- La COVID-19 es solo uno de los muchos peligros globales que amenazan nuestra existencia.
- Las advertencias anteriores sobre una pandemia se ignoraron a menudo, pese a las crecientes pruebas de que los países debían prepararse para ella.
- Así es como debemos reformar nuestras estrategias de reducción del riesgo para protegernos de otros desastres globales.
En todo el mundo, la vida tal como la conocemos se ha desmoronado más rápido de lo que jamás podríamos haber imaginado.
En algunos países, la propagación de la propia COVID-19 está remitiendo, lo que ofrece un atisbo de esperanza. Pero el impacto socioeconómico en las personas más vulnerables del mundo sigue agravándose. El panorama es sombrío para millones de personas que viven al día, en condiciones similares a las de los barrios marginales o en campos de refugiados abarrotados.
Dada la magnitud del desafío, ¿qué debemos hacer ahora?
En primer lugar, debemos reconocer que la naturaleza del riesgo en nuestra sociedad ha cambiado drásticamente. La actividad humana se ha convertido en la influencia dominante sobre el medio ambiente y el clima, en lo que se conoce como la era del Antropoceno.
El riesgo se ha vuelto sistémico. No puede dividirse en categorías que luego se asignen a las autoridades sanitarias, los organismos de gestión de desastres o los centros de alerta temprana. Si los gobiernos siguen actuando de este modo, no se percibirá el panorama general a medida que se desarrolle un desastre y las soluciones no serán adecuadas para su propósito.
Se necesitan soluciones para reducir el riesgo en sectores como el agua, el saneamiento y la higiene; la educación; la salud y la nutrición; los medios de vida; la protección infantil y social; los refugios y la vivienda; y los espacios públicos abiertos.
Para empeorar las cosas, varios peligros pueden azotar al mismo tiempo. Los desastres ya han coincidido con la crisis de la COVID-19: hace dos semanas, Croacia sufrió un terremoto de magnitud 5,5 en la escala de Richter, y Vanuatu ha sido azotado por un ciclón de categoría 5.
A los virus no les importan los plazos de otros desastres. Tampoco respetan las fronteras ni la política. Por eso necesitamos soluciones globales que sigan funcionando cuando decidamos reabrir nuestras fronteras.
En segundo lugar, estas soluciones deben priorizar la ayuda a las personas más vulnerables. La mayoría de las personas pobres del mundo vive en países cuya infraestructura y cuyos servicios de salud pública no son adecuados ni siquiera en las mejores circunstancias.
El secretario general de las Naciones Unidas ha calificado la situación actual de crisis humana y ha destacado que debemos centrarnos en las personas y las comunidades más vulnerables. Las soluciones deben abarcar tanto la necesidad de prevenir la propagación de la COVID-19 como la de responder al amplio impacto socioeconómico en las personas.
En tercer lugar, las naciones más ricas del mundo deben reconocer que han ignorado durante demasiado tiempo el riesgo de una pandemia. Este desastre se ha vaticinado —muchas veces— y ahora amenaza la salud de todas las personas de este planeta.
Hace apenas seis meses, la Junta de Vigilancia de la Preparación Mundial, una iniciativa conjunta de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y el Banco Mundial, publicó el informe «Un mundo en riesgo». Advertía de una «amenaza muy real de una pandemia de rápida propagación y gran letalidad causada por un patógeno respiratorio, que podría matar a entre 50 y 80 millones de personas y acabar con casi el 5 % de la economía mundial».
Dos años antes, el Grupo de Trabajo Internacional sobre la Financiación de la Preparación publicó el informe «Del pánico y la desatención a la inversión en seguridad sanitaria». Advertía: «Varias pandemias, numerosos brotes, miles de vidas perdidas y miles de millones de dólares de ingresos nacionales esfumados —todo ello desde comienzos de este siglo, en apenas 17 años— y, aun así, las inversiones mundiales en preparación y respuesta ante pandemias siguen siendo lamentablemente insuficientes».
¿Cuánto habría costado proteger al mundo frente a una contingencia así?
Hace tres años, la Comisión sobre un Marco de Riesgos para la Salud Mundial para el Futuro propuso medidas para prevenir desastres sanitarios, entre ellas una inversión anual de 3.400 millones de dólares para modernizar los sistemas nacionales de salud; una inversión de 1.000 millones de dólares en investigación y desarrollo; y hasta 155 millones de dólares para que la OMS estableciera un Centro específico de Preparación y Respuesta ante Emergencias Sanitarias.
Teniendo en cuenta la actual desaceleración económica y la falta de capacidad para responder adecuadamente a la pandemia, esas sumas parecen muy razonables.
En cuarto lugar, el éxito en la gestión del riesgo de desastres depende de una buena gobernanza y del compromiso político.
Hace cinco años, los Estados miembros de la ONU ampliaron la definición de riesgo para incluir los peligros biológicos cuando adoptaron el Marco de Sendai para la Reducción del Riesgo de Desastres. Esto fue resultado del impulso de países que habían sufrido el ébola, el MARS y el SARS.
El Marco de Sendai establece que, antes de que termine este año, un número considerable de Estados miembros debe contar con una estrategia nacional de reducción del riesgo de desastres. Sin embargo, hasta la fecha, solo 81 países informan de que ya cuentan con una. No muchas de estas estrategias incluyen las amenazas de pandemia. Ha llegado el momento de corregirlo siguiendo las directrices de la OMS.
Esta crisis nos ha brindado una gran oportunidad para replantearnos cómo concebimos el crecimiento económico y reconocer qué es importante para nuestra supervivencia como especie y para el desarrollo sostenible del planeta.
La COVID-19 es una llamada de atención. Sería un error fatal pulsar el botón de repetición de la alarma.

