Una visión excesivamente simplista de la economía mundial ha alimentado durante décadas la negación del cambio climático y el escepticismo. Algunos opositores a las políticas de mitigación del cambio climático sostienen que lograr avances exigiría una reconversión imposible de nuestra economía y se traduciría en menos beneficios y empleos. En realidad, en muchos sentidos, la acción climática ayudará a las empresas a ser más resilientes en la economía del mañana.
Curiosamente, el rápido y amplio brote de COVID-19 ha dado al mundo la oportunidad de poner a prueba la hipótesis de si una paralización económica podría afectar los resultados climáticos y de qué manera.
Los datos iniciales sugieren que las emisiones anuales de 2020 podrían disminuir hasta un siete por ciento a nivel mundial debido a la caída de la demanda energética en todo el mundo. El efecto de enfriamiento a corto plazo resultante podría durar hasta 2025, incluso cuando las economías reabran y se levanten las restricciones de viaje. Además, aun después de que las economías recuperen plenamente su capacidad operativa, podrían producirse cambios en la fuerza laboral más favorables al clima, como mantener las reuniones en línea y viajar menos.
Aunque estos datos son alentadores, la realidad es que las paralizaciones económicas son insostenibles, y cualquier reducción de las emisiones de GEI quedará anulada con el regreso a la «actividad habitual», en particular en las industrias «más contaminantes». Esto es aún más cierto en un entorno geopolítico fragmentado, donde la convergencia en torno a objetivos comunes ha resultado más difícil de alcanzar. Y sin el apoyo de la comunidad empresarial, la acción real contra el cambio climático podría no llegar a iniciarse.
La buena noticia es que el compromiso con el medio ambiente es hoy más firme que en años anteriores, y quizá sea posible lograr que la acción climática beneficie a las empresas.
Cada año, el Foro Económico Mundial realiza su Encuesta de Opinión Ejecutiva, en la que consulta a miles de líderes empresariales de todo el mundo. Entre otras preguntas, la encuesta pide a estos líderes que identifiquen los principales riesgos para hacer negocios en sus países durante la próxima década. Este año, la encuesta se realizó entre enero y julio, en pleno brote y propagación mundial de COVID-19. La pregunta sobre riesgos recibió 12.012 respuestas de 127 países.
El nuevo Mapa interactivo de riesgos regionales para hacer negocios del Foro Económico Mundial muestra que los cinco riesgos ambientales incluidos en la encuesta subieron en la clasificación y figuraron entre las 10 principales preocupaciones globales que aumentaron para las empresas. La «pérdida de biodiversidad» y las «catástrofes naturales» fueron el segundo y el tercer riesgo, respectivamente, en ganar relevancia durante la crisis actual, con ascensos de ocho y siete puestos; como era de esperar, las «enfermedades infecciosas» fueron el riesgo que más subió.
En Europa y África subsahariana, los cinco riesgos ambientales subieron en la clasificación, y cuatro riesgos ambientales también ascendieron en América Latina y el Caribe, así como en Oriente Medio y Norte de África. En Asia Oriental y el Pacífico, tres riesgos ambientales figuran entre las principales preocupaciones empresariales, mientras que dos encabezan la lista en América del Norte.
Si el mundo logra superar la COVID-19, no solo habremos conseguido combatir una pandemia mundial, sino que también tendremos los datos y el apoyo necesarios para continuar la transición global hacia una economía verde. Los cambios en las políticas serán un desafío clave.
El impacto de los cierres de los mercados en la vida y los medios de subsistencia ha obligado a la mayoría de los gobiernos a ampliar considerablemente su papel en sus economías. Se han desplegado y se siguen desplegando paquetes de respuesta por valor de billones de dólares, se están modificando regulaciones cruciales y se están tomando decisiones fundamentales de política. Más que en cualquier otro momento de la historia posterior a la Segunda Guerra Mundial, es probable que la acción de los gobiernos provoque cambios estructurales permanentes en las economías nacionales, regionales y mundiales.
Sin embargo, sigue siendo alarmantemente incierto cómo —o si acaso— muchos gobiernos incorporarán políticas verdes en sus planes de recuperación. Las restricciones de las finanzas públicas, los incentivos electorales y los discursos populistas corren el riesgo de reforzar la creencia errónea de que debe existir una disyuntiva entre el crecimiento económico y la acción climática. Como advirtió el Panorama de riesgos de la COVID-19 del Foro Económico Mundial, algunos gobiernos han flexibilizado, suspendido o revocado regulaciones de protección ambiental para impulsar la actividad industrial, y estas decisiones políticas corren el riesgo de hacerse permanentes y suponer un grave retroceso para la sostenibilidad a largo plazo.
La COVID-19 pondrá de manifiesto cómo, cuándo y dónde puede el mundo acelerar la transición hacia una nueva economía de la naturaleza sin perder de vista los desafíos sociales y tecnológicos que esto traerá consigo. Al mismo tiempo, el mapa de riesgos regionales muestra que la comunidad empresarial mundial está cada vez más preocupada por el futuro del planeta, incluso en un momento en que impulsar la producción y crear empleos es una prioridad.
Los gobiernos no deberían dejar pasar esta oportunidad sin precedentes de aprovechar sus capacidades ampliadas y su mayor poder —junto con la preocupación demostrada por las empresas— para garantizar una recuperación verde.




