No se puede exagerar: vivimos una época de cambios sin precedentes. La interconexión entre las personas, las empresas y los mercados nunca había sido tan sólida y generalizada. Los avances tecnológicos están transformando nuestra forma de vivir y trabajar. Además, profundos cambios están afectando a nuestras sociedades y provocando malestar y tensiones políticas a nivel nacional e internacional.
A la hora de buscar las causas profundas, la globalización económica es un blanco fácil. Se presta menos atención al hecho de que las nuevas cadenas globales de valor han sacado de la pobreza a más de mil millones de personas. Sin embargo, aunque la prosperidad mundial ha aumentado, también lo ha hecho la desigualdad en las naciones más ricas del mundo. Junto con la polarización política, la desigualdad erosiona el tejido social de un país de una manera perjudicial para la economía: a medida que disminuyen la cohesión y la confianza, es probable que el desempeño económico también se resienta. El año pasado aumentaron las tensiones geopolíticas entre las principales potencias mundiales. Estas se manifestaron sobre todo en el ámbito económico, pero son posibles repercusiones más profundas, advierte el Informe de Riesgos Globales 2019. La idea de «recuperar el control», ya sea a nivel nacional frente a rivales políticos o en el exterior frente a organizaciones multilaterales o supranacionales, encuentra eco en muchos países y en torno a muchos temas.
Sin embargo, en un mundo digitalizado e interconectado, no hay vuelta atrás. El proteccionismo no es una solución sostenible. Proteger a las empresas de la competencia puede parecer una buena idea, pero no funciona a largo plazo. Además, como muestra el Informe de Riesgos Globales 2019, los esfuerzos dedicados a recuperar el control nacional corren el riesgo de debilitar las respuestas colectivas a los desafíos globales actuales y emergentes.
Entonces, ¿cómo pueden las empresas globales desenvolverse en este nuevo contexto?
Hacia finales de esta década ha quedado claro que el clima geopolítico y el sentimiento proteccionista hacen ineficaz un enfoque de «talla única». Aunque las cadenas de valor se han vuelto cada vez más globales, las empresas con actividad internacional deben adoptar un enfoque multilocal y actuar como un agente local de confianza. Esto significa que debemos demostrar nuestro firme compromiso con cada comunidad en la que operamos en todo el mundo. En esas comunidades, las empresas deberían contribuir a resolver los problemas más relevantes, como la recualificación laboral o el desarrollo de infraestructuras.
La sostenibilidad también cobra cada vez más importancia, ya que permite a las empresas generar la confianza necesaria para establecer relaciones duraderas con sus clientes. Debemos obtener beneficios poniendo nuestras capacidades y conocimientos especializados al servicio de un conjunto mucho más amplio de actores sociales. También estoy convencido de que todas las partes interesadas serán más leales a una empresa que les ayude a contribuir a causas sociales y ambientales. Los riesgos ambientales siguen predominando en los resultados de la Encuesta de percepción de riesgos globales.
Ni el sector público ni el privado pueden resolver por sí solos los desafíos que afrontamos. Debemos intensificar la colaboración y resistir la mentalidad de trabajo en silos. Como expertos en gestión y transferencia de riesgos, y como sector en el que forjar nuevas alianzas en torno a ecosistemas intersectoriales se ha vuelto imprescindible, el sector de los seguros está bien posicionado para desempeñar un papel destacado en esta nueva arquitectura.
Así que aquí está la buena noticia: soy optimista. Que no haya vuelta atrás no significa que no haya opciones para seguir adelante.



