Por qué necesitamos nuevas leyes para gobernar la democracia digital

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Este artículo forma parte de la plataforma de Geoestrategia del Foro Económico Mundial

La gobernanza democrática es una de las formas más antiguas de gobierno político, que se remonta al año 507 a. C. en la Antigua Grecia.

La mayoría de la gente cree que, desde entonces, la democracia no ha hecho más que prosperar. La realidad es que la ‘democracia antigua’ se derrumbó: primero en la anarquía y luego en la dictadura, lo que dio paso a la época medieval, también conocida como la Edad Oscura. Cuando Estados Unidos de América se declaró nación soberana en 1776 (1776-1789) y ratificó su nuevo gobierno, se convirtió en la primera ‘democracia moderna’.

Casi al mismo tiempo, al otro lado del Atlántico, la Revolución francesa derrocó la monarquía para establecer una república con valores democráticos liberales. Ambos países experimentaron periodos políticos violentos pocas décadas después de convertirse en democracias y, desde su formación, han ido consolidando su forma de gobierno a lo largo de los siglos.

Hoy en día, Estados Unidos y Francia son democracias liberales que siguen defendiendo los valores democráticos y los derechos humanos, y mantienen su compromiso con la libertad política de sus ciudadanos. Esto no está exento de lucha, porque la democracia es compleja y es un diálogo constante entre los ciudadanos y sus líderes elegidos.

Exigir ser escuchados

Los ciudadanos exigen que se escuchen sus muchas voces, que se tomen medidas en apoyo de distintos grupos de interés y que se pida cuentas a los líderes elegidos. La democracia es, por naturaleza, compleja, porque pretende representar a toda una nación de personas que piensan de manera diferente y quieren políticas distintas de sus líderes.

Las democracias liberales son la opción preferida de gobierno para quienes desean elegir a sus líderes y, sea cual sea el resultado, experimentar una transición pacífica del poder.

Es la opción preferida de quienes desean vivir libres de persecución por el género que aman, el dios al que rezan (o en el que no creen), así como de las mujeres que quieren acceder libremente a las libertades cívicas (y tener un espacio para defenderlas), como la búsqueda de la independencia en todas sus formas (libertad económica, participación política, elección profesional, derechos reproductivos y consentimiento sexual).

Somos principiantes en este nuevo periodo, aprendiendo a caminar por los espacios digitales de una soberanía territorial intangible, donde las fronteras digitales son difusas

Más de 2500 años después del nacimiento de la democracia en la Antigua Grecia, y solo unos cientos de años después de su resurgimiento al final de la Edad Media, estamos transitando hacia una ‘democracia digital’.

Somos principiantes en este nuevo periodo, aprendiendo a caminar por los espacios digitales de una soberanía territorial intangible, donde las fronteras digitales son difusas, pero desempeñan un papel en la infraestructura democrática dentro de las fronteras físicas.

¿Qué significa que la mayor parte del tiempo de una nación se pase en espacios digitales? Su mente y su atención están en estos espacios digitales, mientras que sus cuerpos físicos están en la soberanía territorial del gobierno de la nación.

Los espacios digitales para el trabajo, el amor, las compras, los pasatiempos y la religión se pueden encontrar en línea.

Con los años, las plataformas que facilitan estos intercambios han traspasado fronteras para convertirse en el pilar de la red social y profesional; han dado acceso a los mercados empresariales a una nueva oleada de tiendas ‘de barrio’ digitales, y han documentado nuestras vidas de formas que generaciones de la realeza nunca experimentaron.

Tecnología más algoritmos

Estas tecnologías digitales, combinadas con la omnipresencia de los algoritmos corporativos, han creado una infraestructura social y económica que ha ido quitando poder al gobierno a medida que más ciudadanos aceptan los términos y condiciones de las plataformas en las que digitalmente habitan.

Si bien esto ha eliminado capas de burocracia en algunos aspectos, ha dado a las personas más poder para transmitir sus mensajes a audiencias más amplias, vender sus productos a mercados más grandes, aprender nuevas habilidades gratis a través de numerosos medios digitales, disfrutar de más formas de entretenimiento digital y conectarse con personas afines de todo el mundo.

Sin embargo, a medida que los espacios que habitamos (con nuestra atención) han pasado de lo físico a lo digital, hemos entrado en la soberanía de esos espacios digitales y de sus respectivos algoritmos, que cada vez se han convertido más en los mediadores de nuestras vidas. Sugieren con quién salir, a qué empleo postularse, qué electrodoméstico comprar y por qué candidato político votar.

En este sentido, los mediadores algorítmicos de nuestras vidas han quitado capacidad de decisión a los ciudadanos, con varias consecuencias, una de ellas que los pensamientos de nuestra mente no necesariamente han surgido de ahí.

Es poco realista afirmar que las personas deberían simplemente ‘abandonar’ estas plataformas. Los costes de irse son demasiado altos para quienes dependen de ellas para la viabilidad de sus negocios y su sustento económico. Algunos dicen que es por comodidad, pero estas plataformas también son una forma de liberación (para la reactivación de las ‘tiendas de barrio’ en Instagram, Etsy y Uber). También son una forma de trampa cuando no hay otras opciones de plataforma. Optar por no participar puede tener consecuencias financieras, profesionales y sociales. En este ámbito, el liderazgo no elegido y las políticas corporativas son, de facto, la forma de derecho civil en línea.

Democracias liberales

¿Cómo ejercen su autoridad las democracias liberales de todo el mundo dentro de su territorio físico, cuando los corazones y las mentes de sus ciudadanos que residen en ese mismo suelo viven vidas digitales (durante la mayor parte del día) bajo los términos y reglas de otro liderazgo?

Si las democracias liberales deben ser “del pueblo, por el pueblo”, entonces las jurisdicciones corporativas en las que habitamos la mayor parte de nuestra vida digital son “de la corporación (y sus accionistas), de los fundadores, mediadas por un pequeño grupo de ingenieros y definidas por abogados que protegen los intereses corporativos”. Ninguna de estas personas es democráticamente responsable ante los ciudadanos de ninguna nación, porque nunca han sido elegidas en elecciones democráticas.

Mientras que los ciudadanos votan en elecciones para determinar quién los gobernará en el espacio físico, los líderes no elegidos gobiernan los espacios digitales en los que pasamos tiempo, y desempeñan un papel importante en el nuevo tejido de nuestra gobernanza digital.

¿Existe la democracia en el mundo digital si nadie eligió a quienes lo gobiernan? ¿Existe la democracia en el mundo digital si nadie eligió a quienes controlan las principales plataformas de nuestra vida digital, o escriben los algoritmos que influyen en nuestro destino? ¿Qué significa eso para el papel de quienes son elegidos democráticamente en los espacios físicos que habitamos?

¿Qué significa tener un debate cívico “informado” en estas circunstancias? Cuando la representación democrática en el mundo físico no se aplica al mundo digital, las leyes tal como están no son adecuadas para su propósito.

Interrogando el futuro de las democracias digitales, Lydia Kostopoulos, de la Observer Research Foundation

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