El 5 de noviembre es Día Mundial de Concienciación sobre los Tsunamis. Según las Naciones Unidas: «En los últimos 100 años, 58 tsunamis han causado más de 260.000 muertes, o una media de 4.600 por desastre, superando a cualquier otro peligro natural».
Asimismo, según UNDDR, se calcula que, para el año 2030, el 50 % de la población mundial vivirá en zonas costeras expuestas a inundaciones, tormentas y tsunamis.
La fecha de la celebración anual se eligió en honor a la historia japonesa de Inamura-no-hi, o la «quema de las gavillas de arroz». La historia se remonta a un terremoto que sacudió la región en 1854, cuando un agricultor prendió fuego a toda su cosecha para advertir a los aldeanos del tsunami al ver que la marea se retiraba. Los aldeanos huyeron a terreno más alto y más tarde plantaron árboles como dique para el futuro.

Con varias placas sísmicas que atraviesan el subsuelo de la isla, Japón está expuesto a los terremotos. Desde pequeños, a los niños se les enseña a refugiarse bajo los pupitres para evitar que caigan objetos y les golpeen la cabeza. Con una alerta temprana puesta en marcha en 2013, ahora disponemos de unos segundos para prepararnos antes de que empiece a temblar el suelo, por ejemplo para refugiarnos y cerrar el gas.
Pero el desastre que causó la muerte de 18.000 personas el 11 de marzo de 2011 no era previsible en ese momento; las víctimas se debieron a un tsunami masivo.
Un terremoto masivo de magnitud 9 sacudió el país un viernes por la tarde, a las 14:46. Generó de inmediato olas que pudieron alcanzar los 20 metros, lo bastante altas para sepultar las localidades situadas a lo largo de la costa. Más al norte, Onagawa, en la provincia de Miyagi, fue una de ellas. La ola no solo arrasó la localidad, sino que también se cobró la vida de 827 personas de una población de 10.014 habitantes.
Ocho años después, 6.434 personas viven en una localidad que se ha reconstruido con un enfoque audaz. Decidió «adaptarse» al tsunami que la Madre Naturaleza genera cada 100 años.
Desde cualquier punto de Onagawa se puede ver la cala, el mismo lugar por el que hace ocho años llegaron las olas a la localidad. En lugar de cubrirla con un muro de hormigón de 8 metros como rompeolas contra la marea, algo que sí ha hecho la localidad vecina, en Onagawa la vista al océano está completamente despejada. La localidad ha decidido que quiere no solo convivir con la hermosa vista del océano, sino también poder ver con sus propios ojos la ola cuando se transforma en un tsunami monstruoso, para saber hacia dónde huir.

La localidad también trasladó su centro a la costa, donde el terreno se ha elevado con un dique. Se construyó un acogedor centro comercial al aire libre, y la escuela, el ayuntamiento y los centros de trabajo se encuentran a solo unos metros más arriba. La estructura permite que toda la localidad actúe como una sola, guiándola hacia una ruta recién asegurada que salvará vidas en terreno elevado, en lugar de dispersarse en todas direcciones.
Un liderazgo sólido llevó a la localidad hasta donde se encuentra hoy. Lo que antes era un terreno arrasado es ahora lo que aspiraban a lograr: «reconstruir mejor». El joven alcalde de Onagawa desempeñó un papel fundamental para mantener el ánimo de la población durante uno de los momentos más difíciles de la localidad. Pero también dependió de otras personas, afirmó Toshihiko Abe, antiguo responsable de la división de recuperación del ayuntamiento. «Podemos aprovechar el tamaño de la localidad, que es lo bastante pequeña como para que todos desempeñen un papel, liderando de una u otra forma. Nadie se queda atrás. También nos aseguramos de que las personas mayores de 60 años den un paso atrás y dejen que la generación más joven tome la iniciativa. Nunca se trata de un único momento, sino del futuro.»

