La división mundial es cada vez mayor y se caracteriza por una competencia y una confrontación crecientes en lugar de cooperación, pero los desafíos globales exigen un enfoque colaborativo.
Un enfoque centrista de la geopolítica —centrado en soluciones prácticas y alianzas con objetivos comunes, en lugar de afinidades ideológicas— puede restablecer la cooperación mundial.
Una colaboración eficaz que satisfaga las necesidades de las partes interesadas y dé resultados aumentará el apoyo y la confianza, y alentará a los líderes a trabajar juntos en objetivos compartidos que beneficien a las comunidades de forma inclusiva.
La época actual se enfrenta a una paradoja: justo cuando la cooperación mundial es crucial para la acción climática, la fortaleza económica y el avance tecnológico, disminuye la voluntad de colaborar.
En cambio, vemos una competencia y una confrontación crecientes, lo que ha llevado al Fondo Monetario Internacional a advertir contra la fragmentación, «que dejaría a todo el mundo más pobre y menos seguro».
Hay muchas razones para esta creciente división mundial, pero un factor clave es el acusado descenso de la confianza en los mecanismos globales que fomentan la cooperación, debido a la creencia de que están fallando y agravando la difícil situación mundial. La ONU ha advertido de que este «déficit de confianza» podría obstaculizar gravemente el progreso social y económico y socavar los Objetivos de Desarrollo Sostenible y otros objetivos mundiales.
Sin embargo, no debería sorprender que los países quieran replegarse. Aunque el sistema mundial de cooperación —en especial, el entramado económico interconectado— ha sido esencial para reducir la pobreza extrema y aportar otros beneficios, no siempre ha funcionado como debería.
La globalización ha sido defendida y criticada una y otra vez, pero un ejemplo contundente que pone de relieve sus virtudes y deficiencias es el desarrollo de vacunas durante la pandemia. Las vacunas contra la COVID-19 se desarrollaron a una velocidad asombrosa gracias a la coordinación entre gobiernos, empresas e instituciones de investigación, así como al sistema de comercio mundial: la vacuna de BioNTech-Pfizer está compuesta por 280 componentes procedentes de 19 países diferentes.
Sin embargo, la urgencia y la cooperación que caracterizaron el desarrollo de las vacunas no se trasladaron a su distribución. Durante el primer año en que hubo vacunas disponibles, los países de renta alta alcanzaron tasas de vacunación del 75-80%, mientras que en los países de renta baja las tasas fueron inferiores al 10%. La salud mundial se convirtió en un ámbito de competencia de suma cero, lo que solo prolongó la pandemia y perjudicó a todo el mundo.
Ahora estamos atrapados en un círculo vicioso: los errores cometidos en iniciativas de cooperación anteriores alimentan la desconfianza e impiden futuras colaboraciones.
Impulsar una geopolítica centrista
Restablecer la cooperación mundial y la confianza que la sustenta no será fácil ni rápido, pero es necesario, sobre todo para resolver la «policrisis»: los desafíos económicos, ambientales y de seguridad que se acumulan y se avecinan solo pueden afrontarse conjuntamente, aunque no haya coincidencia entre todas las posturas.
Entonces, ¿qué pueden hacer los líderes para aumentar la eficacia de la cooperación mundial y la confianza en ella?
La política interna ofrece algunas pistas. En concreto, el enfoque centrista de muchos países se centra en forjar alianzas con objetivos comunes, incluso con adversarios, para encontrar soluciones prácticas en lugar de buscar afinidades ideológicas.
Este enfoque puede parecer intuitivo, pero las alianzas geopolíticas pueden basarse en valores, ideologías y visiones compartidos, en lugar de en el compromiso con los resultados. Las alianzas entre afines ofrecen grandes beneficios y, a menudo, se basan en la confianza más que en las transacciones. Por ello, pueden aumentar la seguridad de cada parte y la colectiva. Sin embargo, los valores compartidos solo pueden lograr hasta cierto punto si no existe la voluntad de resolver desafíos comunes o promover el beneficio colectivo.
Los precedentes demuestran que el enfoque centrista es eficaz. Por ejemplo, el sector privado tiene una larga trayectoria de «coopetición», en la que los competidores colaboran para protegerse de riesgos compartidos, acceder a nuevos mercados o abordar prioridades más amplias, como el cambio climático.
En este último ámbito, empresas que incluyen a competidores —por ejemplo, Airbus y Boeing, Microsoft y Apple— forman parte de la First Movers Coalition, una iniciativa puesta en marcha por el Foro Económico Mundial y el Departamento de Estado de EE. UU. en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático de 2021 (COP26) para descarbonizar la industria pesada y el transporte de larga distancia mediante compromisos de compra de tecnologías verdes.
