quedar como un ingenuo mientras otros se aprovechan de sus contribuciones.
Pensar frente a sentir
Encontrar una solución en este caso exige identificar otro tipo de herramienta de autocontrol: una que no solo anime a las personas a valorar más el futuro que el presente, sino también a comportarse de forma más digna de confianza y generosa. Por suerte, todos contamos con una herramienta que funciona precisamente así. El problema es que la estamos descuidando.
¿Qué motiva a las personas a aceptar sacrificios o perseverar ante las dificultades? ¿A devolver un favor o hacer uno? ¿A trabajar duro para desarrollar una habilidad o una reputación positiva? Puede que a veces sea lo que piensan, pero más a menudo es lo que sienten.
Las emociones morales —como la gratitud, la compasión y un sentimiento auténtico de orgullo (en contraposición a la arrogancia)— generan este tipo de acciones virtuosas. Correspondemos a los demás porque sentimos gratitud; nos ofrecemos a ayudarlos porque sentimos compasión; nos esforzamos por alcanzar una meta porque nos enorgullecen el resultado y la admiración de los demás.
Lo que tienen en común estas conductas y muchas otras similares es que requieren autocontrol. Cada una exige estar dispuesto a sacrificar tiempo, dinero, esfuerzo o incluso la felicidad del momento para construir y mantener relaciones estables, productivas y solidarias que beneficiarán a una persona durante años.
Una forma en que las emociones morales aumentan el autocontrol es contrarrestando la tendencia de la mente a descontar el valor de las recompensas futuras. Para demostrarlo, realizamos un experimento en el que pedimos a varias personas que respondieran una serie de preguntas del tipo: «¿Preferirías recibir ahora X dólares o Y dólares dentro de Z días?», donde Y siempre era mayor que X y Z variaba entre varias semanas y varios meses.
Para que las consecuencias fueran reales, les dijimos a los participantes que elegiríamos una de las preguntas al azar y cumpliríamos con su respuesta. Así, si alguien decía que prefería recibir 35 dólares ahora en vez de 75 dólares dentro de 6 semanas, le entregaríamos 35 dólares. Si elegía la segunda opción, le enviaríamos un cheque por 75 dólares en la fecha indicada. Sin embargo, justo antes de responder a estas preguntas, les pedimos que describieran un acontecimiento que les hubiera provocado gratitud, felicidad o una sensación neutra.

Como esperábamos, quienes sentían gratitud descontaban en menor medida el valor de las recompensas futuras (véase la figura). En comparación, quienes sentían indiferencia o felicidad consideraban que 100 dólares hoy equivalían a 17 dólares dentro de un año (es decir, renunciarían a la posibilidad de recibir 100 dólares dentro de un año si pudieran obtener 17 dólares hoy). Las personas agradecidas mostraron el doble de autocontrol. Estaban mucho más dispuestas a esperar para obtener mayores ganancias futuras.
El orgullo funciona de la misma manera. Y, como aumenta el valor que las personas atribuyen al futuro, hemos descubierto que las hace más proclives a perseverar para alcanzar metas que consideran valiosas. Por ejemplo, cuando conseguimos que las personas se sintieran orgullosas de su desempeño en una tarea difícil, después dedicaron un 40 % más de tiempo a perfeccionar las habilidades relacionadas, aunque hacerlo les resultara bastante arduo.
La segunda forma, relacionada con la anterior, en que estas emociones contribuyen al autocontrol es haciendo que las personas sean más dignas de confianza y cooperativas. Por ejemplo, hicimos que varias personas participaran en un juego económico después de darles cuatro fichas. Cada ficha valía 1 dólar para su propietario, pero 2 dólares para su pareja. Como parte del juego, podían elegir cuántas fichas intercambiar. La opción más justa consistía en que cada participante entregara todas sus fichas a su pareja, lo que permitiría a ambos duplicar su dinero. Esta estrategia, desde luego, entraña cierto riesgo. Para que funcione, las parejas deben ser dignas de confianza.
Al igual que en el dilema del prisionero, una persona podía optar por maximizar su propio interés a costa de su pareja, reteniendo sus fichas mientras confiaba en que la otra persona entregaría las suyas. Descubrimos que quienes experimentaban gratitud mientras jugaban se comportaban de una manera mucho más digna de confianza: entregaban a sus parejas muchas más fichas que quienes se sentían indiferentes.
El orgullo también favorece los sacrificios compartidos. Por ejemplo, el profesor de Economía de Harvard Erez Yoleli y sus colegas estudiaron el cumplimiento de la petición de una compañía eléctrica de instalar dispositivos en los aparatos de aire acondicionado domésticos para prevenir apagones. Los dispositivos elevaban la temperatura del termostato cuando la red eléctrica estaba bajo presión y así reducían la demanda de la red para evitar cortes importantes del suministro. Cuando las decisiones de instalar los dispositivos se hicieron públicas, el índice de cumplimiento casi se triplicó, pues la gente podía ver lo que hacían sus vecinos. Es probable que el orgullo por su reputación aumentara la disposición de las personas a aceptar un pequeño incremento de las molestias personales para evitar en el futuro una situación más extendida que afectaría a todo el mundo.
Aprovechar el poder de las emociones positivas
Desde el punto de vista de las posibles intervenciones, las emociones morales son bastante fáciles de utilizar. Pueden evocarse con facilidad, ya sea de manera habitual mediante prácticas y normas (por ejemplo, contar las «bendiciones» recibidas, expresar aprobación y admiración o, en el caso de la compasión, practicar la atención plena) o de forma estratégica, formulando las peticiones de políticas públicas en términos emocionales (por ejemplo, fomentando el orgullo por las conductas ecológicas).
Cuando las personas sienten las emociones resultantes, no se detienen a razonar cuidadosamente qué hacer —cuánto invertir para obtener cierta recompensa, cuánto ayudar a alguien para asegurarse de que corresponda— para después obligarse a hacerlo. Al contrario, estas emociones las impulsarán a buscar un beneficio a largo plazo del mismo modo que otra emoción —el miedo— podría hacerlas evitar un peligro inmediato. Las emociones son atajos mentales. Influyen automáticamente en lo que esperamos que ocurra y en lo que valoramos. Y, en la medida en que nosotros y nuestros líderes políticos cultivemos emociones que nos animen a invertir no solo en el futuro, sino también en los demás, ahorrar y hacer sacrificios para asegurar una mayor resiliencia debería resultar más fácil.
David DeSteno es profesor de Psicología en la Universidad Northeastern y autor de Emotional Success: The Power of Gratitude, Compassion, and Pride (Eamon Dolan / Houghton Mifflin Harcourt).