Sabemos que la colaboración centrista puede funcionar en geopolítica. Quizá el ejemplo más destacado sea la coordinación entre Estados Unidos y la Unión Soviética durante la Guerra Fría en ámbitos como la protección del medio ambiente y la salud mundial. El Protocolo de Montreal de 1987 fue una consecuencia de esa colaboración y se observaron resultados en la reducción de los daños a la capa de ozono. Otro ejemplo es la campaña mundial de vacunación contra la viruela. La coordinación entre Estados Unidos y la Unión Soviética llevó a la Organización Mundial de la Salud a declarar erradicada la enfermedad en 1980.
Compromiso constructivo
Pero no hace falta volver a mediados del siglo pasado. El ex primer ministro israelí Yair Lapid ha expuesto con claridad el argumento a favor de la colaboración mundial centrista, a la que ha llamado «diplomacia de la conectividad».
El Foro del Néguev, que ha trazado vías de cooperación en Oriente Medio y conectado a Israel con los Emiratos Árabes Unidos, Baréin y otros países de la región para impulsar agendas económicas, energéticas y de seguridad comunes, es solo un ejemplo.
Aun así, llevar a la práctica enfoques centristas puede ser difícil, sobre todo entre rivales. Sobre la delicada coordinación entre Estados Unidos y China en materia de acción climática, el enviado presidencial especial de EE. UU. para el clima, John Kerry, dijo en 2023: «Esto debe hacerse de forma cooperativa, a pesar de las otras diferencias que existen».
Al principio, esta cooperación parecía prometedora y Estados Unidos y China —los dos mayores emisores de carbono del mundo— anunciaron con gran repercusión un compromiso conjunto con la acción climática en la COP26. Sin embargo, poco después se suspendieron las conversaciones. Se reanudaron a mediados de 2023 y, desde entonces, han sido frágiles, lo que recuerda las dificultades inherentes a este tipo de compromiso constructivo.
El riesgo es inherente a tender puentes a través de las divisiones geopolíticas, ya sea de índole política, reputacional o de otro tipo. Las críticas pueden surgir de las propias facciones de los actores, de sus aliados y de sus adversarios; Kerry recibió críticas similares cuando impulsó conversaciones sobre el clima con China.
La política interna ofrece otra lección para mitigar estos riesgos: el dicho de que «toda la política es local». Los votantes suelen prestar más atención a lo que les afecta a ellos y a sus comunidades, y recompensan también a los líderes que hacen lo mismo.
En la colaboración mundial, los líderes deben asegurarse de lograr resultados significativos y tener en cuenta los intereses de las partes interesadas: ese objetivo debe ser su norte. Por ello, los acuerdos comerciales incorporan cada vez más medidas para promover la igualdad de género y las prioridades de acción climática, con el fin de garantizar que aporten beneficios equitativos a las personas y las comunidades. A medida que la colaboración genere beneficios significativos y equitativos, aumentarán las probabilidades de que se apoye esa cooperación.
Hacia una confianza duradera
La globalización se ha estancado en los últimos años debido al debilitamiento del apoyo político a un sistema de cooperación (lo que el Fondo Monetario Internacional ha denominado «slowbalization», o desaceleración de la globalización). Sin embargo, nuestras economías y sociedades siguen estando inextricablemente conectadas. El comercio, los viajes y los flujos de datos (y las pandemias mundiales) nos unen, y no parece haber mucho interés en romper esos vínculos. Según la empresa de mensajería DHL, «los flujos internacionales han demostrado una notable resiliencia a pesar de las perturbaciones recientes; el comercio y muchos otros flujos ya superan con creces los niveles prepandémicos».
Estas interconexiones hacen que los acontecimientos mundiales repercutan en el ámbito local, como dejan claro la pandemia de COVID-19, la crisis financiera mundial y los efectos del cambio climático.
Si se hace bien, abordar cuestiones como el aumento de la deuda, el deterioro de las perspectivas económicas y el impacto del calentamiento global en las comunidades vulnerables puede aportar beneficios locales. Los líderes deben trazar vías eficaces y colaborativas para afrontar estos desafíos comunes y presentar sus argumentos ante el electorado.
Este extracto procede de «The Centre Must Hold: Why Centrism is the Answer to Extremism and Polarisation», editado por Yair Zivan. Se publica en tapa dura y en formato electrónico el 27 de junio y está disponible en https://geni.us/TheCentreMustHold.


